Vie 09.07.2010
las12

FOTOGRAFIA

La comunidad de la tierra

Cuando apenas acaba de terminar una retrospectiva de su obra con más de 200 imágenes expuestas en la ciudad de San Pablo, la fotógrafa Maureen Bisilliat rescata la estrecha relación con la tierra que cimentó mirando a través de una cámara y a los escritores y escritoras que, a través de sus obras, le prestaron el tronco sobre el que ella supo encontrar sus propias ramas.

› Por Irupe Tentorio

Desde San Pablo

“No te vas a perder, en la vereda hay un árbol gigante. Vos preguntá por mí en el barrio, que la gente acá me conoce.” No hizo falta, la búsqueda me llevó a su pasillo secreto y me topé con la mejor imagen: Maureen Bisilliat en el interior de su casa revisando sus fotos, intentado armar–quizás– una secuencia de las mismas. La anfitriona es dueña de una amabilidad que hace palpable cualquier admirable experiencia: “Vení, mirá, éstas son mis fotos y esto es lo que más me gusta hacer: seleccionar, secuenciar y al final armar una historia con imágenes”.

Hace varias décadas que esta fotógrafa inglesa vive en San Pablo. No solamente reside ella aquí, sino también sus fotos con su manada de gente y risas que atrapan en cada rincón de este inmenso Brasil.

“¡Así que venís de Argentina!”, no sale de su asombro y toma este encuentro como una vuelta a su pasado. “Mi padre fue diplomático argentino, es por eso que yo nací en Inglaterra, luego viajé por varios países. Pero Argentina se destaca en mi vida, ya que en Buenos Aires –por accidente– descubrí que quería ser artista plástica”, rememora.

Maureen además de ser fotógrafa y documentalista se formó como artista plástica en París. En el tiempo que residió allí, asistió a las clases que dictaba el artista cubista Andrè Llhote. Un año después regresó a San Pablo y continuó investigando sobre el cubismo con Lasar Segall y como remate final en la pintura, decidió tomar clases en Nueva York, en la escuela Art Students League con Morris Kantor. “Cuando regresé a Brasil sentí que mi trabajo con la pintura se tornaba muy sedentario. Mi esposo sacaba fotos con una Rolleiflex, yo la miraba con ganas pero hasta el momento en que me animé a disparar no imaginaba una vida junto a la fotografía”, aclara Maureen sentada detrás de un mural con fotos de su autoría sobre China. “Con la fotografía me sucedió lo opuesto a lo que me sucedía con la pintura: aquí no tengo técnica pero sí buen ojo”, conjura esta fotógrafa y agrega: “Cuando miro mis primeras fotos, me doy cuenta de que eran fuertes; las mismas retrataban lo que yo amaba, que finalmente fue lo que me llevó a sentirme colmada en mi vida”.

A pesar de que en un principio Maureen no haya tenido en claro qué camino tomar, hoy le sobran reconocimientos, en 1985 expuso en una sala especial en la 18a Bienal Internacional de San Pablo un ensayo fotográfico inspirado en el libro El turista aprendiz de Mario de Andrade (18931945). Produjo también Xingu - Tribal Territorio (1979) y Tierras del Sao Francisco (1985). Desde la década de 1980, se dedicó a trabajar en el video, especialmente Xingu, la tierra, documental filmado en el pueblo con Lucio Kodato Mehinaku en el Alto Xingu. Fue premiada como mejor fotógrafa de la Asociación de Críticos de Arte de San Pablo (1987). En diciembre de 2003 finalmente, su obra fotográfica, compuesta por alrededor de 16 mil imágenes –fotografías, negativos, en blanco y negro y las pegatinas de color, en formatos 35 mm y 6 x 6 cm– se incorporó a la colección fotográfica del Instituto Moreira Salles. “El Instituto me hizo un enorme favor; yo tenía mis fotos desparramadas por todos lados, hasta era inconsciente de todo el material que tenía.”

–¿Qué fue lo que la impulsó de lleno a la fotografía?

–Principalmente la búsqueda constante de mis raíces. Los viajes que hice me llenaron de muchísimas imágenes que quedaron impregnadas en mi memoria, lo que me llevó –al fin– a reconstruir mi vida. Al ver mis fotos expuestas en diferentes museos y galerías afirmo que logré mi objetivo. Reconozco esa pesquisa en cada imagen.

–¿Qué se propuso retratar en sus fotos?

–Hace poco la amiga de mi nieta estaba caminando cerca de mi exposición por Av. Paulista y una persona que vive en la calle la llamó y le dijo: “Te voy a mostrar algo que te va a gustar mucho” y sacó de su ropa el catálogo de mi muestra. Cuando mi nieta me lo contó yo me regocijé de alegría y pensé que eso era lo que yo había fotografiado, la gente en su estado natural en las calles, viva, con sus costumbres y sus alegrías.

–¿Cuánto influye el vínculo con las personas a la hora de fotografiarlas?

–En principio creo que la casi nula técnica que tengo la compenso con la facilidad que adquirí para profundizar el vínculo con la otra persona. También es cierto que se genera una complicidad, yo no pido que posen pero ellos saben que estoy ahí con mi cámara. Las personas saben que están siendo respetadas y que hay un real interés por lo que son.

–¿Cómo fue trabajar sobre el libro Grandes sertao: veredas de Joao Guimaraes Rosa?

–En 1963 un amigo me obsequió el libro, yo aún no sabía hablar muy bien en portugués, así que me resultaba bastante dificultoso comprender su escritura, pude captar su esencia, por ende entendí que hay cosas que uno comprende sin entender y sentí la necesidad de fotografiar Minas. A partir de la idea de retratar y armar un libro basado en esa novela tomé contacto con Guimaraes Rosa. Cuando tuvimos nuestro primer encuentro, me dio una lista de lugares y personas que tenía que visitar y me regaló una hermosa metáfora: “Yo te doy la lista de lugares y personas que son el tronco del árbol, las ramas las encontrarás sola”. Visité cuatro veces Minas Gerais en dos años. Comencé fotografiando Cordisburgo, Minas Gerais –que fue su tierra natal– y finalicé en Curvelo, Corinto. El escritor no llegó a ver publicado mi libro pero sí vio varias fotos, ya que a la vuelta de cada una de mis vistas a Minas yo lo visitaba con el material fotográfico. Este libro me llevó a mi próximo trabajo sobre los indios de la región de Xingu, en el estado de Mato Grosso.

–¿Qué le dejó esa experiencia?

–Orlando Villa Boas me convocó para realizar un trabajo con fotos en blanco y negro sobre esta cultura. Inmediatamente acepté y resolví viajar siempre en los meses de junio, julio o agosto ya que la intensidad de la luz me permitía tomar mejores fotos y resaltar ciertas partes de sus cuerpos. Fueron muchos años de investigación y de convivencia junto a ellos, lo que me llevó a darme cuenta de que también era preferible tomar fotos a color. Lo exigían el progreso del tiempo y la particularidad de la cultura. La experiencia fue maravillosa y aprendí que lo más importante para la supervivencia de esta cultura es la tierra común que pertenece a toda la comunidad. Esta no es solamente sinónimo de posesión, sino mucho más que eso: el origen de sus tradiciones y de su pasado histórico.

–Sus últimas exposiciones fueron el año anterior en Río de Janeiro y este año en San Pablo, con un acervo de 200 imágenes. ¿Qué tuvo en cuenta al seleccionar sus fotos?

–Las fotografías que están expuestas son las que más me gustaron. Curiosamente estas dos exposiciones y en particular la de San Pablo estuvieron al alcance de toda la sociedad. Para mí fue muy emotivo darme cuenta a mi edad de que la gente sigue identificándose con lo que pude captar en los años ’60 y ’70, que fue ese pasado de Brasil que vive en cada uno de nosotros.

–¿Usted cree que fotografiar es escribir con la mirada?

–A mí me gusta mucho trabajar con la palabra. Fuera de las fotos periodísticas –que hice muchas– todos mis libros han tenido relación con escritores de Brasil. Muchos de ellos fueron personas ligadas a la tierra de aquí: Jorge Amado, Joao Guimarao Rosa, Euclides da Cunha y Adélia Prado. Ellos me sorprendieron muchísimo y me ensañaron a descubrir la realidad de esta tierra, que a su vez hizo que puliera mi mirada y reflejase la realidad cotidiana de otros países.

–En el reino de sus trabajos, ¿recuerda alguno en especial?

–Muchos, pero voy a nombrar sólo dos: “Bahía Amada Amado”, basado en textos de Jorge Amado, y la serie de fotos que llevé a cabo en Mangueira. Ahí retrate a nuestro querido músico Cartola en la intimidad de su casa enfundado en su traje típico verde y rosa que fueron durante muchos años los colores de la escola do samba.

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