Dom 12.09.2010
libros

El profesor absoluto

Despedidas > El 17 de agosto pasado murió Frank Kermode, uno de los contados críticos literarios cuyo pensamiento, cuya capacidad de iluminar textos leídos durante décadas o siglos y cuyo talento para unir ideas con sencillez, originalidad y razón ubican esa forma de ensayo en la esfera del genio. Dedicado por igual a textos bíblicos como a la frivolidad de los ’20, sus libros y su amor por la literatura son un faro que ilumina, con discreción, mucho más que tantas teorías estridentes con prensa y circunstancia.

› Por Luis Chitarroni

En el proyecto de realidad diario, por agramatical que parezca, los predicados del relato personal suelen conducir a un pronombre inequívoco. Corresponde a la primera persona del singular y, mientras el relato no cambie de voz, a él se someten. El arte de los mejores en cualquier disciplina consiste en saber ubicar este monosílabo sedentario, en cambiarle los hábitos. Frank Kermode nació en la isla de Man y durante mucho tiempo no aprendió a hacer algo útil. A la madre le llamaba la atención esa vocación de reposo. En Not entitled, el volumen de memorias publicado en 1995, el crítico cuenta y refiere estas cosas con la honestidad y la sobriedad características. Demuestra no sólo que es uno de los críticos literarios más brillantes que pasearon por entre estos dos siglos, sino que esa falta de firmeza en el propósito, esa lenta adaptación a la incomodidad inmediata del mundo es uno de los aprendizajes menos cómodos de practicar. La aparición del yo fantasmal que preside cada evaluación crítica kermodiana es un principio –y una crítica– al uso desaprensivo de la primera persona en cualquier práctica literaria. Un ejemplo.

Porque el mundo parece prescindir de ejemplos, los modelos son cada día más parecidos. El reinado de lo banal ha sido impuesto, se acepta con admirable docilidad. Uno se conforma con erigir el altar de su ego y revolcarse en las proximidades cotidianamente. Las diferencias con cualquier criatura abyecta de un pantano son siete, nada más. Como las clases –tipos– de ambigüedad para William Empson. De la vieja escuela, Frank Kermode aprendió desde niño a tratar con la mayor discreción el “yo”. Debutó como crítico en los 40, después de una carrera en la marina que sus memorias se encargan de registrar con pormenores. Su vocación de crítico literario parece siempre signada por la lentitud, y ésta, a su vez, por la sutileza y la precisión. La pasión literaria y el talento para detectarla de Kermode no siempre es fácil de advertir. En más de un aspecto, trabaja un sustrato al que la mayoría de los críticos no suelen acceder. Por eso, a primera vista, el territorio de su afianzamiento parece menos firme que el de muchos otros. No es raro además que la procedencia de su método sea también difícil de historiar. En lengua inglesa no han faltado en el siglo XX los buenos críticos. A algunos, como a F.R. Leavis, Kermode los consulta con escasa simpatía pero sin desdén. En otros, como en Willian Empson, se detiene con una atención única, una curiosidad insaciable. Para circunscribir territorios, sin desconocer la obra de críticos y teóricos de otras latitudes y otras lenguas, como Jacques Derrida, Paul de Man, Roland Barthes y Walter Benjamin, caros al pacto solemne y monolingüe de insularidad inglesa, se valió de un Walter inglés, el victoriano Bagehot, quien habló –como antes Bowra de Homero– de la elegante estrategia de desarticulación (posmoderna) de Dickens. Usó a menudo la taxonomía que Isaiah Berlin extrajo de Arquíloco (y que puso al alcance de críticos, lectores y cineastas). De acuerdo con ésta, “el zorro sabe muchas cosas y el erizo sólo una, grande e importante”. Tal vez la mayor influencia crítica reconocida de Kermode fue un erizo a quien los tiempos parecieron robarle las púas naturales para convertirlas en alhajas: Northrop Frye, autor en los ’60 de una obra de influencia notable: Anatomía de la crítica.

Muchos de los libros de Kermode han sido traducidos al castellano. Entre ellos, Historia y valor. Este solo daría una idea aproximada del crítico que Kermode es (o fue). Tras una pesquisa acerca de la lectura de literatura en los 30 –la literatura burguesa, como se anima a llamarla sin temor por el anacronismo–, Kermode llega a conclusiones de una variedad y una validez capaces de poner en tela de juicio la mayoría de las arbitrariedades (más famosas, y con mucha más prensa) de estruendosas vanidades contemporáneas. Como las de Harold Bloom, el cómico compositor de esa gruesa parodia de Juicio Universal, titulado –de acuerdo con la nota de presunción dominante– El canon occidental. Historia y valor es uno de los libros que penetra sin invadir la sociología y nunca deja de deslumbrarnos. El grado de inteligencia puesta en juego por Kermode depone la mayoría de los recursos de la crítica contemporánea y sus no muy vertiginosos abismos domésticos con una seriedad exenta de neologismos y con un plan –los planes contemporáneos parecen apenas proyectos de bostezo– capaz de emitir ironías disfrazadas, generalmente, de agudezas ajenas. Kermode estudia las novelas que en la década del ’30 ponen en tela de juicio el sistema de enseñanza (y sobre todo de aprendizaje) de las escuelas públicas inglesas y dice: “En descargo de la institución he oído decir que sólo los que iban a convertirse en escritores sufrían allí tan terriblemente”.

Los primeros libros de Kermode –Continuities y Puzzles and Epiphanies– fueron resumidos luego en la edición de Modern Essays y revelan ya al crítico que vendrá en trabajos más largos, como el más conocido, El sentido de un final; los últimos, el ensayo sobre Forster y los artículos de la London Review of Books, dejan entrever las formas que adopta en un hombre genial la revisión, el regreso sobre los pasos propios. La monografía sobre el poeta Wallace Stevens, insuficientemente extranjero –para la serie de escritores y críticos que dirigía en los ’60 Norman Jeffares–, sigue siendo, pese a la cantidad de ensayos más orgullosos y especializados, una introducción completa al poeta de existencia apacible, que se ganaba la vida como agente de seguros. Un verso de Stevens parece sonar en toda la obra de FK: “Una sola cuerda habla por una multitud de voces”... No es a ésta, parece, a la que se refiere en su autobiografía, The strings are false (las cuerdas son falsas), el gran poeta de dudosa veracidad testimonial Louis MacNeice (Kermode lo consulta para averiguar cómo eran los circuitos intelectuales ingleses de izquierda en los ’30).

Casi ninguno de los temas de la literatura inglesa quedó sin sus análisis y comentarios. De los poetas metafísicos y Shakespeare a los novelistas frívolos de los ’20 –Arlen, Kingsmill, Gerhardie–, de Auden y T.S. Eliot a Iris Murdoch y Muriel Spark, sin olvidar al olvidado Rex Warner ni al inconsulto William Golding. De los critículos efímeros a las Escrituras perdurables. Con su aire distinguido de genio sin prosapia, su apellido con distintos apoyos acentuales y el aplomo necesario para aplacar tanto ejercicio intelectual de vivacidad, Frank Kermode se desplazaba sin jactancia por aulas y pasillos oyendo, entre otras cosas, rumores acerca del alcance ilimitado de su conocimiento. Cualquiera sabe que esa desmesura mitológica debe desmentirse. Para hacerlo, Kermode debía renunciar a la habilitación que le otorgaba su análisis de los textos bíblicos, presente en An Appetite for Poetry y The Genesis of Secrecy y reconocer su Angelus Novus. En Not Entitled lo encuentra –con tranquilidad, casi con pereza– en su propio jardín.

Not Entitled, escrita quince años atrás, cuando el maestro había cumplido 75, se presenta sencillamente como una memoria, no una autobiografía, y tiene uno de los finales narrativos más emocionantes que pueda pensarse. A partir de la voz de la soprano de una cantata de Bach –Teresa Stich-Randall, Actus Tragicus–, Kermode, que no es religioso, reconoce el contacto o el roce con la santidad, con lo sagrado. Indaga su propia casa, su propio jardín, en busca de un signo perdurable cuando deje de tener lo que tuvo, lo único que nos está permitido tener: posesiones y nombre. Los amigos le han regalado una Diana. Con su desnudez parcial, el arco y la flecha, la bella diosa pasajera amanece a veces con una diadema de rocío. A esa deidad profana en el jardín inglés, Kermode le lanza una mirada de despedida que es una señal esperanzada de guía. También los lectores encuentran a fin de cuentas, tras tanto homenaje al olvido diario, un faro, un emblema, una señal.

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