Vie 18.06.2010
las12

¡MIRá!

DE MARMOL SOMOS

El cuerpo femenino es la piedra angular de la producción de Norma D’Ippolito que ahora aparece recopilada en un libro, Norma D’Ippolito esculturas, donde se dan cita unas mujeres de mármol, unos cuarenta años de trayectoria.

› Por Dolores Curia

Blancas, redondeadas, con una suavidad que invita a la caricia. Tan sólo con verlas uno se imagina cómo son esas siluetas al tacto. Casi puede palparse la textura de esas curvas tersas, de sus contornos agraciados. Así nos interpelan estos cuerpos de mujeres que de tan perfectos no podían ser de carne y hueso sino de mármol. Todos ellos forman parte del compilado fotográfico de las esculturas de Norma D’Ippolito reunidos en formato de libro. El volumen, recién salido del horno, realiza su racconto por los trabajos más significativos de la escultora a través de 40 años de historia.

D’Ippolito ostenta en su pared más de un título: es egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón en las disciplinas Escultura (1977) y Grabado (1980); de la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova –donde se especializó en Escultura (1981)– y, como si esto fuera poco, acarrea un Diplome de Hautes Etudes Françaises (París). Estudió con los maestros Aurelio Macchi y Ramón Castejón y gracias a este último dice haber sufrido un “sacudón metafísico que la obligó a reconsiderar de manera visceral su posición ante la piedra”, narra Hugo Bauzá. Ha recolectado más de veinte distinciones a lo largo de su carrera y ha dado el presente en los principales salones del país. Norma D’Ippolito no se privó de nada, tampoco de la docencia: dictó clases en la Biblioteca del Consejo de Mujeres y en la Universidad de Belgrano.

El recorrido que traza el compilado da cuenta de tópicos claves en su obra como la figura humana –el quid de su trabajo–, la relectura de la iconografía cristiana, las ensoñaciones y las experiencias subjetivas. Mediante el tour que el libro nos ofrece por la vida y obra de la escultora, se dibuja un pasaje, sin prisa pero –sobre todo– sin pausa, hacia la abstracción de las formas. En el itinerario se deja ver la pugna por un lenguaje personal que puede distinguirse, nítido, hacia el final del volumen.

Delinea variaciones sobre la anatomía de la mujer, la recrea de maneras impensables, la fragmenta. Transmuta los cuerpos de las modelos con las que trabaja, resaltando una u otra parte de su fisonomía, estilizando o deformando a sus personajes. En el más extremo de los casos, la feminidad sólo puede rastrearse gracias a algunas pistas.

¿Y las influencias? Cuando de clásicos se trata, D’Ippolito porta la camiseta de Miguel Angel, pero cuando le toca señalar sus preferencias modernas, la obra de Henri Moore es ineludible. Por él –escultor inglés, ducho en el labrado y digno hijo de minero– Norma dice haberse interesado por el vacío. Este da lugar en su obra a los diálogos entre la masa y el espacio; y entre lo cóncavo y lo convexo.

El material reinante es, sin dudas, el más aristócrata de todos: el mármol, aunque también hacen su aparición el yeso y el cemento. Sin embargo, lo último que pretende D’Ippolito es respetar a rajatabla el canon clásico. En cambio, juega con la idea de desmembramiento y viola las leyes de la morfología. Subraya algunos órganos en desmedro de otros y se juega con posturas imposibles. Casi no hay rostros y los que están se nos aparecen truncos –algunos se aventuran a decir que en las facciones de sus criaturas pueden rastrarse los rasgos de la que las creó–.

Cada obra empieza en su cabeza, ahí nace el modelo que D’Ippolito plasmará finalmente en el mármol. La talla del bloque es, valga la redundancia, un hueso duro de roer. Así se libra una batalla cuerpo a cuerpo entre la escultora y su material. Obrera de la piedra, ella se enfrenta cada mañana a una tarea que bordea la obsesión. Con ahínco, apechuga contra el esfuerzo que supone moler el mineral. La suya es una labor con herramientas de tracción a sangre y la recopilación que nos ocupa testimonia un esfuerzo que le ha llevado a la artista cuatro décadas de trabajo.

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