Jue 07.02.2002

EL PAíS • SUBNOTA  › OPINION

¿Que se vayan todos?

Por Edgardo Mocca*

Hubo una Argentina peor que esta del corralito, la depresión y la incertidumbre colectiva? Sí: fue la Argentina de la dictadura y el terrorismo de Estado. Parece una obviedad pero no lo es tanto en momentos en que el ruido de cacerolas le pone música al estribillo “que se vayan todos”.
Pero no se trata solamente de que ya hemos vivido algo peor sino de que podemos vivir algo todavía mucho peor. La disolución del orden político democrático es una amenaza cierta y real en la Argentina. No es simplemente el clásico chantaje de los poderosos “o este orden o el caos” sino de una dinámica de los discursos públicos que parece arrastrar fatalmente a la democracia argentina hacia su derrumbe. Y la gama de esos discursos abarca desde el “menemismo ilustrado” hasta el progresismo ávido de “refundación social”. Como decía Marx de la clase media en los días previos al golpe de Luis Bonaparte, la sociedad argentina parece preferir “un final terrible antes que un terror sin final”.
Las responsabilidades en esta situación son muy diferentes. Exigir de un ahorrista estafado la reflexión política sobre las consecuencias de cada uno de sus actos o palabras puede parecer exagerado; tan exagerado como considerarlo el núcleo de un nuevo sujeto colectivo portador de la democracia participativa que vendrá a superar a la caduca representación política. Ahora bien, los comunicadores, los analistas y sobre todo la dirigencia política tienen –o deberían tener– un compromiso distinto. Pero el caso es que en estos días las audiencias televisivas, las adhesiones ideológicas y los eventuales votos de una elección eventualmente anticipada no acompañarían un mensaje de responsabilidad y de prudencia; y ya se sabe que el marketing tiene entre nosotros la última palabra. Más aún: si la reflexión proviene de personas que se pretenden progresistas o de izquierda, la conducta de su enunciador queda automáticamente tipificada como claudicación, sumisión al pensamiento único o delitos ideológicos de parecido tenor. Se consigue más prestigio diciendo que la gente tiene razón, que hay que hacer elecciones ya, sin listas ni partidos ni publicidad electoral (tan onerosa por otra parte). Es más agradable y más “de izquierda” preguntarse qué se puede perder con el país en manos de amateurs si los profesionales lo llevaron a este estado.
Es necesario romper la espiral del silencio que ha dejado en un cono de sombra comunicativo a los que tienen interés en defender un mínimo de convivencia social, incluso a aquellos que quieren la recuperación de la justicia y el fortalecimiento de la democracia y opinan que no se avanza hacia este objetivo por el camino de la demagogia antipolítica. La idea de que somos un país de millones de ciudadanos cultos, honestos e inteligentes usurpados por una clase política rapaz y corrupta podrá ser todo lo autoconsoladora que se quiera pero además de ser falsa es altamente peligrosa. Es la misma letra a la que tantas veces en nuestra dura historia le pusieron música de marcha militar.

* Licenciado en Ciencias Políticas

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