Jue 11.07.2002

ESPECTáCULOS  › HANDEL Y SHAKESPEARE EN EL CENTRO EXPERIMENTAL

Justicia para Lucrecia

Un hecho verídico. Un poema renacentista y una cantata barroca. Los ponen en escena Adriana Mastrangelo, Lavista y María Olondriz.

› Por Diego Fischerman

Tarquinio viola a Lucrecia y la amenaza. Si ella cuenta algo, él dirá que la ha descubierto teniendo relaciones íntimas con un esclavo y matará a ambos. La historia, sucedida en Roma unos 500 años antes de Cristo, inspiró un poema de Shakespeare, más tarde una cantata de Händel y ya en el siglo XX, una ópera de Benjamin Britten, y no difiere, aparentemente, de muchas otras. Sin embargo, el caso de Lucrecia fue inaugural en más de un sentido. Fue el primero que se registra, por ejemplo, en el que la mujer no hizo caso de las amenazas, contó lo sucedido y, por añadidura, el culpable de la violación fue condenado, junto con su familia, al destierro. Y la cantata de Händel, con el texto de Shakespeare intercalado, será el objeto de una interpretación que promete estar entre los acontecimientos musicales de este año.
Mañana a las 20.30, en el Centro Experimental del Teatro Colón (CETC), Adriana Mastrangelo, una de las cantantes más importantes del momento (fue una deslumbrante Marie en Mahagonny de Kurt Weill y Bertolt Brecht y acaba de representar un Cherubino de antología en Las Bodas de Figaro, de Mozart, ambos en el Colón), junto al clavecinista Jorge Lavista, recién llegado de Amsterdam, donde estudió con los maestros más destacados de la escena actual, y María José Olondriz en cello barroco, con escenificación del régisseur Horacio Pigozzi, tendrán en sus manos esta Violación de Lucrecia que, como su protagonista, será también fundacional. La obra, del llamado período romano de Händel –aunque su manuscrito está firmado en Florencia–, inaugurará las interpretaciones con instrumentos de época en el CETC y, además, significará la primera presencia, en mucho tiempo, del más famoso operista de su época y, con certeza, uno de los que mejor tradujo, en toda la historia, dramas, afectos y psicologías tortuosas (escuchar por ejemplo las distintas arias de Cleopatra en Giulio Cesare) a la escritura musical.
“Horacio Pigozzi imaginó una escena visualmente muy hermosa, en la que Lucrecia va contando lo que le acaba de pasar, hasta que, concluida la denuncia, se mata para lavar su culpa”, cuenta Mastrangelo. “Esta cantata es una de la serie que Händel escribe entre 1706 y 1710 para voz solista y bajo continuo. En sus características dramáticas, más allá de su pequeño formato y de la instrumentación sumamente reducida, no difiere de una ópera”, explica Lavista. “La fidelidad al texto y a lo que se sabe acerca de las prácticas interpretativas de la época en que fue compuesta no sólo no contradice las necesidades escénicas sino que las posibilita. Ambas cosas van juntas, son inseparables. En el caso de Händel la escritura es tan precisa que si se analiza bien la partitura se sabe con exactitud qué es lo que tiene que pasar con el movimiento, con los desplazamientos.” El proyecto de hacer esta obra nació del encuentro de Mastrangelo y Lavista, en el curso que Gabriel Garrido dio el último verano en el Camping Musical Bariloche tomando una ópera de Cavalli como eje. “Yo necesitaba seguir entendiendo más lo que tiene que ver con lo más íntimo de la ópera, de la música, y esta posibilidad de trabajar con Garrido y con Cavalli, con una ópera que está situada casi en el nacimiento del género, fue la manera de comprender mejor lo que venía haciendo”, asegura la cantante. “Comprender, sobre todo, la relación entre la palabra y lo que va sucediéndole a los personajes, el ritmo, los ornamentos. Todo tiene un sentido que deriva de la palabra. La otra experiencia reveladora fue tomar contacto con el facsímil del manuscrito que trajo Lavista y con el que estamos trabajando. Yo estudiaba con una edición hecha por Leppard que, en realidad, condicionaba muchísimo la interpretación. Ver el original, con el bajo escrito como ellos lo entendían, permitió que la obra se armara de forma totalmente distinta en mi cabeza. Que se me simplificara la composición. Que pudiera entender con claridad en qué momentos había libertad para tomarse más tiempo, en dónde debía haber justeza, dónde ornamentar, el valor de la polifonía en algunos pasajes. Es increíble hasta qué punto la escritura muestra una concepción estética.”

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