Mar 18.05.2010
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PLASTICA › HISTORIAS Y MITOS NACIONALES INVERTIDOS, EN EL CICLO “CONTEMPORáNEOS” DEL MALBA

Un pintor que dio vuelta la taba

Alberto Passolini, con su muestra Malona!, ejerce una venganza poética contra el relato histórico de los manuales. Relectura de cuadros canónicos, indiecitas rebeldes y un poema épico que se transforma en una revista porteña.

› Por Fabián Lebenglik

El paisaje no sólo enmarca sino que también acompaña expresivamente la escena trágica: se ven un cielo y un suelo plomizos; el rapto de una mujer blanca –a partir de entonces cautiva– por parte de un malón de indios, caballos y un perro desbocados; se ve también el modo de enarbolar al galope los trofeos recién arrebatados de una iglesia. Así pintó en 1892 Angel Della Valle su cuadro, hoy canónico, La vuelta del malón: como un modo de ilustrar no sólo el gran relato nacional que justificó la Campaña al Desierto, sino también como puesta en imagen de la dicotomía sarmientina entre la civilización que se impuso a la aniquilada barbarie. Este es el cuadro –junto con el poema épico La cautiva, de Esteban Echeverría– que sirvió de punto de partida a Alberto Passolini (San Fernando, provincia de Buenos Aires, 1968) para su exposición en el Malba, que lleva el título de Malona!

“Cuando volví a leer La cautiva –dice Passolini– quedé estupefacto por lo alejado que está el título de la condición de María, su protagonista; en las primeras páginas, y tras un corto cautiverio, María se libera, mata a su captor, rescata a Brian, su esposo, quien le hace una escena de celos porque no sabe lo que estuvo haciendo ella mientras él estaba maniatado; se escapa llevándose los despojos del ingrato hacia el pajonal y se la pasa el resto del texto, hasta que muere, haciéndose cargo de su marido.

”Como sea –sigue A.P.–, ese texto parece haber inspirado el cuadro La vuelta del malón, de Angel Della Valle. Creo que fue el primer cuadro argentino pensado para las miradas de adentro y de afuera; el primero que mostraba, además del paisaje autóctono, un episodio de nuestro pasado que podía comprender cualquier gringo sin saber nada de la historia de nuestro país: indios llevándose a una mujer blanca.”

Si, además de raptar a una mujer blanca, en el cuadro de Della Valle los indios acababan de “profanar” una iglesia, las sexuadas indiecitas de bolsillo que se aprecian en Malona! (casi como enanitos de una fábula de García Ferré, o como primas rebeldes del bueno de Patorucito, de Dante Quinterno, desplegadas en un cuadro de dos metros sesenta de alto por cuatro metros y medio de ancho) parecen huir de una versión pampeana de Toy Story, galopando y en fuga sobre caballos que descienden de una cruza de My Little Pony con los pingos de Molina Campos.

La sola feminización de sustantivos invariables que el pintor usa en su muestra (“malona” por “malón”; “matadera” por “matadero”) introduce desde el lenguaje un forcejeo cómico y crítico con la tradición (histórica, literaria, pictórica); una revancha contra la división sarmientina y contra la ideología épica de las elites y sus ejércitos, que primero postulaban un “desierto” en el territorio argentino, para ignorar la humanidad de los nativos y luego arrasar con ellos (en una típica campaña militar de “limpieza” étnica), para arrebatarles las tierras y repartírselas entre la jerarquía social y política triunfante.

El pintor entabla una vendetta poética, de imágenes e ideas; una versión invertida de la historia oficial, incluso una relectura de La cautiva de Esteban Echeverría. Pero no sólo invierte los géneros, sino que además propone una versión para teatro de revistas, sobre el poema trágico de Echeverría. En el gesto festivo de inversión de lo masculino en femenino y viceversa, Passolini también ofrece un arcoiris de reivindicaciones de género: resistencia, rebelión, erotismo...

Luego de las epopeyas invertidas, pintadas por Passolini, en otra sala se muestra un seleccionado de quince fotos de algunas de sus amigas artistas, posando semidesnudas sobre una montura, en un caballete. Mujeres artistas que ofician de gauchitas en este parnaso passoliniano, bajo el nombre genérico de la serie: “Criollitas”.

Finalmente, con la bandera argentina (y el caballete) como parte de la escenografía bicentenaria, se expone una suite de gouaches sobre papel, de figurines y bocetos escenográficos para La Matadera y el Cautivo, Revista Porteña.

Según escribe Laura Malosetti en el folleto que acompaña la muestra, “Passolini se pregunta por la eficacia de los mitos canonizantes y su vigencia subterránea en la cultura contemporánea. Lee entre las líneas de aquellas historias y representaciones que alimentaron la imaginación de hombres, mujeres y niños, aceptadas como modos ‘naturales’ de pensar y de sentir. Y se pregunta, sobre todo, por la relación entre artistas y modelos, por los sutiles vínculos entre imagen y deseo. Y pone todo patas arriba.”

La inversión de tradicionales roles históricos, sexuales, literarios, genéricos, lingüísticos, por parte de Passolini, en el marco del bicentenario, es uno de los homenajes más transgresoras que podría hacer un pintor (y un museo), contra la historia que cuentan los manuales escolares sobre el siglo XIX. Es para poner los pelos de punta a todos los tradicionalistas, a los herederos de aquella violenta avidez territorial y propietaria, a los círculos militares y sociales de estas pampas y a todos los custodios letrados o armados que han venido velando por ellos.

En el ciclo “Contemporáneo” del Malba, avenida Figueroa Alcorta 3415, hasta el 12 de julio.

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