Mar 09.08.2011
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MUSICA › TATA CEDRóN Y JUAN “CHANGO” SOSA, JUNTOS EN MUSETTA CAFé

“Nos une algo generacional que es muy profundo”

Ambos artistas se conocieron en su infancia, en los suburbios de Mar del Plata, y más tarde compartieron militancia y amor por la misma clase de canciones. Como tantas otras veces en diferentes países, se cruzarán sobre un escenario por invitación de Cedrón.

› Por Karina Micheletto

Al Tata Cedrón le gusta eso de las juntadas, de la generación de espacios, de la búsqueda de alternativas para hacer música, pero sobre todo para compartirla. Lo practica sistemáticamente como una convicción, como una ideología, y quizá por eso sorprende la cantidad de cosas que ha emprendido desde que volvió a radicarse en la Argentina, allá por 2004. Encuentros siempre diversos, siempre sustanciosos, siempre capaces de dar a descubrir, además de la música, un particular circuito off, al que en rigor no le cabe del todo la idea de off porque es bien barrial y porteñazo. En eso está y aquí está Cedrón, ahora con su amigo Juan “Chango” Sosa, cantante, guitarrista y compositor radicado en Madrid, que actúa nuevamente en la Argentina, cuando pasaron cuatro años desde su última visita.

Juntos –y también cada uno por su lado, porque hay lugar y tiempo para todo–, Cedrón y Sosa hacen tango, folklore, piezas viejísimas del cancionero criollo. Pero también nuevas canciones, como las que Acho Manzi sigue habilitando para que Cedrón musicalice a su padre, el gran Homero, o las que el Tata va tomando porque considera que deben volverse canción. Como “Milonga para seguir”, que Juan Sasturain publicó en la contratapa de este diario tras la muerte de Néstor Kirchner, con forma de “décimas para guitarra escuchadas y recogidas durante estos días en Plaza de Mayo”.

Así que esta vez Cedrón y Sosa actúan juntos en Musetta Caffé, que queda en Billinghurst 894, todos los miércoles de agosto a las 21. Con Olmo Sosa como guitarrista invitado, allí Juan Sosa presenta canciones propias y otras de su amplio repertorio, que va de tangos de la vieja guardia a canciones de Patricio Manns, Manuel Picón, Atahualpa Yupanqui y Georges Brassens. Hay también musicalizaciones de Jorge Luis Borges, y de poetas españoles como León Felipe o Agustín Goytisolo. Sosa hace algunas canciones de su último disco solista, Desde el alma; Cedrón hace por su parte sus temas, y finalmente cantan a dúo viejos temas del folklore argentino. Entonces aparecen temas de Buenaventura Luna y de Saúl Salinas, aquel cuyano que le enseñó a Gardel a cantar a varias voces. “Lo mejor es lo mucho que nos divertimos”, sintetiza Sosa. “Sí, y además nos emocionamos, nos tomamos unos vinitos, nos calentamos con la música, nos reímos... En fin, la pasamos como los dioses”, concluye Cedrón.

Sosa y Cedrón tienen en común una cuestión generacional y una cuestión de militancia. Pero se conocen desde antes de los tiempos de militancia, “desde hace muchísimos años”. Desde los tiempos de Mar del Plata, adonde Sosa nació y adonde Cedrón se mudó con su familia en la infancia. “Con Juan somos amigos desde la época de los suburbios de Mar del Plata, ya entonces andábamos cantando en los piringundines de esa zona que era el borde con el campo, mitad urbana y mitad rural”, puntualiza Cedrón. “Me emocionó el último libro de (Ricardo) Piglia, él ahí describe todo ese ambiente de los suburbios de Mar del Plata, los boliches con cortinas, el juego del sapo, las bochas. Todo eso vivíamos con Juan a mediados de los ’50.” La relación artística entre ambos se retomó a principios de los ’70, en tiempos de los café concert. Entonces cantaban juntos poemas de González Tuñón, de Juan Gelman, ese repertorio que marcó la voz del Tata, como en el espectáculo Fábulas. “Hicimos un café concert que se llamaba Bulín mistongo –retoma el relato Cedrón–. Ahí ha tocado Saluzzi con Grela. Ahí, Juan cantaba solito, me acuerdo de sus canciones de flamenco... El es un trovador”, lo define.

“Yo dejé de actuar profesionalmente por mi militancia política; dejé de cantar”, sigue contando Sosa. “Lo último que hice fue aquello que después fue Huerque Mapu, cantando por los compañeros. Me exilié en el ’76 y, ya en el exilio, nos reencontramos con el Tata en París. Me dio una mano presentándome donde él actuaba allá, fue una mano importante. Y desde entonces nos vemos por temporadas; la última vez estuvimos actuando en España, y cuando nos encontramos allá quedó la invitación tendida para cuando yo viniera a la Argentina. Y aquí estamos...”

Sosa fue delegado obrero del astillero Astarsa, militó en Los Obreros (una agrupación de extracción marxista) e integró la primera formación de lo que luego se llamaría Huerque Mapu, junto a Hebe Rosell (quien fue su pareja y madre de su hijo), Ricardo Munich, Tacum Lazarte y Naldo Labrín. Lo reemplazó en el grupo Lucio Navarro, cuando el grupo que cantaba para Montoneros comenzó a llamarse así. De la obra solista que fue construyendo tras su exilio, en abril de 1976 (vivió primero en París y luego en Madrid), menciona especialmente su cantata Madres de Plaza de Mayo, grabada en Holanda, y las cartas de agradecimiento que le escribió Hebe de Bonafini, y que guarda como la mejor recompensa posible.

–¿Qué es lo que logran juntos, qué es lo que más les gusta de este dúo?

Tata Cedrón: –Juancito hace un repertorio de coplas que a mí me fascina, son muy españolas, pero también hay poesía de (Manuel) Picón, el uruguayo que se exilió en España, musicalizada por Juan. Yo también canto algún estilo, canciones calmas mías; tango, poco, no el tradicional, hago uno o dos tanguitos, pero bien rastreros. Y después creo que lo que hacemos juntos está muy bien logrado, las cosas que rescatamos de Saúl Salinas, de Buenaventura Luna, cosas que escuchábamos cuando éramos pibes.

Juan Sosa: –Hay algo generacional muy profundo que nos une con el Tata, evidentemente hay todo un repertorio común que va aflorando apenas agarramos las guitarras y nos ponemos a conversar con los instrumentos, y esto es lo que aparece.

T. C.: –Me di cuenta de que con Juan respiramos el mismo lugar, les damos el mismo aire a los versos, hacemos la misma pausa, la misma inflexión. Entonces te das cuenta de que hay una cosa en común muy profunda, algo de raíz. En fin, lo mejor que tiene esto es que lo hicimos muy a golpe de piel.

–Cedrón promete “cosas nuevas”. ¿Cuáles, por ejemplo?

T. C.: –Acho Manzi me sigue pasando cosas de su viejo. Musicalicé “Buenos Aires, colina chata”. ¿No es buenísimo ponerle a Buenos Aires “colina chata”? Y después hay cosas que van apareciendo, que es como si reclamaran tener su música. Al día siguiente de la muerte de Kirchner, Juan Sasturain publicó en la contratapa de Página/12 su “Milonga para seguir”. Es un texto hermosísimo, nada que ver con un panfleto o con una bajada de línea, es una reflexión muy profunda. Habla del peronismo, de lo que significa, y lo hace en décimas, como los payadores. Y empieza como el Martín Fierro: “Aquí me pongo a cantar, esta milonga en la Plaza”. Hay un replanteo muy fuerte de este asunto del peronismo, yo lo estoy viviendo así. Por eso también me surgió hacer una canción de Jauretche, “Canción del no me olvides”; él escribió eso cuando lo echaron a Perón en el ‘55. Qué hermoso, qué tierno, que sensación de cariño hacia un personaje de la historia. Como peronista, a estas cositas las hago con cierto pudor y con mucho respeto, con la convicción de que hay que hacerlas porque están hablando de lo que somos hoy.

–Ambos son artistas múltiples, de juntadas, siempre andan buscando laderos, compañeros para distintos proyectos. ¿Es una necesidad previa, o algo que se va dando sobre la marcha?

J. S.: –Tiene que ver con la forma en que entendemos la música. Yo he andado por muchos lugares, ahora por la Argentina yendo y viniendo, un poco para visitar y otro poco para trabajar. Y siempre he tenido amigos, colegas dispuestos a compartir la música. Juan ha sido uno de esos amigos incondicionales, ha sido muy importante su compañía en París, me ha abierto muchas puertas, y ahora está haciendo lo mismo en la Argentina.

T. C.: –Para mí es una especie de filosofía... Una ideología, llamémosle. Quiero decir, la cosa individual no es lo que me interesa, siempre le encontré más sentido al trabajo en grupo, y también a lo diverso. Mi historia ha pasado por ahí: cuando abrí el boliche Gotán, les abrí las puertas a los actores y a los poetas, a Piazzolla y a Rovira, y a los chamameceros. Después organicé un ciclo para la Municipalidad de Buenos Aires, la semana de la música en los barrios (fue en el ’71), y ahí tocaba mi cuarteto, Ramón Navarro, Les Luthiers, Jaime Torres, Moris... Y Paco Urondo era glosista, y Luis Brandoni presentaba, por ejemplo. Le di laburo a medio mundo. Después abrí El Taller de Garibaldi, ahí venían a tocar Paco Ibáñez, Paco de Lucía, Camarón de la Isla... Lo mismo en Francia, donde armé la Orquesta Típica para rehacer los estilos de De Caro, de Arolas, para empezar a pensar, en aquel tiempo, cómo hacíamos para salir de Piazzolla, para seguir avanzando después de él. O sea, siempre fui de abrir puertas, porque soy un convencido de que se avanza sumando, y escuchando todo.

–Lo suyo tiene una fuerte impronta de gestor cultural.

T. C.: –No, a esa palabra yo la odio. Porque está de moda: ahora son todos “gestores”, ofrecen “productos”. Así hacen con el tango, así lo presentan: es un producto. Y detrás de eso hay toda una ideología, una teoría económica. No, para ser gestor, para gestionar cultura, hay que formarse, hay que saber. Y realmente acá no encuentro mucha gente formada entre todos esos que se dicen “gestores”.

–Bueno, tampoco hay que dejarse robar las palabras...

T. C.: –¿Sabe qué pasa? A los conceptos no hay que dejárselos robar, es cierto. Pero tampoco hay que gastarlos.

La ficha

Juan “Tata” Cedrón siempre anda “haciendo cositas”, y eso incluye desde los recitales en la verdulería de su barrio, en Villa del Parque –del que se ha apropiado como su nuevo “lugar en el mundo” después de Boedo– hasta la presentación del libro sobre su cuarteto (Tango y quimera, de la socióloga Antonia García Castro, esposa de Cedrón), o la preparación de un documental sobre su vida y obra (La vuelta de Juancito Caminador, del director Fernando Pérez, de próximo estreno. O la edición en simultáneo de dos discos con su cuarteto, Godino y Corazón de piel afuera, sobre poemas de Miguel Angel Bustos. O la reedición de La Típica, el CD de la orquesta de tango que fundó en Francia. O la conducción del programa radial Eche veinte... Entre otras cositas. Ahora espera la llegada de Miguel Praine, que desde hace un tiempo va y viene cruzando el océano entre París y Buenos Aires. Con él y con el cuarteto sigue en plena actividad. El próximo jueves 18 actuarán, por ejemplo, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (Santiago del Estero 1029). Siguiendo el recorrido “académico”, el sábado 20 se presentará en la Universidad de General Sarmiento, y el martes 23 en la Universidad de las Madres, todo como parte de una programación especial en universidades de la Secretaría de Cultura de la Nación. Eso, entre otras “cositas” que Cedrón piensa hacer con su cuarteto, y que ya irá revelando a su debido momento.

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