Dom 28.05.2006
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That 70’s Show

El verdadero comienzo de Ang Lee

› Por Martín Pérez

A mediados de los años noventa, cuando comenzó a hacer pie en Hollywood luego de sus comedias ligeras orientales –como El banquete de bodas o Comer beber amar–, Ang Lee ya deseaba hacer una película como La tormenta de hielo. Pero justo entonces le ofrecieron hacer Sensatez y sentimientos. “Mientras leía el libro me preguntaba por qué me lo habían propuesto. Estaba lleno de presentaciones bien británicas, alguien es presentado por otro... ¡y ocho páginas más tarde hacen una reverencia! ¿Qué tenía que ver eso conmigo?”, se preguntó entonces. Después de darle vueltas al asunto, Lee concedió que era considerado el director de la sátira social y el drama familiar. Pero aún no estaba seguro. “Lo que me decidió fue una semana en la que vi una película cualquiera de Hollywood y pensé: si un tonto semejante puede hacerla, ¿de qué tengo miedo? Así que acepté el trabajo.”

Desde entonces, Ang Lee se convirtió en uno de los grandes directores extranjeros de Hollywood. Alternó éxitos y fracasos, pero tanto pensando en grande como en pequeño, jamás dejó de ser ese director de la sátira social y el drama familiar. En el camino que lo llevó hacia El tigre y el león y, más recientemente, Secreto en la montaña –películas cuyo centro es la disputa entre destino y libre albedrío, entre las obligaciones familiares y las libertades individuales–, Sensatez y sentimientos aparece como el eslabón que le permitió dar el salto. Sin embargo, la clave de su cine está en una película aparentemente menor, La tormenta de hielo.

Rodada dos años después del éxito de su adaptación de la novela de Austen, es una película más libre y cubista, que no sólo se podía amar sino también odiar. Su historia es la de dos familias vecinas en una comunidad solitaria, cuyas vidas se entrecruzan más de lo que ellos mismos pueden imaginar. La revolución sexual y la marihuana han llegado a los suburbios, los poderes son cuestionados y los hijos deben cuidar de sus padres. Sin juzgar a sus personajes, y con algunas actuaciones memorables, su decadente retrato de los setenta norteamericanos demostró que era capaz de preocuparse por entender el contexto de sus historias como pocos.

En La tormenta de hielo hay una fiesta en la que las mujeres deben sacar un juego de llaves de un bol en el que todos los hombres presentes han dejado las llaves de su auto. Deben irse con el dueño de esas llaves, sea su marido o no. “Esta película es lo opuesto a Sensatez y sentimientos. En aquélla, el código social imperante quiere que uno sea bueno y racional, pero los personajes quieren ser malos. En ésta, el código social quiere que uno sea malo, pero los personajes no son tan malos, después de todo... siguen queriendo ser buenos.”

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