Lun 07.06.2010

SOCIEDAD  › OPINIóN

Veinte décadas y los símbolos de una vida

› Por Mariano Molina *

Los acontecimientos históricos son difíciles de analizar cuando se viven en tiempo y lugar, y no siempre se puede tener una mirada histórica sobre el presente. Mucho se escribirá sobre los festejos y conmemoraciones por los 200 años de la Revolución de Mayo. Algunas imágenes son conmovedoras y llaman a reflexionar sobre la construcción que ha podido realizar el movimiento popular en la historia.

Los actos comenzaron con la culminación de la Marcha de los Pueblos Originarios en la ciudad de Buenos Aires, en una manifestación que tuvo elementos inéditos en la vida política del país. El grito de las comunidades originarias fue el pedido de restitución por tierras robadas y saqueadas, pero también fue el grito que transmitió aquí estamos, vivimos, fuimos, somos y seremos parte de este país y de su historia.

Estos actos marcan claramente la situación inversa a los festejos del Centenario. Y esta situación histórica, mal que les pese a los conservadores y la tilinguería, es fruto de las variadas y persistentes luchas de nuestro pueblo.

El Bicentenario nos encontró junto a los pueblos latinoamericanos, los héroes de la independencia y los revolucionarios del continente. Se reivindicó la historia de los sectores pobres y trabajadores de nuestra patria, la de los excluidos, los perseguidos y los laburantes. Los festejos se hicieron en la calle, que es donde los pueblos naturalmente se expresan, con la variedad que esto significa.

El clima de violencia, intolerancia y las actitudes cotidianas que quieren imponer las corporaciones mediáticas no pudo mostrarse a lo largo de los días de festejo. Las peleas chicas sobre el Tedéum, el Teatro Colón o las comidas oficiales quedaron en eso: peleas chicas que pasarán al olvido. Hubo algunos que no participaron: los genocidas, muchos de los responsables de la debacle de los noventa y los gorilas, que son –ante todo– antipueblo. Aquellos sectores que no estuvieron representados viven su peor momento histórico en cuanto a la conformación de la historia nacional y la lectura que se hace de la misma. Esto no implica su derrota. Simplemente, estamos en las mejores condiciones posibles de la historia reciente para construir el país diverso que sueña el inmenso abanico que contiene el movimiento popular.

Los símbolos no redistribuyen la riqueza, ni nacionalizan recursos naturales, ni dan techo o comida a quienes lo necesitan. Las causas más profundas de nuestra existencia siguen presentes en nuestro día a día y son inamovibles en nuestra lucha política y causa de vida. Pero los símbolos son asuntos espirituales que conmueven los corazones, nos ayudan a caminar y dan sentido –muchas veces– a nuestra existencia. No se construye historia colectiva sin símbolos que unifiquen las grandes causas.

Y gran parte de los símbolos que estuvieron presentes en los festejos del Bicentenario son los que desde hace años acompañan la existencia de miles de compatriotas. Esos símbolos vienen desde lejos y se hicieron presentes en estos días: Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Túpac Amaru, José Martí, Salvador Allende, Evita, Juan Perón, Augusto César Sandino, Simón Bolívar, Monseñor Romero, Emiliano Zapata, José de San Martín, Belgrano, Moreno, Juan Manuel de Rosas, Castelli, Artigas, los 30 mil desaparecidos, Farabundo Martí y por primera vez en actos oficiales de su patria de origen, Ernesto Che Guevara. ¿Quién hubiera imaginado esto hace poco tiempo, nomás? Muy diferente hubiera sido el Bicentenario 10 o 15 años atrás.

Hoy estamos más cerca de los revolucionarios de mayo que en 1910 y más cerca de nuestros sueños y anhelos. ¿Será posible avanzar? ¿Será posible construir la patria que queremos? El tiempo, nuestro compromiso y nuestras actitudes cotidianas dirán si es posible juntar al enorme campo popular y quebrar ese “empate histórico” entre las fuerzas de la reacción y las fuerzas populares que viene desde 1810.

Quedan las imágenes, quedan los símbolos y quedan los momentos vividos. Allí está corriendo la rueda de la historia, que nos encuentra junto a amplios sectores sociales y a las comunidades originarias; el símbolo más potente de un pueblo que trata de encontrarse con su historia para caminar juntos y ser artífices de su propio destino.

* Periodista y docente.

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