Vie 19.03.2010
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LITERATURA › GUILLERMO SACCOMANNO HABLA DE EL OFICINISTA, SU NOVELA PREMIADA

“El capitalismo nos impone leyes de Murphy”

El autor de La lengua del malón publicó un libro que no tiene nada que ver con lo que venía haciendo, aunque admita algunas de sus marcas de fábrica. Las tensiones sociales y la mirada clasista están al servicio de una historia en la que prevalecen la abyección y la humillación.

› Por Silvina Friera

Casi no cuenta el cuento. Y no es una broma. Lo dice Guillermo Saccomanno una tarde de marzo, con calma y un dejo de ironía, cuando abre la puerta de su departamento en el Bajo. Saluda y se levanta la remera, que le baila en el cuerpo. Bajó catorce kilos por una meningoencefalitis, que casi lo lleva al más allá. A principios de febrero, estaba en Gesell cuando empezó a sentirse mal. Muy mal. El resto fue “una road movie en ambulancia”, desde el lugar en el mundo que eligió para vivir hace más de veinte años a Mar del Plata, donde le salvaron la vida. Mientras ganaba uno a uno los rounds de esa pelea, entonces en el cuadrilátero de un hospital de Buenos Aires, El oficinista se alzaba con el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. La novela dejó “boquiabiertos” a José Manuel Caballero Bonald, Ricardo Menéndez Salmón, Peré Gimferrer, Rosa Montero y Elena Ramírez, los integrantes del jurado. Ningún lector saldrá indemne de la lectura. El calvario del anónimo y gris protagonista –ese hombre que puede caminar a ciegas entre los escritorios, los archivos, los armarios y recovecos del “campo de concentración” donde trabaja– es un arañazo en la conciencia.

Se queja un poco por la fatiga que le quedó después del “tsunami”; pero cuenta que lo ayudó en la pelea su estado físico, el hecho de que en Gesell o acá siempre sale a caminar, a patear los lugares y semblantear los rostros, especialmente del “malón” de oficinistas que deambulan por la avenida Córdoba. Tiene casi dos meses más de reposo, de “mirada bucólica de la existencia”, precisa y sonríe mostrando todos los dientes, como quien sabe que tendrá que domesticar al “buen salvaje” que a la primera de cambio se prende en una polémica. Mientras tanto, aprovecha el descanso y lee o relee a Shakespeare, Dostoievski, Kafka; salda las deudas que tiene con los clásicos. El oficinista transcurre aquí y ahora; aunque haya murciélagos que revolotean en los ventanales de la oficina, muchas ratas, lluvia ácida, el ronroneo constante de helicópteros que sobrevuelan sobre una ciudad asediada por ataques guerrilleros, perros clonados, un ejército de desamparados –hombres, mujeres y chicos que duermen arropados junto a las vidrieras de los negocios– y pibes zombies.

Los elementos “futuristas” de la novela, esa inflexión Ballard que por momentos exudan las páginas, son desplazados al presente para subrayar la degradación y la decadencia. Está escrita en presente, en una tercera persona que respira en la nuca de ese hombre rengo tan paranoico y desgraciado que hasta cuando decide robar se queda con un collar de piedras prometedoras que no es más que una baratija. El oficinista está casado con una mujer horripilante, “una mole con facciones equinas”, agria y despótica, y tiene un puñado de hijos a los que llama “la cría”. Pero el hombre se enamora de la secretaria y cree que puede ser otro, que alcanzará la salvación a través del amor. Saccomanno escribió la primera versión de la novela en 2003. “Desde entonces no hubo año en que no hubiera una nueva versión, al costado de las otras novelas –repasa el escritor–. Era una novela de repuesto que tenía, que mandaba a concursos importantes, de acá y de España. Hasta el año pasado estuvo concursando.”

–Lo que más llama la atención es un estilo radicalmente diferente. ¿Qué buscó con este cambio?

–Hubo una apuesta de estilo distinta. Cuando empecé, mi intención era escribir una novela rusa, cuyo título tentativo era La perspectiva Nevski, un mundo de no future. La estaba escribiendo a la manera de las traducciones de Sopena y de Calleja de Dostoievski, esas traducciones rebuscadas y alambicadas. Pero como del 2003 hasta acá pasó mucho tiempo, empecé a lijar y a lijar (golpea una mano contra la otra). El hueso de la trama quedó, pero me di cuenta de que cuanto más limpiara más eficaz sería; digo eficacia en términos de que la trama no paraba y no daba respiro, que era lo que me importaba. Todos venimos de Gogol; en estos años he leído bastante El capote, pero también Dostoievski, que me obligaron a revisar y replantear la novela. Me llevó a indagar en lo que podría ser una cartografía de la literatura de oficina; un género del XIX, pero que recorre y atraviesa el XX y llega hasta acá.

El escritor se entusiasma, cruza y descruza sus piernas, cambia la taza de té de mano y se explaya sobre lo que implica el trabajo en una oficina. “Se supone que dentro de una sociedad de clases es un trabajo acomodado, pero al mismo tiempo es un trabajo burocrático. Mi intención era que en la novela se respirara una situación concentracionaria”, explica. “Si hay algo que uno puede leer en los rusos, es esa cosa abyecta de la pequeña burguesía y la clase media. Si hay una clase que repudio es la clase media; me dirás que es la clase a la que pertenezco. De acuerdo, es cierto, porque la conozco es la que más repudio. Es la clase que atenta todo el tiempo contra sus propios intereses. En 2001 los piqueteros eran amigos de la clase media cinco minutos antes de la masacre de Plaza de Mayo; después fueron enemigos. Ya sabemos cómo se comporta la clase media. Si lo pensamos ahora, ¿cómo está funcionando con los partidos de la oposición? o el respeto que les concede a estos politólogos golpistas que están en la tele.”

Saccomanno se enoja con las “agachadas” de su propia clase. “La clase media no tiene salida. Por supuesto que hay salidas individuales y algunos zafan y consiguen encontrar un camino o elegir su destino. Pero la clase media es el universo de la traición, de la trepada, de la apariencia. No me encontraste en mi día más optimista. La novela tampoco ayuda”, bromea. “Lo que me preocupaba de esta novela era que la escritura acompañara las peripecias y desgracias del oficinista, que son como leyes de Murphy. El capitalismo impone leyes de Murphy; cada vez es peor.”

Saccomanno trabajó allá lejos y hace tiempo en una oficina; también estuvo en depósitos con camioneros, “que se cagaban a trompadas de manera brutal, onda Nido de ratas”. Pero después de la paliza, los muchachos se daban la mano. “En cambio, en la oficina nunca se llega a las manos –compara–; siempre está latente la pequeña vileza, esa cosa de que el jefe te coge. ¡No jodamos!, quien labura en una redacción, en una agencia de publicidad, por más que se crea gran cosa –el creativo publicitario que se siente tan smart–, es un oficinista que cumple un horario. Hay una escala de humillación, por más que parezca glamoroso. Cuando veo la manada de oficinistas jóvenes que van a trabajar a Puerto Madero, digo: ‘¡Pobres pibes!’ Hay una foto que me causó mucha gracia, la de un yuppie de Wall Street con su caja de zapatos con todas sus cosas. Un día te pegan una patada en el orto y no queda más remedio que agarrar la cajita y rajar.”

–¿La novela rusa le permitió explorar mejor la humillación?

–Mi intención no fue escribir una novela social; yo quería escribir una novela donde todo funcionara cada vez peor en términos dramáticos. Admiro la novela rusa por cómo refleja la humillación, la abyección. Hay una idea de Onetti que siempre me pareció fulgurante. La frase exacta creo que es que todo hombre tiene alguna vez una zona de pureza que le sube a la superficie. Quería ver hasta dónde un tipo, puesto en las peores condiciones y bajo la máxima presión, podía llegar a algo de pureza. La única forma de pureza que cree que encuentra es el amor, pero se engaña porque no tiene que ver con el amor, sino con la traición. En realidad, la verdadera contradicción es entre incluidos y excluidos, humillados y poderosos. El oficinista se agarra del amor y la secretaria se agarra del jefe. Pero todo está como descentrado: el amor no es el amor, la pureza no es la pureza. El oficinista busca situaciones de pureza, pero no las encuentra.

–Es una novela extremadamente “clasista”; todo el tiempo está atravesada por las tensiones entre las clases sociales, entre el jefe y el empleado.

–Hay un momento en que para mí este texto funciona como metáfora extrema. Me interesaba tensar la cuerda porque creo que estas situaciones que cuento todo el mundo las ha pasado de una manera o de otra; lo que sucede es que no están contadas de frente porque aterra mucho decir “me cogí al jefe”, a la mina con la que estoy garchando le falta un diente, el collar que me afané es falso, Dios no existe, el amor es una mascarada, una coartada; mis hijos me odian y yo los odio. La familia como aparece en la novela es una jauría; el tipo llega a pensar que no salvaría a ninguno de un naufragio. ¿Quién no pensó alguna vez en matar a la familia? ¿Quién no pensó alguna vez en matar al amante? ¿Quién no pensó alguna vez en robar en la oficina? Trabajemos con las malas intenciones al máximo. No creo en las buenas intenciones; sí creo en la doble moral, que está funcionando todo el tiempo. ¿Cómo empieza Los siete locos? Con un tipo que roba. ¿Cómo termina El juguete rabioso? Con un tipo que traiciona. Pude escribir esta novela porque fui oficinista. Recuerdo la humillación que sentía al buscar un trabajo. Hay un cuento de Roberto Mariani que es ejemplar. En “Cuentos de oficina” un tipo palma y un amigo se acerca a asistirlo; mientras lo asiste, le roba la guita al moribundo. Bajo el capitalismo las leyes del juego son despiadadas. No hay optimismo; no tiene dónde caerse muerto. Porque si lo mataba, si lo suicidaba, aliviaba la tensión. Lo insoportable es que va a seguir, que su calvario continúa. Y no hay Dios y no hay amor. La novela no es optimista (risas). Acá no se salva nadie; el personaje hasta manda el frente al único cándido que se acerca a él, su compañero de oficina, un estudioso de la literatura rusa. Si no hay justicia, no hay otra posibilidad que resentimiento. Si el texto es clasista es porque yo soy clasista. Pero no es una novela panfletaria; me cuidé todo el tiempo de que no fuera un panfleto. Busqué que se pudieran reír con todo lo que le pasa al oficinista. Si hay un efecto que para todos los escritores es imbatible, es el efecto Gregorio Samsa. García Márquez dice que el día que leyó La metamorfosis se dio cuenta de cómo funcionaba. No sé si lo logré, pero mi modelo es ése.

–¿Por qué un personaje tan obsesivo, que está todo el tiempo temiendo que la secretaria esté con el jefe, no puede captar por dónde hace agua su plan?

–Porque su vida es un equívoco; no es (George) Clooney, tampoco es Ben Stiller, no es Ricardo Darín (risas). Los desdichados son siempre más atractivos que los triunfadores, pero también hay que ver de qué tipo de desdichados hablamos. Este oficinista no es un tipo que pierde la mina o lo cagan a tiros en el duelo final. Toda la vida del oficinista es la de un perdedor. Nunca hizo lo que quiere ni lo va a poder hacer.

–¿El oficinista está escrito contra sus anteriores novelas?

–Sí, creo que no tiene nada que ver con lo que venía haciendo. Me divertí más escribiendo esta novela que las otras, que eran un karma, más allá de que las quiero. Uno tiene que escribir textos que lo pongan en tela de juicio. Muchos repetimos el famoso consejo de escribir sobre lo que se sabe. Bueno, fenómeno, pero cuando te sentás, te das cuenta de que es más lo que no sabés, y que una palabra te disparó hacia una zona que vos no te imaginabas. No hay nada más subversivo que la literatura, porque cuando uno se sienta a escribir no sabe si va a lograr la historia o la prosa que busca; no sabe si va a gustar o si se va a publicar. Lo ideal en narrativa es escribir contra uno. No quiero quedarme quieto con la formulita. Cuando uno se da cuenta de que se está repitiendo, hay que saltar.

Ya no hay luz natural en el living. La tarde se achica ante la inminencia de la noche. Como los helicópteros que rondan sobre los personajes de la novela –“insectos de acero oscuro con ojos amarillos expectantes”–, el rugido de un avión ahoga la voz de Saccomanno. La deja en otra dimensión, vibrando bajito en el living, entre los libros de Kafka, Dostoievski, Gogol y Shakespeare.

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