Dom 08.09.2002
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EL BAúL DE MANUEL

Baúl I y II

› Por Manuel Fernández López

Ilusión

En 1991 se fijó el tipo de cambio a un peso por un dólar, se congelaron los salarios y se prohibió por ley su indexación (su actualización por la variación de los precios). Ya antes de salir de la convertibilidad 1 a 1, los precios locales habían subido más del 70 por ciento. Luego de devaluarse el peso, un salario de $ 100, que en 1991 compraba 100 dólares, hoy sólo compra algo menos de 30, menos de la tercera parte. A los empleados del Estado, además de la inflación interna y la devaluación cambiaria, se añadió el recorte de un 13 por ciento en sus haberes. Comparativamente, 13 por ciento es una quita al salario muy inferior a la inferida por la devaluación cambiaria, que lo recortó un 72 por ciento. Sin embargo, hay gente en la calle reclamando la devolución del 13 por ciento y no la hay por el 72 por ciento, y el FMI pone el grito en el cielo ante el menor atisbo de que el Gobierno devuelva el 13 por ciento. Para descifrar el enigma debe aclararse qué es una cifra nominal, una real y una relativa. Las cifras nominales son las expresadas en moneda: yo gano $ 100, vos $ 87; el kilo de papas es $ 1. Las cifras reales se miden en términos de bienes o productos: si gano $ 100 y las papas aumentan de $ 0,50 el kilo a $ 1, en el primer caso compro con mi sueldo 200 kilos de papas (o bien, mi sueldo es de 200 kilos, medido en papas) y en el segundo sólo 100 kilos. Se pasa de la cifra nominal a la real dividiendo la nominal por el precio (o los precios) de un artículo apropiado. En las magnitudes relativas se comparan dos magnitudes nominales similares: por ejemplo, mi sueldo s = $ 100, tu sueldo s’ = $ 87. Mi sueldo en relación con el tuyo es s s’ = 100 87 = 1,15 veces superior. Una suba del nivel general de precios afecta a todos los salarios por igual: el aumento de 0,5 a 1 de las papas hace que ambos salarios, 100 y 87, compren la mitad de papas que antes. Pero una reducción del salario nominal en 13% a los empleados estatales altera el salario relativo entre estatales y no estatales. ¿Por qué magnitud se rige cada actor social? El Estado paga salarios con sus ingresos, estipulados en términos nominales, e induce a los asalariados a negociar por salarios nominales, al obligar que los contratos laborales no incluyan cláusulas indexatorias. Los sindicalistas “representan” a asalariados de gremios específicos y no se mueven sino ante pérdidas en los salarios relativos. En el medio, los asalariados, que no comen ni se visten con papel moneda, condenados a que nadie defienda el salario real.

Bolsillos

Las grandes crisis económicas argentinas –aquellas que duraron más de dos años–, así como tuvieron diversas causas y produjeron distintos efectos, se resolvieron a través de cambios institucionales de complejidad, podría decirse, creciente: en la crisis de 1876 continuó el presidente Avellaneda y bastó con recambiar el ministro de Economía por otro más confiable para el capital extranjero. En la de 1890 el presidente Juárez Celman debió irse y el timón de la nave pasó al vicepresidente Carlos Pellegrini. En la de 1930 el presidente Yrigoyen fue destituido y reemplazado de facto por el general Uriburu. En la de 2001 el presidente De la Rúa debió resignar el cargo y, sin vicepresidente, se designaron varios presidentes sucesivos. Podrían establecerse algunas semejanzas entre ellas. En 1876, 1930 y 2001 se salió de la convertibilidad. En las cuatro el desastre ocurrió en el marco de una economía fuertemente endeudada con el exterior, y en todas el gobierno proclamó vivamente su decisión de no incumplir los pagos de la deuda externa: “Los tenedores de los bonos argentinos deben, a la verdad, reposar tranquilos”, decía Avellaneda. “Si no pagamos, seremos inscriptos en el libro negro de las naciones insolventes”, dijo Pellegrini. Pero el problema no sólo era pagar, sino también quién debía meter la mano en el bolsillo. La solución “Avellaneda” fue reducir el ingreso y el consumo de la población: “Hay dos millones de argentinos, que economizarían hasta sobre su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros”. El recurso inmediato, en la administración nacional, fue despedir gente y rebajar sueldos: “Hacer dentro de los servicios las reducciones posibles en el número de los empleados y en sus sueldos”; y para las provincias, “disminuir las subvenciones que bajo distintas formas se (les) acuerdan”. La solución “Pellegrini”, en cambio, fue reclamarles contribuciones patrióticas a un grupo de banqueros y hombres de fortuna, quienes habían lucrado en la anterior fase especulativa: “Esas pérdidas colosales tienen que repartirse entre todos los que directa o indirectamente tomaron parte en las operaciones o especulaciones pasados”, dijo. Y añadió: “Sólo la ayuda de todos los que están en condiciones puede salvarnos. ¡Reclamo de ustedes esa ayuda en nombre de la Patria!”.

 

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