Lun 08.07.2002
libros

PASEO DE COMPRAS

› Por Laura Isola

Ignacio le pidió a su abuelo que le contara el cuento Blancanieves y los siete enanitos. Con esmero, el hombre relató las desventuras de esa pálida muchacha con profusas descripciones y ajustada trama. Al finalizar, el niño quiso que siguiera con La bella durmiente, pero su abuelo no recordaba el argumento. “No importa”, lo tranquilizó su nieto, “es como Blancanieves, pero le decís La Bella Durmiente”. De más está decir que Ignacio nunca leyó a Propp y su Morfología de los cuentos de hadas. Sin embargo, casi como un crítico intuitivo, era capaz de reconocer la repetición de motivos narrativos, el hecho de que todos los cuentos (cualquier cuento) es una combinatoria: lo que le importaba, para su deleite infantil, era el acto de narrar y no los contenidos específicos de la historia. Los clásicos cuentos infantiles (adaptaciones más o menos fieles de aquellas viejos cuentos de hadas) son relatos clásicos precisamente porque han sido testeados una y un millón de veces y se sabe que funcionan. Pero alguna vez no estaría nada mal darles un descanso. A continuación, un rápido paseo por algunos catálogos editoriales para saber qué elegir a la hora de pasarle letra al abuelo.

PRIMERO, EL FONDO
Aun cuando el punto de destino fuera una vasta biblioteca que todo pudiera albergarlo –hasta lo que nadie recomendaría salvo para equilibrar las patas de un mesa o elevar el monitor de la computadora–, siempre se impone una selección previa de algún tipo y ésa es la tarea de los adultos. Este poder, que puede resultar caprichoso y hasta autoritario en relación con los “gustos” de los chicos, es una actividad indeclinable de los mayores porque la literatura infantil es un paso, el primero, para que los niños gusten de la literatura y de las disciplinas artísticas en general. Muchos, por suerte, son los libros que en este momento están en el mercado para avalar esta convicción. El catálogo de libros para niños y jóvenes del Fondo de Cultura Económica, por ejemplo, exhibe variadas alternativas.
Siete millones de escarabajos, del argentino Agustín Comotto, impresiona por la inquietante belleza de sus dibujos en blanco y negro, que se complementan con un texto igualmente perturbador y bien construido que gana en intensidad a medida que avanza la trama, un simple y vigoroso in crescendo, que ilustra que para devenir escarabajo conviene, a la vez, devenir manada o multiplicidad (algo que Gregorio Samsa, ese pobre bicho, no alcanzó a comprender).
En la misma colección, para los más pequeños, se destaca Tsé-Tsé, de Douzou, Oliver, Corazza y Bertrand, un libro-juego que desafía a quienes puedan pasar sus bellísimas páginas sin bostezar. Por cierto, lo que el libro quiere es que los niños acepten su derrota y se vayan a dormir. Para los preescolares, es insoslayable Olivia, un libro de expresivas y humorísticas imágenes de una chancha (y hay que ser capaz de competir con el carisma de Miss Piggy) dibujada por Ian Falconer, un artista norteamericano que supo trabajar con David Hockney.
Las ilustraciones de Olga Dugina y Andrej Dugin sirven para contar los clásicos El sastrecillo valiente y de Las plumas del dragón, pero también para convertir cada página de esos cuentos en cuadros del Bosco o de Brueghel, invadidas por fantásticas figuras.
Muchos de los libros infantiles del Fondo de Cultura Económica son traducciones hechas en México, y vale la pena resaltar el cuidado con que han sido realizadas, teniendo en cuenta la variabilidad de las inflexiones en cada uno de los países del área idiomática. Para lectores más entrenados, el Fondo ofrece nada menos que a la argentina Graciela Montes y los títulos de la saga de la venganza, ilustrados por Claudia Legnazzi.

LA REINA DE LOS NIÑOS
Es sabido (sobre todo por sus intransitables traducciones) que la Madre Patria desdeña la variación lingüística. Peroel pacto ficcional que supone la literatura infantil reposa en una cuidadosa adaptación de los textos al vocabulario y la sintaxis de sus consumidores. El modo en que se resuelva ese pacto significará el éxito o el fracaso de la lectura. Alfaguara parece tener en cuenta este aspecto al diseñar su catálogo infantil. Por eso sorprende gratamente Manolito Gafotas de Elvira Lindo, en el que la variedad peninsular del castellano no molestará a los lectores argentinos, por la solidez de la construcción del personaje y la calidad de su escritura.
Para los más pequeños, Alfaguara ofrece La fiesta de los lagartos de María Granata y Uno de elefantes de Jorge Accame. La incorporación de María Elena Walsh a la casa editorial produjo, entre otras cosas, una nueva colección, AlfaWalsh. Y no es para menos, ya que la escritora es un clásico de clásicos. Su última novela, Hotel Pioho’s Palace, recurre a personajes ya consagrados que se mezclan con nuevas invenciones para poner en funcionamiento la máquina Walsh de contar historias inteligentes, divertidas y hacer del disparate-racional su marca registrada.

¿ARTE O CULTURA?
En el contexto de los libros que integran Primera Sudamericana hay que destacar los de Ana María Machado. La autora, nacida en Río de Janeiro, fue alumna de Roland Barthes, ganadora del premio Hans Christian Andersen y fundadora de la Cátedra de Literatura Infantil en la Universidad Católica de Río de Janeiro. La particularidad de su prosa y de sus temas hace que los lectores accedan a problemas como la tiranía, en Había una vez un tirano, o las posibilidades de las palabras y el lenguaje en El delantal que el viento lleva, recomendados para 8 y 4 años, respectivamente.
Editorial Norma divide la producción infantil y juvenil en dos grandes colecciones: Torre de Papel y Zona Libre. Muchos son los títulos que las integran y a partir de cada uno de ellos se accede a las diferentes temáticas propias del género. El amor, el miedo o la curiosidad, por ejemplo, trabajada desde el policial, como tan bien lo hace Pablo De Santis en Lucas Lenz y la mano del emperador. Dinosaurios, la novela de Daniel Arias, está bien escrita y, si bien elige un tema casi de parque temático, no se duerme en esa confianza y construye una narración sólida y cuidadosamente ambientada. También valen la pena (el recorrido no es exhaustivo) Un desierto lleno de gente de Esteban Valentino, cualquiera de los títulos de la eterna y desopilante Ema Wolf o Los vecinos mueren en las novelas, inteligente libro de Sergio Aguirre.
Lejos de la literatura y muy cerca del merchandising (o del entertainment, de acuerdo con la definición de Daniel Divinsky en la nota de tapa), hay toda una serie de libros que encuentran su razón de ser como continuación de programas de televisión o de personajes famosos. Ya no hablamos más de literatura sino de libros con palabras y dibujos. Son los libros de la serie Rugrats, Los Simpson o los de ¿Dónde está Wally?, rubro en el que se especializa Ediciones B. Como una propuesta interesante de esta editorial se destacan los libros de Pipo Pescador, sobre todo El mono polizón, donde el popular cantante y animador se transforma en personaje de una historia entretenida e ingeniosa, garantizada por su propia escritura.

CRITICA DE LA INFANCIA
La recorrida atenta por textos infantiles actuales es imprescindible, si de enterarse de novedades editoriales se trata y de elegir lecturas para nuestros hijos. Pero a partir de este relevamiento debería ser posible proponer un aparato crítico para la literatura infantil, que insista precisamente en la evaluación estética (lo específicamente literario) más allá del mercado infantil (que funciona, después de todo, como todo mercado). Muchas veces se trivializa la literatura infantil (en sus contenidos, en su producción, en sus anhelos) con la excusa de la puerilidad de sus destinatarios. En la aparente incapacidad para discriminar a los niños se fundan esos productos de mala calidad lanzados al mercado con la excusa del puro lugar común del “entretenimiento”. Muy en sintonía con una mediocridad generalizada en lo que respecta a la oferta para consumo infantil y juvenil en otras áreas como la televisión, el cine o el teatro, esas propuestas desdeñan nociones básicas e indispensables que provienen de los campos de la ética y la estética: el respeto al lector en formación, la educación en el gusto, la valorización del pensamiento y la sensibilidad del niño.
Para eso, mejor es seguir recurriendo al viejo reservorio de historias tradicionales, La bella durmiente del bosque o Blancanieves. Llegado el caso, los chicos lo saben, lo que importa es la pericia para contar la historia y no tanto la “novedad” de sus contenidos.

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