Vie 17.09.2010
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CULTURA › “APRENDIZAJE Y PROYECCIONES DE LOS DOSCIENTOS AÑOS”, MESA REDONDA EN SAN JUAN

“Hay que aprender de las equivocaciones”

Osvaldo Bayer, el chileno Manuel Garretón y el costarricense Manuel Obregón López debatieron en el Congreso Argentino de Cultura. “Los protagonistas del futuro deben ser los docentes antes que los militares”, subrayó el autor de La Patagonia rebelde.

› Por Facundo García

Desde San Juan

El Tercer Congreso Argentino de Cultura agarró velocidad y no hay auditorio en el centro sanjuanino donde no se esté debatiendo. Vaciadas las botellas de vino de la inauguración, en la mañana de ayer empezó a cumplirse un cronograma que aborda temáticas para todos los gustos. Pero en la diversidad ya hubo actividades que marcaron la tónica. Como la mesa redonda “Aprendizaje y proyecciones de los doscientos años. La construcción de un futuro común”, que juntó al historiador Osvaldo Bayer, al sociólogo y politólogo chileno Manuel Garretón y al ministro de Cultura y Juventud de Costa Rica, el pianista Manuel Obregón López. Entre los tres hay diferencias políticas, temperamentales y hasta físicas. Pero se las arreglaron para plantear el intercambio sobre bases ideológicas que, de confirmarse en los demás foros, darán al encuentro un claro signo de izquierda.

Nueve de la mañana. En el Centro de Convenciones había caras ojerosas tras las celebraciones de la noche, aunque alcanzaron sólo cinco minutos para que el clima cambiara. Bayer se puso al hombro la exposición y recorrió dos siglos de historia argentina preguntándose una vez más qué ocurrió con los ideales de la Independencia. “Yo mismo he vivido catorce dictaduras militares”, avisó antes de citar los documentos que le gusta exhibir a modo de evidencia. Empezó por escritos de 1810, en los que se evidencia la voluntad de patriotas como Manuel Belgrano y Juan José Castelli en pos de mejorar la situación de las mujeres, los pueblos originarios, los pobres y los esclavos.

El autor de La Patagonia rebelde –que por estos días es candidato a secretario general de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (Utpba), en representación de un frente opositor– leyó pruebas de cómo aquella esperanza de Mayo fue atacada por las clases dominantes. Cuestionó a Rivadavia, a la mazorca rosista, a Sarmiento y a Mitre. Tampoco zafó Adolfo Alsina. “Aquel que pretendió hacer una zanja a lo ancho de la Argentina. Y es increíble. Si uno ve eso en una novela, piensa que el escritor se tomó una pichicata. ¡Y sin embargo pasó!”

Luego de enumerar de la misma manera los hitos violentos del siglo XX, el historiador invitó a reconocer que “la misión de las generaciones actuales es aprender de las veces que nos equivocamos”. “Es indispensable descubrir que los protagonistas del futuro deben ser los docentes antes que los militares. Lograr que haya no tres, sino muchos congresos nacionales de cultura. Y saber que mientras haya villas miserias no se vive en una verdadera democracia.” Cuando el público se puso de pie para aplaudir, el homenajeado hizo uno de esos gestos que resumen tantas cosas: se paró él también, aplaudió un poco y atajó el aire con las manos, como pidiendo que se mantuviera silencio.

“Para entender la Patria Grande tenemos que aprender de la Patria Chica”, agregó poco después el flamante ministro de Cultura y Juventud de Costa Rica, Manuel Obregón López. Como funcionario estatal y fundador de la orquesta La Papaya –un proyecto que se propone recuperar las tradiciones musicales centroamericanas–, el especialista recalcó que uno de los obstáculos para sacar conclusiones de las tragedias pasadas es la falta de acceso a la cultura, que se potencia con las restricciones que impone la propiedad privada y los ataques a la identidad. “Tomemos la música como ejemplo: la mayor parte de nuestra riqueza sonora no está comentada ni editada. Permanece oculta, somos un continente que aún no se conoce a sí mismo”, analizó. El corolario de esa intervención fue un fragmento de Río Infinito, un documental con el que Obregón López buscará retratar a las etnias que viven en las corrientes fluviales americanas.

Manuel Garretón fue minucioso en su caracterización de lo “aprendido” y lo “por aprender”. “En todo el continente compartimos rasgos que nos permiten una proyección a futuro –arriesgó–. En el siglo XIX, habiendo partido de la idea de una América latina unida, nos fuimos corriendo hacia lo contrario, hacia la constitución de estados nación preocupados por sus problemas internos. El siglo siguiente nos encontró volviendo a compartir procesos. Ya no se trataba de armar estados independientes, sino de integrar a grandes masas populares”. Para el académico, la década del ’60 representó un nuevo corte. “En los ’60, campean por aquí dos programas que serán desplazados por los militares. Por un lado, el desarrollismo planteado por Cepal y, por otro, las ideas revolucionarias. Pero incluso en su caída, vuelve a repetirse la posibilidad de reconocernos en la tragedia compartida”, explicó.

Garretón está convencido de que no es casualidad que las democracias de esta zona hayan compartido un ideario basado en los derechos humanos. “Paralelamente, la globalización trajo aceptación eufórica en algunos y resistencia dura en otros. Empezamos a sospechar que el único mecanismo para plantarnos con firmeza es actuando en bloque.” Habría llegado, en consecuencia, la encrucijada en que se toma el camino de una integración amplia que vaya más allá de la economía o se cae en las tempestades de un capitalismo tormentoso. “Llegó la hora de las decisiones duras”, advirtió el sociólogo. Ahora hay que ver quién se anima.

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