Jue 16.09.2010
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CULTURA › FESTIVAL INTERNACIONAL DE CUENTACUENTOS “TE DOY MI PALABRA”

La literatura, de voz en voz

La novena edición de este encuentro, que seguirá hasta el domingo en Capital y Gran Buenos Aires y se extenderá hasta octubre en varias provincias, está marcada por la diversidad. Hay “cuenteros” de México, Cuba, España, Bolivia y Colombia, entre otros países.

› Por Silvina Friera

La palabra es lo sustantivo del ser humano, más que los huesos, los músculos, la sangre y la piel. De boca en boca, los relatos nacen, crecen y se multiplican; son la espuma de la oralidad, la sal de la vida. De una velada a otra, las voces de los cuenteros y cuenteras exhalan historias, leyendas, mitos y epopeyas que esquivan el implacable asedio de ese hermano del tiempo –menor o mayor, según cómo se lo mire– que es el olvido. El Festival Internacional de Cuentacuentos “Te doy mi palabra”, organizado por el Círculo de Cuentacuentos y la Asociación Artes Escénicas, es una fiesta de la narración oral –de esas en las que se tira la casa por la ventana– que se está celebrando por estos días en teatros, cafés y escuelas del país. En esta novena edición –que se inaugura hoy a las 20 en el Teatro Municipal Gregorio de Laferrere (Morón) y terminará el próximo domingo en Capital y el Gran Buenos Aires, pero se extenderá hasta el 8 de octubre por Misiones, Chaco, Santa Fe, Salta, Tucumán y Jujuy– participarán María Eugenia Márquez (México), Elvia Pérez (Cuba), José Miguel García Sánchez (España), Roberto Espinal (Bolivia), Juan Carlos Pinto (México), Jonathan Lennis (Colombia), Javier Escudero (España), Enrique Argumedo (Perú) y Miguel Fo (España), junto con varios colegas cuenteros argentinos: Gricelda Rinaldi (Misiones), Alicia Perrig (Córdoba), Liliana Bonel, Marta Millicay, Raúl Cuevas y Cristina Villanueva, entre otros.

“Recibir extranjeros es como viajar al revés”, dice Cristina Villanueva, poeta, psicoanalista y cuentera de exquisito paladar. “Con los cuenteros de otros lugares de América y de España nos encontramos en una fiesta en la casa del alma que es el idioma. Celebramos lo que compartimos y lo diferente. Como el festival abarca distintas provincias, se da una convivencia de tonadas y de estilos”, subraya Villanueva los matices que percibirán –en varias funciones con entrada libre y gratuita– las orejas atentas de chicos y grandes que se convertirán en escuchas de primera mano de ese idioma lleno de colores y de modulaciones. “La narración se ha expandido en los últimos años y el festival me parece más una consecuencia de la avidez por las historias que una causa –plantea–. Lo que se sostiene el resto del año es el interés por escuchar a los cuenteros de Buenos Aires, a los extranjeros o los que vienen de otras regiones de nuestro país.”

Hay modos y modos de contar: más contundentes o sutiles, más sincopados o fluidos como cataratas de “letra y música”. Los argentinos, precisa Villanueva, tienen sus particularidades. “Acá la mayoría somos mujeres de cierta edad no declarable –bromea sin dejar margen para cometer la indiscreción de hurgar en su fecha de nacimiento–. En Colombia los narradores son hombres y jóvenes porque la narración oral surgió en los ámbitos universitarios. Nosotros contamos textos de la literatura y en otros lugares se cuenta tradición oral; han venido desde España cuentacuentos africanos que recibían los cuentos de los abuelos, no de los libros –aclara–. En Colombia y en Cuba también usan más la expresividad del cuerpo. Nosotros tenemos menos riqueza de trasmisión oral y más literatura.”

Dar la palabra (bello latiguillo de este encuentro que, año tras año, integra al país dentro del circuito de festivales latinos e iberoamericanos de narración oral) tiene para Villanueva una connotación de compromiso y de regalo. “En cierta medida es la unión de la verdad y la belleza, si consideramos que la ficción encierra una verdad esencial. Uno siempre que cuenta está diciendo algo de lo que piensa y siente. Uno cuenta porque tiene algo para decir que quiere que los demás reciban. Es una trasmisión cálida de la palabra. Escribo y puedo dar mi palabra”, explica la narradora con las vocales deslizándose suavemente entre las rudas consonantes. “Cuando elijo cuentos de un autor, lo hago por la resonancia que ese autor y ese texto tienen en mí; son también mi palabra. Al cabo de un tiempo de contar a un autor se da una adaptación, un entrelazado donde uno se apropia del cuento. Creo que el público recibe esa palabra que se da con su propia sensiblidad y experiencias vitales, y se la apropia. Es como el lector que hace su propia lectura; cada uno que recibe un cuento hace su propia escucha –compara–. Las historias que se cuentan a otros tienen el encanto de lo cercano; es algo dedicado a unos pocos en donde siempre es necesaria la mirada del que escucha. Un cuento se va modificando con la gente, es un intercambio humano, una comunicación. En una sociedad donde se sospecha del otro, es bueno encontrarse con la amistad de las palabras que ayudan a crear puentes en lugar de construir muros.”

Si los cuentos son “correas de transmisión” de una zona más o menos incierta de las identidades, festivales como “Te doy mi palabra” pueden ser una forma de conocimiento y de amistad. “En estos tiempos en que se acrecientan los vínculos entre los pueblos de América, las historias pueden ser abrazos sonoros que unen –ensaya Villanueva una hipótesis que enlaza el oficio de contar cuentos con el arte de la conversación y la posibilidad de reconocerse, cara a cara, cuerpo a cuerpo y voz a voz, en el otro–. Contando se conoce y se hacen vínculos.”

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