Dom 12.09.2010
libros

La chispa criolla

El rescate del olvido del poeta entrerriano Amaro Villanueva viene en tres volúmenes y con un conjunto de especialistas que lo actualizan a lo grande. A pesar de haber publicado sólo dos tomos de poesía en vida, la obra de Villanueva cobra ahora una particular visibilidad.

› Por Juan Pablo Bertazza

En su Ars Poetica, Horacio –el más grande lírico y satírico de la lengua latina– recomendaba a los poetas continencia. O, dicho en términos más concretos, guardar bajo llave sus poemas durante al menos diez años y no publicarlos nunca en caliente. Más allá de que hoy muy pocos poetas parecen hacerle caso, algo similar podría pensarse de ciertos escritores fantasma de la literatura argentina que, por diversas razones, hoy no son conocidos aun cuando gozaron en vida de un lugar de privilegio.

¿Cuántos años debería permanecer olvidada en los cajones recónditos de nuestra literatura la obra de un autor para poder determinar su importancia?

En una publicación enorme que llevó años de preparación, la Universidad Nacional de Entre Ríos –en colaboración con el Senado de la Nación, la Cámara de Diputados de la provincia de Entre Ríos y el diario El Litoral, entre otros– sacó a la luz tres tomos con las obras completas de un autor tan polifacético como auténtico, nacido con el siglo XX en Entre Ríos y muerto en 1969 en Buenos Aires. A pesar de haber sido leído y admirado por personalidades literarias que trascendieron su tiempo como Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi y Juan José Saer, desde hace medio siglo Amaro Villanueva se volvió un completo desconocido, un nuevo extraño para la literatura argentina, a la cual no sólo supo pertenecer sino que también la pensó y analizó como crítico. En el medio, Villanueva advirtió que todos se habían equivocado al interpretar la pérdida de la identidad del final de La vuelta de Martín Fierro como un signo de la decadencia gaucha y no como un victorioso cambio de piel, polemizó con Ezequiel Martínez Estrada (“tiene usted más agachadas que tero en huerta” le espetó), estudió el origen etimológico de la palabra “lunfardo” (su teoría según la cual proviene de la voz “lombardo” que quiere decir ladrón o usurero es, en la actualidad, muy aceptada) y pasó varios años sin publicar libros.

Justamente, Villanueva era obediente del precepto de Horacio y solía publicar sus textos hasta diez o incluso veinte años después de haberlos escrito. Tanto es así que publicó en vida sólo dos libros de poesía: Versos para la oreja (1937) y Son sonetos (1952) que aparecieron en pequeñas tiradas en Paraná y nunca fueron reeditados.

Con dirección general de Sergio Delgado, y la colaboración de un equipo conformado por Juan José Manauta –quien define a Villanueva en términos de “maestro”–, Claudia Rosa, Guillermo Mondejar, Pablo Ansolabehere, Daniel García Helder, Edgardo Dobry, Eduardo Broguet, Héctor Izaguirre, Guillermo Alfieri y Federico Bibbó, los tres tomos reúnen todos sus textos –los éditos, los inéditos, los proyectados y los editados sólo en formato de hemeroteca–. En el primer tomo destacan sus numerosos ensayos sobre el mate (desde el origen lingüístico de varios términos hasta la variedad de metales que mejor se adaptan para hacer bombillas), el segundo se dedica a su trabajo como poeta y el último toma la sorprendente faceta de cronista de Villanueva antes de que el género se pusiera de moda.

Si el paso del tiempo es fundamental para analizar la importancia de este autor, la publicación en conjunto de su obra completa resulta especialmente oportuna en el año del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Porque Villanueva es de esos autores cuya obra parece involucrarse, por varios motivos, en la historia del país. Su estilo y los diversos géneros que trabajó combinan la obsesiva prosa decimonónica con la chispa criolla –algo que también podría decirse en cierta forma de Evaristo Carriego–, constituyendo así una especie de puente entre ambos siglos. Al mismo tiempo, y en sintonía con lo anterior, la obra de Villanueva es de aquellas que encuentran simetrías en sus diversas actividades –fue un especialista en el género gauchesco y escribió un libro llamado Versos gauchipolíticos, con su llegada a Buenos Aires se interesó en el lunfardo y, además de haber fundado la Academia porteña de lunfardo, compuso una serie de poemas llamados Lunfardópolis–. Y a su vez, los ensayos y artículos explicativos que completan esta edición permiten entender mucho mejor estas relaciones e incluso espiar su método de trabajo, que consistía, por ejemplo, en fichar miles de citas de lecturas y palabras sueltas que escuchaba mientras se dedicaba a vivir.

Todo indica que, de haber nacido en Buenos Aires, Villanueva hubiera quedado en la historia como un poeta de Boedo, sobre todo porque en 1943 Alvaro Yunque incluyó un romance neocriollista suyo en Poetas sociales de la Argentina (1810-1943). En todo caso, su obra poética tiene algunos rasgos de la generación del ‘40 de León Benarós.

Si la muerte de un escritor permite visualizar simultáneamente las diversas facetas de su obra, no sería exagerado decir que la publicación de su obra completa ayude no sólo a sacar a Villanueva del olvido sino también a entenderlo con la perspectiva que otorga el paso del tiempo.

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