Vie 12.07.2002

ESPECTáCULOS

El dúo más encantador de la historia de Disney

“Lilo y Stitch” permite descubrir, bajo una trama extraterrestre, a dos personajes tan entrañables como extraños para la historia de los films animados. El film es austero y seduce por su irreverencia.

› Por Martín Pérez

Sus protagonistas son dos. Un dúo con nombre propio, tan propio que ha llegado al título del cuadragésimo primer dibujo animado de la historia de Disney. Un título que inevitablemente recuerda otros dúos del más famoso mundo pop, como Laurel y Hardy, Canuto y Cañete o bien Lennon y McCartney, por ejemplo. Claro que en este caso, y mucho más oportunamente, bien podrían recordar al imposible dúo Elvis y Presley, porque sus elecciones musicales abrevan precisamente del catálogo del rey del rock. Sin otro título detrás del cual esconderse –como siempre les sucedió a los ejemplos elegidos antes–, Lilo y Stitch es un film protagonizado por la pequeña y destructiva Lilo y el aún más pequeño y mucho más destructivo Stitch, que juntos forman un dúo mucho más digno del feroz estilo clásico de la Warner que de la plácida factoría animada del buen Walt.
Ella es una niña de imaginación hiperactiva y armas tomar, una huérfana que vuelve loca a su hermana mayor y se dedica a coleccionar fotos de los blancos y enormes turistas rojos por el sol que retozan en las playas de su Hawaii. Una feroz y encantadora niñita, fanática de Elvis y capaz de hacer muñecas vudú para escarmentar a sus compañeritas de curso, pero que por las noches también llega a pedirle un ángel de la guardia a una estrella fugaz al mejor estilo Disney. Pero, claro, el bendito ángel caído del cielo no será otro que un extraterrestre de probeta llamado Experimento 626, que aparece desfachatadamente en escena con una voz (prestada en el original por uno de sus creadores, Chris Sanders) que la crítica del New York Times ha identificado como la del “Pato Donald tratando de imitar a Toshiro Mifune”.
Definido por el mismo diario como “la más pura encarnación de la anarquía animada desde Bart Simpson”, la aparición estelar de 626 sucede desde detrás de un vidrio, al que chupetea con toda su boca y su saliva. Mortal experimento genético, 626 será sentenciado al aislamiento en un asteroide pero –¿a alguien le queda alguna duda?–, escapará y terminará cayendo a Tierra. Más precisamente a Hawaii y casi en los brazos de Lilo, que irá a una perrera en busca de un cachorro y –en una de las mejores escenas del film– terminará escogiendo al que considera como el perro más raro del mundo, bautizado a partir de entonces como Stitch. Una simpática bestezuela, genéticamente creada para buscar una gran ciudad y, una vez allí, “revertir las alcantarillas, arrancar los carteles de las calles y robarle a todo el mundo su zapato izquierdo”, según lo define su propio creador. Pero como en Hawaii no hay grandes ciudades, lo único que Stitch podrá hacer es usar los juguetes de Lilo para crear una pequeña San Francisco en miniatura, con puente y todo, y luego destruirla jugando a ser Godzilla.
Película de personajes antes que de historia –de hecho, sus escenas de acción tal vez sean de lo menos interesante de la última época de Disney–, Lilo y Stitch es un pequeño film clase B dentro del estudio, algo así como su propio experimento 626, obra de Dean Deblois y Chris Sanders, una dupla de la pequeña factoría de Miami, que fue inaugurada con El Jorobado de Notre Dame pero cuyo primer film propiamente dicho fue Mulan. Con los fondos de Hawaii realizados con acuarelas –es el primer film de Disney realizado con esta técnica desde 1941–, Sanders y Deblois se aseguraron un aspecto abrazable, como de dibujos de cuento infantil, que era el que buscaban para sus personajes, ciertamente atípicos dentro del universo Disney. Libre de toda atadura, tanto creativa como económica, el film articula una trama extraterrestre (deudora de Hombres de negro) con el concepto de un nuevo tipo de familia (extraído aquí de la tradición de Hawaii, y llamado “ohana”), recurrente en los últimos productos animados.
Film pequeño y con una trama estructurada alrededor de líneas y conceptos tan básicos que por momentos parece más un apurado producto televisivo que un largometraje de Disney, Lilo y Stitch no deja de ser atractivo mientras estén allí sus dos protagonistas, unos personajes tan fuertes y llamativos incluso en sus transformaciones y un sentimentalismo siempre natural, robando pantalla cada vez que aparecen. Allí están las referencias a Presley y al Patito Feo para ponerlos en fila, por si hacía falta y por derecho propio, entre todos aquellos desclasados que supieron encontrar su propio hogar. Y, claro, hacerse famosos en el camino.

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