Jue 20.05.2010

PSICOLOGíA  › LA SEXUALIDAD SE ADQUIERE

“No se nace heterosexual”

› Por Marcelo A. Pérez *

¿Cómo se llega a ser heterosexual? La pregunta ya intenta aproximar la primera idea que así planteada también pretende matar dos pájaros de un tiro. Primer disparo: la sexualidad del sujeto es contingente; al igual que el vínculo existente entre el significante y el significado; al igual que la relación de contingencia que la pulsión mantiene con el objeto. Segundo tiro: a ser heterosexual, se llega. Ambos disparos incluyen una obviedad deductiva: la sexualidad del sujeto es un punto de llegada y no de partida; “se construye” independientemente del sexo anatómico y dicha producción incluye los avatares de la lógica fálica, del caso por caso. A esa fábrica Freud la ha llamado Edipo & Complejo de Castración, y su materia prima pulsional es el lenguaje; o, lalengua, que Lacan escribe, como neologismo, en un solo término, esa forma particular de hablar y que –parasitando al sujeto– le es transmitida a través de la estructura de parentesco en cada caso.

La sexualidad toma existencia a partir de este lenguaje-agujereado, y es un concepto cultural que ya no es posible confundir con la anatomía genital de los seres parlantes. Y si es cultural, es lo mismo que preguntarse ¿cómo es posible que una dama alta oriental se enamore de un petiso caballero caucásico? o ¿cómo se llega a ser histérico en vez de psicótico?

Pero entonces, ¿cómo? Una respuesta puntual puede ser ésta: “Hablando”, gerundio que oficia de camino para que el sujeto llegue. Pero ese hablaje –“Seminario 22”, Lacan–, lejos de interpretarse como un conjunto de códigos comunes para entenderse mutuamente, no es más que el representante del goce sexual. Este anudamiento es problemático, porque el sujeto ya no sabe lo que dice cuando habla, ya que –repetimos– de lo que se trata no es de “hacerse entender”, sino de gozar.

Estamos diciendo, pues, que algo hay llamado falo, que anuda lo real –anatómico, sexual– con el significante. Esa contingencia determinará la elección sexual de objeto. Es decir, pues, que ser heterosexual es un accidente en el marco de la castración del sujeto.

Ese accidente de castración se elabora en tres etapas. Y –a juzgar por la clínica– si la neurosis existe es porque accidentes hay siempre y el pasaje del segundo tiempo del Complejo al tercero –en el cual el sujeto reconoce que el padre no es la ley, sino que la transmite– es mucho más problemático de lo que creíamos.

Pero, entonces, ¿no se nace heterosexual? No sólo no se nace, sino que ni si quiera se es. La sexualidad, como el cuerpo, se tiene, se adquiere, se conquista; como dirá Lacan, “es un regalo del lenguaje”. En todo caso, ya desde Freud sabemos que lo inconsciente es homo-sexual desde el momento en que no hay más que inscripción de un único significante: el falo. Desde lo narcístico, el autoerotismo tiene su autorrepliegue sobre lo homo. Desde Lacan, el sujeto está anclado en el “todo fálico”; esa posición implica que lo inconsciente rechaza al Otro sexo. Según se lee en el seminario “Aún” –y está en la base de la axiomática “la relación sexual no existe”– el goce en tanto sexual es fálico; es decir, no se relaciona con el Otro en cuanto tal. Y también podemos responder desde nuestra praxis: lo inconsciente repite el mismo real, base de todo síntoma: lo homo también se encuentra en él.

Escuchamos hoy más que nunca a ciertos pacientes (amantes de la precisión científica) que se encuentran dudando por la potencial elección sexual de sus hijos; sobre todo porque en muchos casos ellos mismos ya se han divorciado para vivir con una persona de su mismo sexo. Cuando se trata de lo inconsciente, no hay manera consciente de garantizar un no-accidente en el trayecto; como no hay método para definir un objeto único para la pulsión: si lo hubiese estaríamos en el campo de la naturaleza y no del ser parlante.

Bajo una sociedad mucho más tolerante y mejor informada –que no es poco–, podemos acompañar en dichos avatares lógicos el devenir de cada experiencia subjetiva para –si bien no responder siempre– al menos preguntar desde un lugar en que se unan dos pájaros de un sólo lazo: deseo y amor. Es decir, administrar el goce de una manera más productiva.

* Psicoanalista. Extractado del trabajo “¿Cómo se llega a ser heterosexual?”.

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