Mar 18.05.2010
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CINE › CANNES > FILM SOCIALISME, NUEVA PELíCULA DEL LEGENDARIO CINEASTA FRANCéS

Jean-Luc Godard interroga a Europa

A último momento, el director se ausentó del festival, pero su película habla muy bien por él. La sala completa para Carancho demostró el interés en la figura de Pablo Trapero, mientras que Outrage marcó un regreso a las fuentes de Takeshi Kitano.

› Por Luciano Monteagudo

Desde Cannes

Para empezar la semana, ayer fue un lunes particularmente intenso en el Festival de Cannes. Las dos proyecciones de Carancho colmaron la enorme sala Debussy, del Palais des Festivals, lo que prueba la gran expectativa con que se esperaba aquí la película de Pablo Trapero. Y su situación no era fácil: tenía que competir por el interés de la prensa nada menos que con Takeshi Kitano y Jean-Luc Godard. Pero el sumo sacerdote de la nouvelle vague desistió a último momento de venir al festival. Había prometido una conferencia de prensa que se suponía iba a ser multitudinaria, pero la canceló con una enigmática carta manuscrita a Thierry Frémaux, el director del festival, que publicó en edición facsimilar el matutino Libération. Sobre un retrato del director japonés Yasujiro Ozu, Godard escribió: “Por problemas de tipo griego, no podré estar en Cannes. Estoy con el festival hasta la muerte, pero ni un paso más. Amistosamente, Jean-Luc Godard”.

El oráculo siempre tiene la necesidad de ser interpretado. Pero si Godard decidió faltar a Cannes quizá sea porque su nueva película, Film socialisme, habla muy bien por él. Objeto poético de un raro, seco lirismo, de una belleza cuya oscuridad contribuye a su misterio, Film socialisme se presenta como una suerte de pequeña sinfonía en tres movimientos, que se van comunicando entre sí con la potencia de sus imágenes. Y de sus palabras: palabras en todos los idiomas –francés, alemán, árabe, castellano–, una auténtica Babel que decidió a Godard a subtitular el film en un “inglés navajo”, hecho de una sintética sucesión de sustantivos, que se pueden leer como consignas políticas o como una variante de la poesía concreta.

El primer movimiento transcurre en un crucero de turismo por el Mediterráneo. Las imágenes, en video, tienen distintas texturas y corresponden las diferentes cámaras que utiliza Godard, desde una de alta definición, que reproduce los colores primarios con una perfección y materialidad que corta el aliento, hasta la borrosa cámara de un teléfono celular, con la que registra la extraña cotidianidad a bordo, las ceremonias de la comida y el esparcimiento (misa católica incluida), como si los pasajeros de esa nave que recorre la cuna de la civilización hubieran perdido su rumbo. Es más, se diría que ese barco –en cuya cubierta vagabundea con su guitarra Patti Smith– remonta el curso de la Historia, busca en las aguas y los puertos que toca una conexión entre el pasado y el presente, un nexo cada vez más improbable y alienado y que sólo Godard parece empeñado en restituir.

“Quo Vadis Europa” se pregunta Godard, en uno de sus típicos intertítulos, que abre el segundo movimiento. ¿Hacia dónde se dirige, cuál será la identidad de Europa? Esas preguntas ya estaban en films anteriores de Godard (sobre todo en Allemagne 90 neuf zéro, de 1991, con el Muro recién caído) pero aquí en Film socialisme parecen más acuciantes. “Un compositor alemán, un escritor francés, un cantante italiano...”, enumera un personaje cuando tiene que pensar Europa. Pero esa cultura que signaría una herencia y una identidad común parece haberse perdido, disgregado, banalizado. Sólo quedan –como esa vieja edición de Balzac que lee un personaje en una estación de servicio– “ilusiones perdidas”.

El tercer movimiento se interroga por civilizaciones antiguas y ciudades modernas: Egipto, Palestina, Grecia, Nápoles, Barcelona... Como en sus Histoire(s) du cinéma (1998), el cine se piensa a sí mismo: las escaleras de Odessa del Acorazado Potemkin, los tanques israelíes del Tsahal de Lanzmann, el Don Quijote contemporáneo de Orson Welles se vuelven –en la consola de Godard– metatextos y van tejiendo asociaciones sorprendentes y nuevos sentidos. El fantasma de la Historia se materializa en la historia del cine: “Hollywood es la Meca del cine porque todos miran en una misma dirección, hacia su pantalla”, constata Godard.

¿Y qué socializa Film socialisme? En principio, al propio Festival de Cannes. Para horror de sus organizadores, la película ya está, a partir de ayer mismo, simultáneamente con su estreno en la Croisette, en la red de redes. Utilizando un mecanismo equivalente al de la majors de Hollywood, que hacen de Cannes el trampolín desde el cual lanzar una película a escala planetaria, con estreno sincrónico en las principales capitales del mundo (como sucedió el jueves pasado con Robin Hood, el título de apertura), Godard aprovecha esa estrategia, pero la subvierte. Sin otro costo de publicidad que la caja de resonancia del festival, la película ya está en un sitio para su descarga y visionado, por la suma de siete euros: http://www.filmotv.fr/film/1879/film–socialisme.html. El cineasta emblemático del siglo XX utiliza las herramientas del siglo XXI sin rendirse a su estética. Ni a su policía: sobre el final, utiliza el siniestro logo del FBI que padecemos en todos los DVD’s y sobre sus amenazas sobreimprime la siguiente leyenda: “Cuando la ley no es justa, la justicia pasa por encima de la ley”.

¿Y Kitano? Con Outrage, presentada ayer en la competencia oficial, el director japonés vuelve al mundo de la yakuza, la mafia japonesa, que tenía olvidada desde Brother (2000), su última incursión en el género. Es también un regreso a las fuentes, después de la trilogía autorreferencial que se permitió con Takeshi’s (2005), Glory to the Filmmaker (2007) y Aquiles y la tortuga (2008). En Outrage vuelven los trajes y los autos negros, los rituales yakuzas como si fueran samurais, la mafia como una sociedad paralela, con sus propias reglas, la primera de las cuales es la traición. De eso se trata, en todo caso el nuevo Kitano: una sucesión cada vez más intrincada y alucinante de duplicidades y deslealtades con el único objetivo de llegar a la cima del poder, por el poder mismo. Por supuesto, la violencia marca el ritmo del film (protagonizado por Beat Takeshi, como se hizo conocido el propio Kitano como actor) y cada nueva venganza propondrá una variación cada vez más sangrienta y macabra.

La clave de Outrage –y de todo su cine– está en todo caso en la sofisticada estilización de esa violencia. “Filmo la violencia de tal manera que el público sienta verdadero dolor. Nunca filmé la violencia, ni nunca lo haré, como si se tratara de un videojuego”, declaró aquí en Cannes. Kitano puede parecer sádico, y quizás lo sea, pero no le está diciendo a nadie que matar sea algo fácil y divertido.

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