Vie 21.05.2010
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CINE › LA COMPETENCIA EN CANNES ENTRA EN SU TRAMO FINAL

En la carrera por la Palma de Oro

El británico Ken Loach presentó Route Irish, una de las primeras películas en abordar el pos Irak. También se vieron dos films interesantes pero menores: el ucraniano Schastye moe y el italiano La nostra vita. Más chances parece tener la francesa Des hommes et des dieux.

› Por Luciano Monteagudo

Desde Cannes

Las ausencias son una constante este año en el festival. Después del misterioso “problema griego” de Jean-Luc Godard y de la omisión forzosa del jurado in absentia Jafar Panahi, preso por el régimen de Teherán, se sumó ayer el faltazo de Sean Penn, protagonista de Fair Game, que se tuvo que quedar en Washington para asistir a una comisión del Senado estadounidense por el tema de Haití. Se decía también que podía peligrar el viaje del tailandés Apichatpong Weerasethakul a causa de la violencia que se vive en las calles de Bangkok, pero Joe (como el mundo del cine decidió resolver el problema que plantea su nombre) habría conseguido un salvoconducto para estar hoy en la Croisette, en la presentación de Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, una de las películas más esperadas del festival, que ya entra en su tramo final.

Quien sí dijo presente fue Ken Loach, que a último momento y fuera de catálogo trajo ayer a la competencia Route Irish, una de las primeras películas en abordar el tema pos Irak. La ruta a la que alude el título es la que lleva al aeropuerto de Bagdad, “una de las más peligrosas del mundo”, según informa un personaje. Allí muere, en un supuesto atentado, un “contratista”, eufemismo con el que los occidentales denominan a los mercenarios paramilitares que custodian a las empresas dedicadas a la autoproclamada “reconstrucción del país”. Pero otro “contratista”, amigo de la infancia del que perdió la vida, empieza a sospechar acerca de las causas de esa muerte y va descubriendo aquello que siempre tuvo frente a sus ojos y nunca quiso ver: la impunidad del ejército civil de ocupación y la violencia feroz de sus métodos, que se dirige no sólo contra la población local, sino contra todo aquel que pueda poner en riesgo los negocios multimillonarios que manejan las agencias privadas de seguridad.

Narrada a la manera de un thriller, pero con el tipo de trabajo con los actores que es habitual en Loach, Route Irish tiene un pulso sostenido y vibrante, pero también evidentes excesos e incongruencias de guión. Parece extraño, para empezar, que ese mercenario, que formó parte primero del cuerpo de elite de las fuerzas militares del Reino Unido y luego se enroló en un ejército privado descubra de pronto que está sirviendo a la causa equivocada y que se solidarice con las víctimas iraquíes. Sin duda, Route Irish es más consistente que Looking for Eric, la ligera comedia social que trajo el año pasado a Cannes, pero está lejos de Agenda secreta (1990), por poner un ejemplo afín, donde Loach también utilizaba el suspenso para denunciar un complot político-militar.

La carrera por la Palma de Oro se alimentó además de dos films interesantes pero menores: la ucraniana Schastye moe (Mi alegría), de Sergei Loznitsa, y la italiana La nostra vita, de Daniele Luchetti. Ambas comparten una visión crítica de sus respectivas sociedades, pero con distintos grados de crudeza y profundidad. El film de Loznitsa es el más ambicioso, y también el más duro y desesperanzado. Un joven camionero con una carga de harina se pierde en un bosque ruso, cerca de la frontera con Ucrania, y se va tropezando con diversos personajes: una prostituta adolescente, unos policías corruptos, un veterano de guerra que levanta en la ruta y que le cuenta una historia de su juventud, cuando intentaba regresar el frente en Berlín. Ese relato dará el tono del film, cuyo registro trabaja simultáneamente entre el pasado y el presente. El camionero no podrá encontrar el camino hacia la civilización y descubrirá que el instituto de supervivencia ha reemplazado toda forma de humanidad.

En comparación, La nostra vita es un film bastante más blando, aunque también señala el altísimo precio que paga hoy el pueblo italiano por querer estar a la altura de una sociedad basada en un consumo que la mayoría no se puede permitir. Claudio, obrero de la construcción, trabaja como capataz en un edificio en construcción en la periferia de Roma. Está muy enamorado de su mujer, pero un drama inesperado transformará súbitamente esta vida feliz. Para sobrevivir, Claudio afrontará con rabia la injusticia íntima y social que lo afecta: se involucra con dinero de la mafia, oculta un accidente mortal en la obra, subcontrata inmigrantes clandestinos a los que no les paga, se hunde cada vez más en deudas que le pesan como si hubiera metido sus pies en un balde de cemento.

Frecuente invitado a Cannes, Luchetti advierte el racismo larvado que anida en la periferia urbana, donde italianos y extranjeros deben luchar por los escasos puestos de trabajo disponibles. La película tampoco deja pasar el hecho de que “a los italianos sólo les interesa el dinero y se olvidan de la belleza”, como le recrimina al protagonista una mujer rumana. Pero Luchetti no se siente tan cómodo en la crítica social como en el retrato familiar, pleno de esa espontaneidad de los personajes con que se asocia al cine italiano.

Muchas más chances de figurar en el palmarés tiene Des hommes et des dieux, la tercera película francesa en competencia después de Tournée, de Mathieu Amalric, y de La princesse de Montpensier, de Bertrand Tavernier. Dirigida por Xavier Beauvois (de quien en la Sala Lugones se conoció su largometraje inmediatamente anterior, Le petit lieutenant, de 2005), Des hommes et des dieux está inspirada en un episodio real, ocurrido en 1996: el secuestro y la ejecución de siete monjes cristianos que vivían en un monasterio en Argelia en armonía con la comunidad musulmana, hasta que una guerra civil los puso entre ambos fuegos.

El film de Beauvois tiene un conflicto que es más ético que religioso: ¿hay que rendirse a la fuerza de las armas o existe la posibilidad de enfrentarla con la convicción de una causa noble? Preguntas importantes, que son de esas que gustan a los jurados y que, en este caso, también han seducido casi unánimemente a la crítica. Este cronista no participa de ese entusiasmo, aunque entiende que el llamado a la tolerancia que practica la película y su cuidado academicismo le tienen reservado al film de Beauvois sin duda uno de los premios principales.

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