Sáb 02.10.2010

SOCIEDAD  › CONCENTRACIóN PARA PEDIR JUSTICIA POR EL ASESINATO DE MATíAS BERARDI

Marcha y reclamo en Ingeniero Maschwitz

Amigos y compañeros del joven muerto tras un secuestro exigieron mayor seguridad. Y justicia por su muerte. “Prohibido olvidar, Matías por siempre”, decía uno de los carteles principales. Hubo críticas al Gobierno y reclamos a la policía.

› Por Emilio Ruchansky

Los compañeros de Matías Berardi prefirieron cantar antes que hablar. Empezaron gritando “¡Mati, querido, el pueblo está contigo!” y siguieron con “¡Hagan justicia, la puta que lo parió!”. La marcha en repudio por la muerte del joven de 17 años, secuestrado el martes y asesinado un día después, juntó a casi tres mil personas en la plaza principal de Ingeniero Maschwitz, en Escobar, al norte del conurbano bonaerense. Hubo llantos y mucha bronca. Tanta que cuando se acercaron a pedir seguridad a la comisaría, una madre llamó intranquila a su hijo. “Vamos a casa, dale, que los chicos están muy enojados y tienen razón”, le explicó la mujer al nene que se quería quedar.

A las 17, como estaba anunciado, cientos de alumnos con sus uniformes escolares del Saint George’s School, adonde estudiaba Berardi, y de otros colegios con nombres anglosajones comenzaron a dar vueltas a la plaza. Allí estaban sus compañeros de rugby de la Deportiva Francesa y los pibes con los que jugaba al fútbol. Caminaron rápido, bajo un cielo gris, detrás de una bandera que decía “Justicia por Matías Berardi” y otra más grande: “Prohibido olvidar, Matías por siempre”. También había pancartas como “Ayer Axel (Blumberg), hoy Matías, ¿mañana quién?”.

Gerónino Sasiaín, amigo de la víctima, contó a este diario que el día del secuestro fue su cumpleaños y por ese motivo salieron a la disco Pachá, en la Costanera Norte. “El se bajó segundo de la combi en un lugar muy transitado, bajó solo. No sabía si tomarse un bondi o un taxi. Vivía en un barrio abierto. La verdad que esto podría haberle pasado a cualquiera”, opinó el joven, que decía que el dolor ya se le había pasado. “Tengo mucha bronca. Y la verdad es que no sé si las cinco personas que detuvieron son los culpables”, dijo.

Consultado sobre el escape de Berardi, quien fue recapturado porque un remisero se negó a ayudarlo ya que los secuestradores le dijeron que era un ladrón, respondió que “era comprensible”. “Todos vivimos con miedo, yo no sé qué hubiera hecho”, agregó. Con orgullo, Sasiaín afirmó que ésta no era su primera marcha: “Fui a una de Blumberg en el centro (de Buenos Aires), porque me llevaron mis papás”. Detrás de él, acorralados por los manifestantes, tres policías bonaerenses sonreían ante los cánticos de la gente (les gritaban: “¡Salgan, cagones!”). Uno de ellos, antes de trabar la puerta dejando a un perro afuera, dijo: “Nosotros qué culpa tenemos”.

Berardi estuvo secuestrado muy cerca de allí, en Benavídez, un barrio vecino a Ingeniero Maschwitz. Los manifestantes estuvieron casi media hora frente a la comisaría cuando decidieron volver a dar vueltas a la plaza. No hubo discursos, aunque en un momento apareció un megáfono. “En la zona norte no se puede transitar. Vivimos escondidos, con miedo a que les pase algo a nuestros chicos cada vez que salen”, dijo una señora que tomó el aparato. Y agregó: “Nuestros hijos tienen que ser privilegiados”. Un compañero suyo le sacó el megáfono y cargó contra la policía, antes de ponerse a llorar: “Dicen que lo estaban buscando y estaba acá nomás”.

Los padres de Berardi, Juan e Inés, y sus hermanos, Francisca, Lucas y Bautista, estuvieron sólo unos minutos, al principio, y se fueron antes de que la prensa intentara hablar con ellos. En la movilización hubo exabruptos de todos tipo: Lidia, abuela de dos chicos, aseguraba que la única solución era “ponerles una bomba” a la Presidenta y a Hebe de Bonafini. “Los derechos humanos son para la gente decente, para nuestros hijos”, decía otra señora al lado de Lidia. Los adolescentes coreaban contra el jefe de Gabinete de la Nación: “Aníbal, Aníbal, Aníbal donde estás, dejá de hablar por Twitter y ponete a laburar”. Al rato, se escuchaban más agravios contra el Gobierno por “defender a los guerrilleros chilenos”.

En medio de la bronca, dos maestras de Benavídez, Liliana Rossano y Liliana Caravallo, se preguntaban si los asesinos no serían ex alumnos suyos. “Esta zona está dividida por la desigualdad. Los gente humilde no quieren saber nada con ‘los rubios’, con ‘los chetos’. Se sienten discriminados. La verdad es que el tema de la inseguridad es social, falta educación, comida y trabajo”, reflexionó Rossano. Su colega asintió y contó cómo los pibes le elogiaban, con envidia, “las llantas” (las zapatillas). Mientras, los tres nenes de Rossano buscaban desesperados salir en alguna cámara de televisión.

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