Jue 07.10.2010
espectaculos

TEATRO › LOS PROTAGONISTAS DEL FESTIVAL VAMOS QUE VENIMOS, QUE COMIENZA HOY

En busca de un espacio propio

Se desmarcan de la pintura típica de los medios, que fluctúa entre el modelo Cris Morena o el documental del reviente. Buscan provocar un cambio conmoviendo desde el escenario. Una charla con pibes que eligieron el camino del arte.

› Por Facundo Gari

Tienen entre 17 y 19 años. Se reconocen como la generación McDonald’s porque nacieron durante el vaciamiento social y político que significó el neoliberalismo menemista. Son “hijos de los que fueron censurados” durante la última dictadura militar. Para una parte de la sociedad que ejerce el no se dice/hace/toca, son los jodidos irresponsables de siempre: no se les exige que tomen la posta porque son “muy chicos”. Si ellos lo hacen, algún dinosaurio trajeado tiene tupé para señalar que “a la escuela se va a estudiar y no a militar”, y que vayan a “aprender” a las FF.AA. Otro fósil resucitado evoca el conjuro: “La juventud está perdida”. Y sabe bien que no lo está, que el desaparecido es Luciano Arruga. Entonces teme que los que son el futuro quieran, sepan y puedan ponerle el pecho al presente sin darle la espalda a la Historia.

“No vivimos la dictadura y sin embargo sentimos la responsabilidad de contarla, de hacerla nuestra, de comunicarla”, sobreponen Franco Moix, Leandro Castro, Micaela Luna, Matías Macri, Ronan Núñez, Sofía Del Tuffo, Vanina Garaventa, Camila López y Juan Ignacio Magneres. Son actores de ocho de los dieciséis elencos metropolitanos, urbanos y suburbanos que participarán en el espacio de “intercambio” –intra, extra y meta-disciplinario propuesto por la segunda edición del Festival de Teatro Adolescente Vamos Que Venimos (VQV), cuya apertura será hoy a las 15 en el Salón Dorado de la Casa de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires (Av. de Mayo 575) y que se extenderá hasta el próximo lunes con un delicioso abanico de puestas teatrales, proyecciones, talleres a cargo de reconocidos exponentes de la materia, conferencias gratuitas de maestros en actuación, dirección y dramaturgia y paneles de debate entre los pibes.

No es que vayan a presentar todas piezas sobre el golpe de Estado del ’76. Macri (18) –que ante todo se ocupa de aclarar que “por suerte” no guarda parentesco con el líder del PRO– es el que trae a cuento la experiencia de su Grupo 11+2 en el VQV del año pasado. “Al principio no sabíamos mucho sobre la dictadura, entonces nos pusimos a investigar, a leer. Y en una función vino un tipo y nos dijo: ‘¡Qué bueno que este tema se empiece a contar por generaciones que no lo vivieron!’. Recae en nosotros la responsabilidad de ofrecer otro punto de vista”, asegura. Y si el gobierno nacional puede sostener con tino que los tiempos cambiaron, que las grandes empresas de comunicación tergiversaron incluso las formas de lo que se tenía por golpe de Estado, por qué no pueden los adolescentes postular los actos vinculados con la producción y circulación artística como nuevas formas de “militancia”. “Años atrás tenía que ver con espacios ligados a la política; nosotros tenemos una participación activa para que haya un cambio, pero desde el teatro”, aporta Núñez (18), integrante de la Compañía Síncope.

Queda ya claro que en el VQV habrá propuestas comprometidas, “estética y poéticamente variadas”, propias (individuales y colectivas) y ajenas (Georg Kaiser, William Shakespeare, Tato Pavlovsky), y no serán obras sólo para adolescentes. Sin embargo, que sean ellos sus hacedores –según marcan– suele desembocar en un antojo: “¿Teatro adolescente? ¡Me va a contar que se quiere cortar las venas y que es bulímica!”, ironiza Núñez, y continúa: “Que siempre hablemos de nuestras vidas es un prejuicio. Podemos hablar de política, de la crisis mundial o de cómo estamos como sociedad”. Desafortunadamente, “lo que uno tiene más a mano, porque está siempre prendida, es la televisión, y allí ve producciones estilo Cris Morena y se piensa que eso es arte adolescente”, explica Magneres (18), de Crearte JR, grupo convocante y del que también forma parte Garaventa (19), que terminó el secundario el año pasado y estudia en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático.

“No son sólo esos programas –López (18), del elenco de la Municipalidad de Berazategui, recoge el guante–: el documental que te pasa que los adolescentes se drogan y se cagan a palos hace que se los encasille en eso, nunca se busca mostrar en nuestra generación responsabilidad y constancia.” Y ella misma propone una lectura sintética de tal exposición, desde la perspectiva de sus prestidigitadores: “La gente que cree y mira a futuro es mucho más peligrosa que la que se droga. Entonces, convenzamos de que todos los adolescentes se drogan”. A ello, Luna (18), del elenco de El Reju, contribuye con que “en la TV siempre está el ‘tenemos que vender’”, y Moix (17), del Grupo de Teatro Independiente Caídos Del Catre, se lamenta de que sea “la placa roja la que factura”. En realidad, la observación excede al formato: “En el mundo en que vivimos, el del todo acá y ahora, siempre está triunfando lo comercial”, amplía Garaventa.

A los prejuicios con los que deben lidiar por ser jóvenes, se les suman los relativos a quienes ejercen el arte, o intentan ejercerlo, superando obstáculos de varias índoles, como los músicos la clausura indiscriminada de sitios porteños para tocar. “¡Che, yo no cerré el Café Vinilo!”, vuelve a aclarar Matías Macri. Claro que estas ofuscaciones están circunscriptas al contexto en que cada uno de ellos vive y en una edad en la se dice fundamental tomar decisiones “correctas”. Magneres, que trabaja en una peluquería, cuenta que su experiencia es tener un padre que lo “apoya”, pero que le “pide que tenga una carrera ‘de respaldo’”. Lo que sucede es que mayoritariamente provienen de familias que ven al arte “como hobby”, resguarda Castro (19), de Varsovia Teatro. En el camino no les interesa hacerse famosos, según Del Tuffo (17), del Grupo Somos de Lynch; que sólo desean “que el teatro sea un elemento siempre presente” en sus vidas, aun en contra del histórico mandato que dicta que “si no ganás mucha plata, no vas a ser feliz”, acota Magneres. “Los prejuicios son muchos”, vuelve a la carga Macri. “Una vez le contaba a un amigo que me gustaba la música, el teatro y el cine. ‘¿Algo heterosexual?’, me respondió.”

Así, para estos adolescentes la importancia de la segunda edición del VQV reside en primer lugar en confirmarse como un espacio real, un lugar “por fuera de Facebook y Twitter”, remarcan. Y es notorio que miembros de una generación que ya tenía conciencia cuando nació la web 2.0, no la quieran: “Todo es 140 caracteres, que tal vez son una mierda”, sintetiza aún más Núñez. Si se detienen en los discursos es porque su “misión” es en tanto “comunicadores”, rótulo que en la charla aparece incluso antes que “artistas” o “actores” y que pone sobre el tapete la incidencia reflexiva en los pibes de las discusiones de los últimos años en torno de los medios de comunicación. “Queremos crear un espacio directo, público y verdadero de comunicación”, afirma en esa tónica Garaventa, que luego destaca que el festival sirve para “generar historias, contarlas y transmitirlas”. También subrayan el carácter inclusivo de la iniciativa en términos territoriales: Marcos Paz, Tapiales, Berazategui, Adrogué y Mar del Plata, entre otras ciudades, estarán representadas en la metrópoli, adonde “es muy difícil llegar por los precios de las entradas, las distancias y las exigencias que impone la cartelera de calle Corrientes, que tiene la oferta sectorizada”, concuerdan. Pero sobre todo ponderan el propio eje de la movida: la accesibilidad a una zona de debate de ideas y/o actos. El intérprete de Síncope rescata que para quienes están “en el medio es muy gratificante encontrar personas de edades cercanas con las que poder hablar sobre Chéjov o Kafka”. Y según Magneres, el VQV “permite demostrar que los adolescentes tienen conciencia social”. Y que con ella, como cierra Núñez, “el teatro que adolece puede renovarse y obtener nuevas perspectivas”.

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