Vie 29.09.2006
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MUSICA › NUEVA VISITA DE ALBERT PLA

“Lo único que puedo dar es mi música”

Al cantautor catalán, todo un personaje, le gustaría que le prestaran un hilo “para coserme la boca”. Sin embargo, habla. Y escribe. Vino a mostrar El malo de la película, un peculiar espectáculo audiovisual.

› Por Facundo Garcia

En un texto de hace más de un siglo, Charles Baudelaire relató la situación de un poeta al que “se le había caído la aureola” mientras cruzaba a los tropezones una avenida transitada. “Ahora puedo ir de un lado a otro de incógnito, al igual que los simples mortales”, se regodeaba el personaje. Lo mismo podría decir Albert Plá para referirse a su presente. Con la expresividad mínima que se requiere para no confundirlo con una réplica de cera, el cantautor catalán se animó a susurrar con sencillez algunos detalles sobre El malo de la película, el espectáculo audiovisual que presentará en la Argentina. Reveló además algunas razones de la timidez que, desde hace más de una década, viene mostrando en las entrevistas. De la aureola de hipocresía de la que se viene despojando desde hace años, en cambio, no quiso hablar. Y mientras esperaba que le devolvieran la guitarra que se olvidó en el baúl de un taxi el martes pasado, el juglar arrancó diciendo que ya siente a Buenos Aires como si se fuera a quedar toda la vida.

–¿Qué es lo primero que hace para sentirse a gusto como artista en los sitios que visita durante una gira?

–(Silencio de diez segundos.) Pues simplemente fumar. Viajamos de manera bastante familiar: no somos más de cuatro y cargamos algunas cosas en una gran caja. Entonces, cuando llegamos a una ciudad, ya nos sentimos en casa. Con Buenos Aires fíjate lo que me pasa: ando por el mundo defendiendo a los porteños. Te aseguro que es un trabajo arduo (risas).

Plá editó los discos Ho sento molt (1989), No sólo de rumba vive el hombre (1992), Veintegenarios en Albuquerque (1997), Anem Al Illit? (2002) y el doble Cançons d’amor i droga. Este año editó su primer álbum para Latinoamérica, Vida y milagros. El malo de la película, espectáculo que reúne cine, música y teatro, se presentará hoy y mañana a las 23 en el ND Ateneo (Paraguay 918), y el 13 de octubre en el Teatro Parque de España de Rosario.

–¿Es posible sobrevivir en el mercado sin hipocresía?

–(Silencio de 5 segundos.) Yo hago otro oficio, que no tiene que ver con todas esas luces. A veces tengo desagradables encontronazos, como el de esta mañana (se refiere a su áspero paso de esta semana por el programa Mañanas informales). No es frecuente, pero cada tanto uno se da de narices con ese mundo en el que no me gusta estar. La música es lo único que puedo dar, no sé hacer ni más ni menos que lo que hago. Es sencillo. Y sin embargo, esta mañana en la tele el raro era yo.

–¿Es de irritarse fácilmente?

–No. Sólo suelo discutir cuando no tengo nada que fumar. Pero como no pasa nunca, soy bastante tranquilo.

–Para alguien que se va de gira, esa perspectiva conlleva cierto riesgo: hay cosas que no siempre pueden conseguirse en el quiosco más cercano...

–Da igual. Incluso prefiero que ciertas cosas sigan siendo ilegales. En general, el hachís y la cocaína no han subido de precio en quince años. En cambio, la Coca-Cola y los garbanzos... no se puede creer lo que salen.

Bordado con jirones de la onda enrarecida que Plá carga en las expresiones, el espectáculo que el catalán nacido en 1966 trae a Latinoamérica incluye nuevas canciones en vivo y una banda sonora compuesta junto a Judith Farrés. Se trata de una narración audiovisual en la que se siguen los pensamientos de un abogado al que se le ha encargado transformar una paradisíaca zona rural en un conglomerado industrial. Las cavilaciones de este personaje, que es encarnado por Albert, van señalando el desarrollo de la historia: “Nos ha salido medio de casualidad una película. Tú tienes muchas cosas aquí dentro, y de pronto llega una idea que hace que caigan muchas cosas juntas y creas algo”, lanzó el artista.

En simultáneo con la llegada de Plá a la Argentina se editará el CD+DVD titulado Vida y milagros, con quince canciones grabadas en directo que recorren sus 18 años de carrera. Una placa, valga la aclaración, que dista bastante de lo que están acostumbrados a escuchar los fans locales de la canción española. Las historias de pelagats y macarrillas que va pariendo el ibérico prefieren tensar hilos entre la risa destemplada y una vaga contemplación melancólica de las tristezas urbanas. La suya es –y ahí está su versión de “Walk on the Wild Side” de Lou Reed para comprobarlo– un reflejo bestial de los cuadritos lavados que llegan desde la confundida España post-Aznar y post-11/M.

–En 1993, los directivos de BMG decidieron no publicar Veintegenarios, entre otras “razones” porque contenía la canción “La dejo o no la dejo”. El tema contaba la indecisión de un chico que no se decidía a denunciar a su novia terrorista. Si escribiera esa canción hoy, ¿cambiaría algo de la letra?

–No le cambiaría nada. Las canciones que uno hace a veces parecen tener una forma de vivir en un momento, pero después cambia la circunstancia, el país o el tiempo y empiezan a mostrar coincidencias con la vida real. Al mismo tiempo, la gente tiene la necesidad permanente de asociar lo que escucha con su propia vida, y por eso a veces una canción cambia su modo de existencia con los años. Creo que es el caso de “La dejo o no la dejo”.

–¿Qué cosas hacen que valga la pena seguir haciendo canciones?

–(Silencio de 4 segundos.) En principio, tengo que aclarar que es una completa casualidad que yo esté en el escenario. Desde chico me gustó inventar cosas. La primera vez que subí a tocar, en la IV Muestra de Canción de Autor de Jaén de 1988, bajé siendo profesional. Tenía 22 y me sabía solamente tres o cuatro canciones, pero desde entonces cada vez que hice un concierto no me fueron a ver menos de trescientas o cuatrocientas personas. Uno no acaba de entenderlo mucho, la verdad. Pero es cierto que desde que tengo recuerdos la inspiración no me falta. Al contrario, me falta tiempo para escribir todo lo que la inspiración me dicta.

–Y en su vida, ¿qué dimensión de sus canciones prima? ¿La angustia? ¿La contemplación estética? ¿El humor?

–En esta vida todo se toca. Algo puede ser angustiosamente bello, y a veces lo angustiosamente bello puede llegar a causarte risa. Por mi parte, trato de vivirlo con cierta tranquilidad, y por eso mi casa está en un pequeño pueblito donde todos nos conocemos. Eso te contiene un poco.

–Un aspecto cotidiano de muchas personas que no responden al estereotipo de artista exitoso suele ser, al menos aquí, la convivencia diaria con el hambre. ¿A usted le tocó alguna vez pasar hambre?

–Muchas veces sentí hambre, pero nunca me preocupó. Soy capaz de no comer durante días. Muchas veces directamente me olvidé de comer; dije “ya pues, no como”, y seguí ayunando. Por suerte, el hecho de no comer no tiene efectos sobre mi trabajo. Las canciones me salen permanentemente. Ni siquiera necesito escribirlas. Salen. Y salen terminadas.

–Supongamos una especie de utopía poética: un universo en el que sus palabras causaran un efecto directo sobre la realidad. ¿Qué es lo primero que usted diría?

–Pues preguntaría si alguien me presta un hilo para coserme la boca.

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