Dom 19.09.2010
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ARTE > LA BRIGADA ARGENTINA EN LA BIENAL DE SAN PABLO

Un destino sudamericano

Esta semana comienza la Bienal de San Pablo, y entre los múltiples invitados se cuenta un contingente argentino liderado por Roberto Jacoby y nucleado bajo el nombre Brigada Internacional Argentina de Apoyo a Dilma Rousseff. Su objetivo es llevar la campaña de las inminentes elecciones brasileñas, y su importancia para todo el proyecto político de la región, a una clase social y a una ciudad reactiva al PT de Lula y a su candidata. Y hacerlo con toda la artillería artística posible, para desenmascarar las estrategias vacías de la derecha y torcer todas las voluntades de voto posible.

› Por Claudio Iglesias

¿Saben que hay elecciones el 3 de octubre en Brasil? Con esa pregunta comienza un cuestionario en video a artistas, estudiantes, militantes y transeúntes realizado en Buenos Aires como parte de los planes de la Brigada Internacional Argentina de Apoyo a Dilma Rousseff, la asociación ideada por Roberto Jacoby (de la que participan una veintena de artistas e intelectuales) que fue invitada a la 29ª edición de la Bienal de San Pablo que inaugura esta semana. Aunque la pregunta es obvia para un lector de diarios, para muchos artistas e intelectuales fue sorpresiva: muchos no sabían que las elecciones están tan cerca, otros desconocían el estado de la campaña. A algunos (no pocos) el tema no les importaba. El hecho mismo de que las elecciones en Brasil aparezcan en la sección internacional de los medios garantiza que tengan una visibilidad relativa mucho menor que temáticas de coyuntura más intensas como la de las salideras bancarias. Sin embargo, lo que se juega en las próximas elecciones no es poco. No sólo por la polarización existente entre Rousseff y Serra, el candidato del PSDB, sino por el impacto que el resultado puede tener en el subcontinente considerado en conjunto. Según dice el sociólogo Syd Krochmalny, autor de las entrevistas en video, “el proyecto para la Bienal se inscribe en la idea de que en Latinoamérica hay un equilibrio hegemónico que por primera vez está siendo cuestionado por los mismos políticos que fueron perseguidos en la época del Plan Cóndor, como Lula, Mujica o Lugo. Y Brasil es central porque, en esta coyuntura, es una potencia mundial. El tema es ser conscientes de que, a la vez, existe un gran desconocimiento sobre esto”. El hecho de que sean artistas argentinos quienes trabajen con esta cuestión en San Pablo tiene así un ángulo estrictamente estratégico; en palabras de Roberto Jacoby, “esta elección es absolutamente decisiva para nuestras vidas: si Brasil cae en manos de la derecha (o sea, Serra), chau América latina, chau Argentina. El futuro quedará para más adelante”.

¿Pero cómo aludir al tema en una Bienal sin quedar preso de un aparato de espectacularización de lo político, de la percepción de un guiño irónico o de una enésima implementación de la fórmula “la exhibición como algo distinto”? El nombre oficial del proyecto, El alma no piensa sin imagen, alude precisamente a las relaciones entre imagen, representación y política, un tema querido de muchas bienales (desde la Documenta de 1998 en adelante, al menos) pero que, sin embargo, pocas veces es utilizado en función de cuestiones que generen discusión real o que canalicen el antagonismo político de una sociedad: la mayor parte de las veces da la sensación de que el arte de temática política que circula por las bienales está concebido de forma de no producir disensos, en cuanto solamente exige reacciones mínimas frente a sucesos o problemáticas suficientemente preocupantes como para que cualquier persona se sienta dueña de una opinión confortable o parte de un consenso. (En gran medida, este diagnóstico es transitivo al arte político local que vio la luz con 2001, con el 50 por ciento de la población bajo la línea de pobreza y los depósitos bancarios incautados: ¿quién iba a estar en contra del cacerolazo?) En cambio, la posibilidad de continuidad del proyecto iniciado por Lula en un país determinante de la realidad latinoamericana y global no genera tantas sonrisas en la ciudad de San Pablo, un bastión tradicional de la derecha brasileña, ni tampoco en el mercado del arte, precisamente. Para eso, la Brigada escogió una solución drástica: instalar en las salas de Ibirapuera una unidad básica de apoyo al PT, con afiches, material de campaña, un escenario y equipamiento para realizar conferencias y talleres. La idea es tomarle el pulso simultáneamente a la campaña y al modo en que es recibida y reproducida por la comunidad artística.

“Cuando me invitaron a participar –cuenta Jacoby, en una cena con todos los participantes de Brigada–, pensé: ¿qué sería realmente político en una Bienal en este momento? Y no hay nada más político que unas elecciones. En ese momento, Dilma todavía no estaba bien en las encuestas, por eso me pareció importante hacer un trabajo que interviniera realmente en lo inmediato, que no fuera ideológico y de denuncia, que no tuviera la cosa típica del arte político. El objetivo del trabajo no es denunciar nada sino modificar el voto.” El proyecto está concebido de tal modo que pueda alimentarse del momento y el medio circundante (la Bienal, la ciudad, la discusión pública) y a la vez utilizarla como un espacio de diseminación de ideas. Los talleres de serigrafía, la redacción de afiches y volantes, entre otras actividades, permitirán inundar la Bienal de material de campaña, al tiempo que políticos, escritores e investigadores serán invitados a dar conferencias. El micrófono permanecerá abierto para cualquiera que quiera opinar en cualquier sentido, y las opiniones del público también quedarán registradas en los videos de respuesta al cuestionario. Según Krochmalny, la idea no es que los videos funcionen como una medición sino como propaganda: “No es una encuesta sino un registro de opiniones. Se va a proyectar en el espacio lo que edite día a día y eso va a ir creciendo. Queremos que funcione como un spot de campaña, pero también para que mucha gente se dé cuenta del desconocimiento en el que están inmersos. Alguno puede hacerse el snob y jactarse de no conocer a Dilma, pero otros se dan cuenta de que no saben demasiado sobre un tema importante”.

El proyecto funciona como una cadena comando abierta, donde todos colaboran y nutren las ideas de los demás en reuniones a menudo muy extensas, siempre con alguna comida y otras distracciones. En su formulación, El alma no piensa sin imagen es una obra extremadamente literal y despojada de ironías. Según Jacoby, “la acusación que va a recibir es que no tiene metáfora, aunque la gran metáfora es que trabaja sobre la idea de representación: la representación política, la representación artística o la representación de un tema en el sector de la clase media intelectual. Los objetivos del proyecto tienen que ver específicamente con trabajar con el sector social que va a las bienales. Porque (y es algo que ocurre en toda Latinoamérica) la clase media intelectual no suele sostener expresiones políticas como las de Dilma Rousseff, en este caso. Normalmente votan soluciones descomprometidas, casos ideales y no formas de poder real como las que suponen Kirchner o Lula. El tema es incidir sobre el sector que no es importante numéricamente, pero sí es importante en cuanto a la influencia de su palabra”.

Es así que el proyecto hace hincapié en una cuestión importante, no sólo para la historia del arte activista sino para las sociedades latinoamericanas en conjunto: el rol de la imagen, en sentido amplio, como un conglomerado de mecanismos de comunicación y apoyo para generar y reproducir las condiciones de una política progresista con opciones de poder real. Muchas veces ocurre lo contrario: un enorme despliegue de imagen que no está sostenido por ningún proyecto, tal y como ocurrió con el debate sobre los agronegocios y la cuestión de la resolución 125, en 2008; o con el triunfo de la oposición en las elecciones legislativas de 2009. Según se vio en ambos casos, la imagen de un frente opositor victorioso fue correlativa a la ausencia cabal de un programa político o un mínimo curso de acción. Analizar las formas en que las imágenes pueden emplearse para construir significado político, de forma incluso ficticia, es parte de lo que busca también Cecilia Salkowicz, quien colabora con la realización de una gigantografía de las imágenes antagónicas de Rousseff y Serra, y viene investigando el tema con curiosidad. “Empecé a investigar hace cuánto viene apareciendo Dilma, qué fue pasando con su pelo y ese tipo de cosas. Ver cómo aparece la política en las imágenes, ver cómo alguien se quiere mostrar y cómo un peinado o un vestido puede comunicar una intención.”

Los talleres, por su parte, van a reproducir las actividades con el público que hacen a la comunicación de las grandes articulaciones políticas con el día a día local de una comunidad, mediante actividades como clases de pintura (a cargo de Adriana Minoliti), un curso de magia de Daniel Joglar, etcétera. En este sentido, el proyecto supone una reivindicación de la acción creadora de institucionalidad de parte de artistas. Según Jacoby, “una biblioteca popular en un barrio, una unidad básica, un equipo de fútbol, una sociedad de fomento, un centro de estudios, son instituciones tanto como un museo. Y creemos que se pueden crear instituciones, que no es necesario subordinarse a las instituciones existentes. No somos revolucionarios porque no nos interesa cambiar la Constitución. La Constitución garantiza cosas como la participación de los trabajadores en la ganancia y en la dirección de las empresas. Solamente queremos que se cumpla”. Precisamente, para muchos de nosotros, lo que está en juego en las elecciones del 3 de octubre en Brasil es algo como lo que dice garantizar la Constitución de los Estados Unidos, en un lema que sirvió de inspiración para el trabajo de la Brigada: la obtención de la felicidad de todos los ciudadanos.

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