Dom 09.05.2010
libros

Mi viejo

› Por Mariana Casullo

A mi viejo le producía mucho placer contarnos a mi hermana y a mí las historias de su infancia y adolescencia, que tuvieron lugar en la casa grande de Lavalle y Salguero. Nos gustaba sentir la emoción que ponía al contarlas: atendía a cada detalle, elegía cada palabra y armaba la escena hasta en sus mínimos detalles, reproducía los diálogos y los tonos de las frases, les ponía el ritmo y así iba desplegando el relato, logrando mantenernos expectantes con el desenlace y el remate de la anécdota. Y si por casualidad a alguna se le ocurría preguntar “¿Realmente ocurrió así?”, él nos miraba y decía: “Bueno, quizá no fue exactamente así, pero justamente eso, mis queridas niñas, es lo que menos nos tiene que importar”.

Una vez nos confesó que esos relatos estaban hechos de una artesanía muy íntima que lo iba escribiendo, como si su vida estuviera armándose al tiempo de sus escrituras. La literatura fue para él un punto de reparo. Escribió siempre desde un recorrido muy biográfico, enlazado como fantasmalmente a ese hogar metodista en el que se daban cita la gran familia, las pasiones, los amores, las discusiones políticas, el peronismo, el antiperonismo y que él, nos decía, vivió como algo mítico y mágico a la vez.

Desde entonces hubo siempre viajes y regresos a los fantasmas de esa casa. La primera vez que él habló extensamente sobre su abuelo pastor protestante y sobre su madre peronista fue una noche de plena lluvia y viento en un hotel de Port Bou, mientras huía de París. Era junio de 1968. En ese entonces él no tenía idea de Benjamin y el final de su vida en ese lugar. “Lo conté mucho más emocionante de lo que había sido aquello, como siempre sucede. Y uno de los que estaban ahí me dice: escribí esa novela” (aun entre extraños, cuando mi viejo narraba, provocaba entusiasmo y dejaba huella). Seguramente esa noche comenzó a escribir su propia biografía. La novela apareció muchos años después, cuando el itinerario de sus pasiones –peronismo, militancia, revolución– lo había llevado al exilio y allí a su encuentro con Benjamin y su obra. Una nueva frontera que lo impulsó a entrelazarse y a recuperar esas huellas intuidas en su infancia, como si en ellas pudiera vislumbrar alguna mutación acontecida que le permitiera entretejer una nueva trama para su presente.

Existe una tesis que atraviesa todas sus escrituras (ensayo y ficción): todo libro mueve cosas, su sola existencia multiplica la realidad de alguna manera. Una tesis que cruza la literatura con la política: la ficción altera el mundo.

Dos singulares circunstancias podrían confirmarla. La primera, un editor que había leído su primera novela, Para hacer el amor en los parques, se entera de que mi viejo tenía una nueva novela, que era El frutero de los ojos radiantes. No sabía la historia pero igual lo llama interesado y confiado en publicarla. Recuerdo la cara de asombro que todavía conservaba cuando regresó de esa cita: “No van a creer lo que me pasó. La editorial que me va a editar la novela queda en Tucumán y Salguero, en la misma manzana que la casa de Almagro, en una pequeña oficina en un primer piso que para llegar uno tiene que atravesar un pasillo largo, infinito, estrecho y oscuro. Apenas entro me siento en una silla al lado de una ventana no muy grande que da a un patio interno. ¿Pueden creer que era el patio donde transcurre gran parte de la novela?”.

La segunda acontece con la novela ya publicada. Lo llaman de una radio para entrevistarlo. El conductor lee un fragmento en el que entre otras cosas hacía referencia a unos libros de química que tenía su abuelo que luego se extraviaron en medio de la mudanza y la diáspora familiar. Mi viejo en su recuerdo fabuló que habían quedado abandonados en uno de los tantos sótanos del Abasto donde tenía su puesto. Entonces ocurrió lo impensable. Una oyente llamó para decir que en el sótano de su casa, que estaba enfrente del Abasto, había una cantidad de cajas con libros que nunca supo cómo llegaron ahí ni de quién eran. Resulta que eran los libros y cuadernos con anotaciones de mi bisabuelo.

Sí, mi viejo sabía contar bien las cosas, su experiencia con las pequeñas grandes cosas de la vida. Su moraleja se me revela recién a la distancia, cuando llegó el otoño.

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