Dom 30.05.2010
libros

La Argentina metafísica

› Por Claudio Zeiger

Es probable que bajo la sombra de Sarmiento y Alberdi, alrededor del Centenario haya nacido uno de los clásicos literarios argentinos (largamente denostado a posteriori) del siglo XX: el ensayo de interpretación nacional. La pregunta por el ser nacional –cruza de filosofía, sociología impresionista y literatura– y la búsqueda del duro hueso de la argentinidad caracterizan a un género por definición heterogéneo, ensayo de interpretación que siempre terminará por llevar agua para su molino. Este género que probablemente haya alcanzado su culminación con Radiografía de la pampa, de Ezequiel Martínez Estrada, encuentra en El Diario de Gabriel Quiroga, de Manuel Gálvez, su primer libro, una expresión pionera, y de fuerte influencia en, por ejemplo, Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea, otro hito.

Manuel Gálvez, apenas oculto bajo la tibia máscara ficcional de Gabriel Quiroga (un curioso espécimen que rechaza la bohemia y se adscribe a un tipo de intelectual romántico fuertemente nacionalista e hispanista) tuvo la enorme picardía de querer regalarle y regalarse un lugar central en la producción ideológica del Centenario de la revolución: el libro está deliberadamente inscripto en los debates de 1910, se publicó ese año, y tiene como fecha final (recuérdese que adopta forma de diario) el 25 de mayo de 1910.

En vez de tratarse de un programa a futuro para uso de patriotas y pensadores de la argentinidad, el libro de Gálvez se terminó por convertir en un fabuloso condensador de ideas, atmósferas, prejuicios, verdades a medias y lugares comunes de la Patria del Centenario. Y al mismo tiempo es un texto que roza la ficción de un país ideal que aparece muy lejos de ese otro relato del Centenario (no menos ideal: el del progreso indefinido) al que nos han acostumbrado; la celebración del país del ganado y las mieses, la oligarquía y la manteca al techo.

Nada de eso aparece en la versión de Gálvez. Sí un país amenazado fuertemente por la ola inmigratoria de los últimos treinta años, más que nada por el riesgo de aculturación que esto suponía. La mirada no se dirige a Europa en general sino a España en particular. Ahí están las raíces a las que hay que volver. Lo hispánico, católico de suyo.

Otra mirada va dirigida al interior, las viejas y encantadoras ciudades de provincias. Gálvez no hace la apología de la pampa húmeda sino del interior que cien años atrás empieza a morir a manos del libre comercio y la hegemonía de los puertos.

No es en algunos aspectos tan errada la configuración de lugar que realiza Gálvez. Lo criticable y bastante insólito son las conclusiones xenófobas, elitistas y racistas que suele sacar su extraño personaje, un Gabriel Quiroga a quien se puede imaginar neurasténico como un decadentista fin de siglo, pero que en vez de hundirse en las fragancias pecaminosas de las ciudades y los refinados licores de la poesía de vanguardia, decide salirse por la tangente: se vuelve piadoso y austero, descubre la vida sencilla del pueblo y proclama la existencia de una Argentina subterránea, pura, opuesta a la corruptela urbana y política, a las veleidades estéticas y sobre todo al salvajismo de los inmigrantes pobres. Incurre en la contradicción típica del xenófobo de la época: un español está bien allá a lo lejos, en España, pero olvidan que la denostada inmigración estuvo conformada tanto por italianos, alemanes, judíos, rusos, turcos, etcétera, etcétera, y españoles.

No carece El Diario de Gabriel Quiroga de páginas contundentes, picantes y satíricas. La crítica a los arribistas, los abogados, la “empleomanía”; las pompas de la literatura argentina y un rescate de Sarmiento; la visión negativa de Alberdi; la insólita postulación (quizás una boutade) de una guerra con Brasil para frenar la desnacionalización. Quizás el aspecto más regresivo se encuentre en la “entrada” del 16 de mayo, cuando Gabriel Quiroga consigna que “las violencias realizadas por los estudiantes incendiando las imprentas anarquistas, mientras echaban a vuelo las notas del himno patrio, constituyen una revelación de la más trascendente importancia. Ante todo, esas violencias demuestran la energía nacional”.

Estas idas y vueltas de Gálvez entre el espiritualismo y la reivindicación de una experiencia de sangre vivificante (la vieja idea de que una guerra es catártica y fortalece a los pueblos jóvenes) tenían entonces un marco más general que alrededor del Centenario se podría expresar como la enorme desconfianza frente a un proceso de modernización, con el que Gálvez compartiría, quizá sin saberlo, o sin quererlo, la actitud solapada de las viejas estructuras patricias y conservadoras del país, la elite que llegaba a su culminación llenándose la boca de progreso pero al límite de lo que podía tolerar en materia de modernización auténtica, con democracia y cultura popular de masas.

Este “ideario” nacionalista daría letra a una derecha que de ahí en más iría cristalizando tópicos y consignas fuertes hasta 1930, en lento declive después. A cien años, todo lo expuesto, lo que condensaba y proyectaba Gálvez en El diario de Gabriel Quiroga acerca del hispanismo y los efectos regresivos y antinacionales de la inmigración son valores y sentimientos marginales y anacrónicos, rancios. Pero hay que recordar también que Gálvez fue uno de los máximos impulsores del profesionalismo en la literatura, promotor de actitudes gremiales e institucionales a favor del escritor argentino. Y que si bien muchas de sus ideas cayeron en saludable saco roto, las tareas que le propuso al campo intelectual argentino en gran medida siguen sin completarse, paradójicamente vigentes.

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