Dom 02.05.2010
radar

Sin lugar para los héroes

› Por Javier Alcacer

Algunos años antes de escribir el guión de Taxi Driver, Paul Schrader dijo que, a diferencia de géneros como el western y las películas de gangsters que dependían de la ambientación y el conflicto, aquello que definía a una película noir era más bien un tratamiento particular del tono y de la atmósfera del relato. En Carancho, la nueva película de Pablo Trapero, el director de Mundo grúa elige prescindir de femme fatales, sombreros que hacen juego con los impermeables y persianas americanas. En el 2001 apareció editada Entre hombres, de Germán Maggiori, una excelente novela a la que no se le dio demasiada importancia a pesar de ser la primera que aplicaba el género a la Argentina post-década del ’90 (se puede conseguir por unos pocos pesos en las librerías de saldo). Y Carancho bien podría ser una de las historias que narró Maggiori. Porque, coherente con su filmografía, en su aproximación al noir Trapero no juega a ser Raymond Chandler, sino que toma una realidad cotidiana: los 22 muertos por día en accidentes de tránsito y el millonario negocio de las indemnizaciones que sostiene. La acción transcurre en el Conurbano, en las noches del San Justo natal del director, lugar en que los semáforos cumplen una función meramente decorativa y la presencia del Estado está, hace décadas, en constante retirada; Trapero lo filma de manera fragmentada, como si estuviese juntando los pedazos que quedaron desperdigados después de una explosión.

Sosa (Ricardo Darín) es un abogado que perdió su matrícula y se ve obligado a trabajar para un estudio abocado al negocio de la llamada mafia de los rompehuesos. Por las noches sigue las guardias nocturnas buscando accidentados para ofrecerles representación. En una de ellas conoce a Luján (Martina Gusmán), una médica de la que se enamora y que le hace replantearse su modo de ganarse la vida. Por supuesto, salirse no le será fácil.

Una buena forma para entender el mundo de Carancho es contextualizando una línea de diálogo: Sosa le explica a Luján que no tuvo la culpa de algo que acaba de pasarle a otro personaje: “Le estaba haciendo un favor a Vega, era algo simple, tenía que salir bien pero salió mal”. El “favor simple” al que se refiere Sosa era quebrarle de un mazazo la pierna a Vega y, a continuación, hacerlo renguear hasta la calle para arrojarse contra un auto en movimiento, para así hacerle un juicio a la empresa de seguros del conductor y que el estudio de abogados para el que trabaja Sosa cobrase la indemnización. Eso si las cosas hubiesen salido bien. Pero salieron mal: Vega, que por cuya participación había recibido unos 400 pesos, muere al impactar con el auto. Y en Carancho las cosas siempre salen mal, y si llegasen a salir bien es porque pronto van a desembocar en algo todavía peor. La película empieza con Sosa en el piso, pateado por varios familiares de un cliente potencial que no logró conseguir; Sosa escupe sangre. Tal como le pasaba a Jake Gittes en Chinatown, a lo largo de la película su cara llevará cortes y moretones, y la frecuencia y la intensidad de palizas que recibe irán creciendo.

Tanto Darín como Gusmán son los motores del relato, Trapero lo sabe y pega la cámara a ellos, como si fuese un documental que sigue la rutina de sus personajes y registra la imposibilidad de estos de alejarse de la realidad en la que están inmersos. Sosa es uno de los personajes más oscuros de la carrera de Darín, quien ya había trabajado (debutando como director además) en un noir, La señal, mucho más apegado al aspecto formal del género. Lo que hace a Sosa lo más parecido a un héroe que se puede encontrar en la película es que, a diferencia de sus colegas, es el único que siente algo de culpa por lo que hace, lo cual, además, termina perjudicándolo. Al igual que le pasaba a Zapa en El bonaerense, en Carancho el protagonista también está obligado a ser un engranaje más de una estructura siniestra. En sus intentos por escapar, Sosa desata una ola de violencia que por momentos recuerda a la Trilogía de la Venganza del coreano Chan-wook Park (Sympathy for Mr. Vengeance, Old Boy y Sympathy for Lady Vengance).

Los pasillos del Hospital de González Catán, una de las locaciones principales de la película, parecen ser una manifestación material de la conciencia de los personajes de Carancho, un historia de perdedores vencidos.

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