Dom 12.09.2010
libros

Tierra de los secretos

Una zona literaria y la mirada de un niño en los notables cuentos de Carlos Daniel Aletto.

› Por Sebastian Basualdo

En “Atalaya” –primer relato de Antes de perder, del marplatense Carlos Daniel Aletto y, a decir verdad, cuento magistral que por otra parte obtuvo en 2008 el Primer Premio del Concurso de cuento Clarín para luego ser anulado, es decir retirado a su ganador con el argumento de que ya había sido publicado anteriormente–, la perspectiva infantil sobre lo lúdico es abordada de manera notable bajo la impronta de un límite no muy preciso entre la inocencia y la brutalidad. Nada hay más serio para los niños que un juego. Sus ficciones no son otra cosa que la representación ideológica de un mundo que sólo pueden aprehender a partir de la imitación: su traslación. Ocurre que estos niños juegan a la guerra con el mismo compromiso con el que podrían jugar a la búsqueda del tesoro y, si bien la jornada puede verse interrumpida de pronto por una madre que llama a tomar la leche o a cenar, nada de eso impide que al otro día vuelvan las misiones, las trincheras, el sentido de lo heroico y todo lo que arma un mundo simbólico signado por la violencia. Con “Atalaya”, la propuesta narrativa de Aletto se irá configurando en torno de un pueblo llamado Tierras de Oro. En el cuento “Entre el hacha y el tajo”, el lector percibirá una mirada poética y desolada de la realidad: recoger algunos datos fundacionales del pueblo será conocer al mismo tiempo a sus habitantes. Si el medio social crea los valores morales de un hombre, entonces habrá que ver cómo se configura el odio que un hijo puede llegar a sentir hacia su padre cuando existe una verdad embrutecida en el seno de su familia. Otro tanto ocurrirá en “Alicia detrás de los ojos”, cuento complejo y descarnado apenas se asoma como desde un recodo, la materialización del incesto en el marco de una relación dominada por los impulsos.

Si hay que destacar algo sobre la narrativa de Carlos Daniel Aletto es el modo progresivo con que logra complejizar a sus personajes al tiempo que se van labrando las historias; siempre en perfecta armonía con el punto de vista, oscilan como un péndulo entre la inocencia y la crueldad, a veces despojada de toda contradicción y en otros casos apelando a su reverso como ocurre en “¡Despertad!”, la otra cara del cuento citado anteriormente, donde el secreto infantil se torna culpa y desconsuelo. Si bien por su planteo estructural y temático hay algunos cuentos que parecen alejarse de la unidad narrativa del libro, como “La sangre perdida” o “Los sueños de Liniers”, este último de carácter histórico que dialoga en su epígrafe con La revolución es un sueño eterno de Andrés Rivera en modo alguno va en desmedro del conjunto sino que permite reconocer la intención que tiene el autor de instalarse en lo más tradicional de la literatura argentina, con sus herencias, discusiones secretas y homenajes.

Antes de perder nos recuerda con alegría aquello que alguna vez dijera Isidoro Blaisten: en la literatura no se entra, se irrumpe.

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