Mar 04.05.2010
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TELEVISION › OPINIóN

Qué noche, Martín

› Por Eduardo Fabregat

¿Quién dijo que los Martín Fierro no sirven para nada? Los premios, ya se ha dicho más de una vez en estas páginas, son una cosa bastante relativa, el recorte de una realidad, la decisión de un grupo de personas que zanjan cuestiones artísticas en base a vaya uno a saber qué parámetros. Pero hay que decir las cosas como son, reconocer que esta nueva edición de tan glamorosa y espectacular ceremonia (como insistió en definir Santiago del Moro mientras sostenía un paquete de pañales) deja muchas cosas para atesorar, momentos que hacen a la historia grande del medio vernáculo. Si ya en la previa los miembros de Aptra habían desestimado las cualidades de Elepé, nominado a un programa estrenado en 2004 (Epitafios) y otro que en 2009 sólo emitió dos capítulos (Socias), ahora han desasnado al soberano enseñando que Zapping es un programa humorístico, e incluso uno mejor que Peter Capusotto y sus videos. Este Martín Fierro sirvió también para descubrir que Afo Verde no es sólo uno de los productores estrella de la música latina sino que también le sobra tiempo para convertirse en Daniel Barone y dirigir Tratame bien. De paso, estos gauchitos se dieron incluso el lujo de premiar a un programa indiscutiblemente premiable: por lo menos Adrián Suar no rompió su costumbre de ausentarse del Hilton al cuete.

Pero la noche del domingo no sólo produjo esa clase de milagros. Este Martín Fierro también sirvió para evitar un galardón al morbo de Policías en acción, que perdió frente al morbo de ver pésimos artistas amateurs en las primeras etapas de Talento Argentino; sirvió para comprobar que la estatuilla de Platino está reservada a las propuestas audaces, creativas, revolucionarias, como Hola Susana (y para apreciar la cara de Su cuando le tocó perder con Verónica Lozano); sirvió para que Humberto Tortonese hiciera atragantar a todo un salón al responder al interrogante de Pettinato de “¿Qué les falta a las telenovelas argentinas?” con un “Doble penetración anal”; sirvió para que Alejandro Fantino definiera al periodismo como una profesión “durísima”, provocando una sonrisa tristona en el tipo que miraba la tele preparándose para iniciar la semana cargando quichicientas bolsas de cemento por un sueldo basura; sirvió para que casi nadie hablara de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual frenada por un camarista adepto a la dictadura; sirvió para demostrar que se pueden tener premios políticamente correctos como en el Oscar, que otorgó estatuillas a Rain Man y Mi pie izquierdo, películas en las que profesionales de gran talento simulaban tener deficiencias mentales (en el caso de La cornisa sería más o menos al revés, pero el efecto emotivo es el mismo); sirvió para que varios agradecieran a Daniel Vila, conocido guardián de la democracia, los negocios limpios y el respeto a la libertad de expresión (como en las radios LT3 y LT8 de Rosario); sirvió para que Eduardo Aliverti, como en la columna de ayer en Página/12, tratara de aclarar un poco los tantos con uno de esos discursos que se agradecen, que se salen de la norma glamorosa, lujosa, espectacular de don Fierro. Que a veces resulta un gaucho, pero a menudo parece portar la vestimenta del payaso. ¿Quién dice que estas cosas no sirven?

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