Sáb 07.10.2006
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CINE › A LOS 66 AÑOS, MURIO EL ESCRITOR Y DIRECTOR EDUARDO MIGNOGNA, GANADOR DE TRES PREMIOS GOYA

Un año negro para el cine de la Argentina

Hasta 1983 y Evita, quien quiera oír que oiga, Mignogna ni se planteaba la posibilidad de un largometraje. Pero desde entonces le dio forma a una carrera signada por el trabajo intenso, que tuvo recompensas de público y premios.

› Por Luciano Monteagudo

“El cine es una casualidad y los rubros dentro del cine son otra casualidad. Primero fui guionista de dibujo animado, después fui guionista de comerciales. Luego trabajé de sonidista. Después fui director de avisos publicitarios. Y el pudor hacía que no pensara ni remotamente en dirigir un largometraje. Hasta que, casi por casualidad, apareció en 1983 la posibilidad de hacer a Evita, quien quiera oír que oiga.” Así recordaba el año pasado Eduardo Mignogna, en un reportaje con Página/12, su compleja relación con el cine, que sin embargo le dio algunas de sus mayores satisfacciones, como los tres premios Goya de la Academia del Cine de España a la mejor película extranjera de habla hispana, que cosechó sucesivamente por Sol de otoño (1996), El faro (1998) y La fuga (2001), sus tres películas más populares y reconocidas.

Fallecido ayer, a los 66 años, en el Hospital Alemán, por causas que hasta el cierre de esta edición aún no habían trascendido, Mignogna siempre se consideró antes un escritor que un cineasta. “La literatura es algo solitario a lo que no renunciaré nunca: es menos exigente, no imprime ninguna presión. A nadie le importa ni sabe si uno está empezando. El cine es todo lo contrario. En cine todo el mundo sabe lo que uno está haciendo, y si uno acepta las reglas de juego y empieza la preproducción de una película, ya tiene fecha de estreno. Esto hace que a uno, a veces, las películas le salgan mejor o peor. En la literatura, con tirar al cesto de papeles, desaparece todo”, decía.

Nacido el 17 de agosto de 1940, Mignogna publicó su primera novela, En la cola del cocodrilo, hace más de tres décadas, en 1972, con la que obtuvo el premio de la legendaria revista Marcha, de Montevideo. Por ese entonces comenzó a alternar la escritura con el trabajo en una productora de publicidad. En 1975, cuando arreciaban las amenazas de la Triple A y se asomaba la sombra del golpe militar, se exilió por razones políticas, para radicarse primero en Sitges (España) y luego en Milán. El mismo año de su destierro tuvo sin embargo un motivo de felicidad: ganó el premio cubano Casa de las Américas con su segunda novela, Cuatrocasas (1975). Y poco después, su cuento Tigres y alondras ganó el premio de la revista Plural, de México.

En 1981 regresó con su familia al país y se reintegró al ambiente cinematográfico y de la publicidad. La dictadura militar languidecía y, dos años después, en el marco de la recuperación democrática, dirigió su primer largometraje, Evita (quien quiera oír que oiga), premiado en los festivales de Lisboa y Biarritz. Allí narraba los años de juventud de Eva Duarte (interpretada por Flavia Palmiero) e intercalaba ese relato con testimonios a cámara de Ernesto Sabato, José Pablo Feinmann, Silvina Bullrich, Juan José Sebreli, Félix Luna, Fermín Chávez, Cipriano Reyes, Adolfo Pérez Esquivel, Dalmiro Sáenz, Jorge Abelardo Ramos y Litto Nebbia, quien compuso la canción del mismo nombre, que se hizo tanto o más popular que la película misma.

Ese formato a caballo entre el documental y la ficción, heredado de la televisión europea, era sin embargo una novedad por entonces en la Argentina, lo que animó a Mignogna a probarlo en la TV local, con excelentes resultados, como fueron sus miniseries Mocosos y chiflados (1986) y Horacio Quiroga, entre personas y personajes (1987). También fue pionero en abordar la temática de las personas discapacitadas cuando dirigió Desafío a la vida (1985), una serie de videos que reflejaba la problemática de la integración cuando el tema todavía no estaba instalado en la sociedad.

Siguiendo el camino de recuperación de personajes de la cultura argentina de fines del siglo XIX, que inició con Quiroga, el segundo largometraje para el cine de Mignogna fue Flop (1990), una suerte de vodevil farsesco sobre la vida y obra del actor Florencio Parravicini, interpretado por Víctor Laplace, rodeado por Federico Luppi, Enrique Pinti, Inda Ledesma, Leonor Manso, Dora Baret, Cecilia Rossetto y Walter Santa Ana. Al año siguiente, el director sorprendió con el documental El beso del olvido, muy recordado por el motivo de su inspiración: el sentimiento de indignación que le provocaron los indultos decretados por el entonces presidente Carlos Menem. La difusión de este documental se prolongó por años más allá de los circuitos habituales, en centros barriales y agrupaciones de derechos humanos. Y en 1992 entregó otro documental comprometido, Un camino para dos, sobre enfermos de sida y la discriminación a la que eran sometidos por la sociedad.

Con Sol de otoño (1996), el Mignogna cineasta tuvo su mayor éxito, una pequeña historia de amor entre dos personajes maduros, interpretados por Norma Aleandro y Federico Luppi, ella una contadora de origen judío que quiere tener todo bajo control y él un hombre de pocas palabras, que no parece necesariamente la pareja que ella espera. Con su primer Goya en casa, Mignogna se aseguró para El faro (1998) no sólo a Ricardo Darín sino también un presupuesto más generoso, gracias a la participación de capitales y talentos españoles (la actriz Ingrid Rubio) para narrar la historia de dos hermanas huérfanas después del accidente automovilístico de sus padres.

“La fuga es un libro atrapante. A una prosa de alto vuelo y una escritura por momentos perfecta, se une una trama fuerte”, señaló Antonio Dal Masetto de la novela que en 1999 le valió a Mignogna el Premio Emecé. Dos años después, por iniciativa del productor Carlos Luis Mentasti, el novelista puso en imágenes su propio texto, pero con notorias diferencias con el original. “Cuesta entender por qué un libro que hacía de la sobriedad, el pudor y el laconismo algunas de sus mejores virtudes pasa a convertirse, en manos de su mismo autor, en un film en muchos momentos solemne, declamatorio, altisonante”, señaló entonces la crítica de Página/12.

También con una generosa producción de Mentasti, asociado en esta oportunidad con Pablo Bossi, de Patagonik, Cleopatra (2003) fue el film más declaradamente comercial de Mignogna, con un elenco encabezado por Norma Aleandro y Natalia Oreiro, que sin embargo no llegó a rendir en la boletería lo que se esperaba de esa comedia de encuentros y desencuentros generacionales. Mucho más personal, en cambio, fue Cartoneros de Villa Itatí (2004), un especial para la televisión que Mignogna realizó sobre la vida de un grupo de desocupados de los miles que desde la crisis del 2001 trabajan recogiendo la basura.

Como si Mignogna se hubiera quedado con las ganas de explorar en serio el tema de la brecha generacional, volvió al tema de Cleopatra pero de manera mucho más interesante y sutil en El viento (2005), que participó de las Jornadas de los Autores, en la Mostra de Venecia. Protagonizada por Federico Luppi y Antonella Costa, la historia de ese abuelo campesino y su nieta urbana demostró ser una película íntima, recogida, más cercana a un formato de cine independiente que a la gran producción a la que estaba acostumbrado. “No es el único mérito de El viento, título que en su propia elusividad, en su cualidad inatrapable, parece revelar buena parte de sus secretos”, escribió Horacio Bernades en estas mismas páginas.

Fue su última película. Sobre la base de su propia novela, La señal (publicada en el 2002 por Planeta), Mignogna estaba preparando la adaptación cinematográfica. La iba a protagonizar Ricardo Darín, que menos de cuatro meses atrás también sufrió de manera muy cercana la muerte de Fabián Bielinsky, con quien tenía otro proyecto en marcha. Parece que el 2006 quedará marcado como un año de luto para el cine argentino.

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