Dom 19.09.2010
radar

Lo que sé

› Por Claude Chabrol

Yo soy un comunista, pero eso no significa que tengo que hacer películas sobre la cosecha de trigo. Creo que los films políticos de Godard son confusos. Hoy en día, Jean-Claude parece tener una duda de soltero: ¿debo casarme con la política o seguir siendo libre?

Vivimos en una época en la que las pizzas aparecen más rápido que la policía.

¿Cómo se convierte uno en director? Primero hay que empezar. Después hay que encontrar a un productor que sea un ser humano. Andre Genovese es un ser humano. Puedo decir de todos mis productores previos que los odiaba, y que ellos me odiaban a mí.

Cuando el productor Jay Kanter produjo mi película The Champagne Murders, trajo a un editor al que describió como “doctor”. El hombre tenía que sacar una película de mi película. ¿Entonces qué hizo? Un popurrí. Para la versión en inglés, le cortó 20 minutos. Y eran los 20 minutos por los que hice la película. Los editores tienen una habilidad sobrenatural para encontrar aquello que uno cree que es lo más importante, y sacarlo.

Tal vez no sea el purista que debería ser. Cuando todos escribíamos en Cahiers, veíamos las películas de Hollywood que todos creían que eran comerciales, y descubríamos arte y moralidad en ellas. Quince años más tarde, con mis películas, tal vez estaba tomando el arte y la moralidad y las volvía comerciales.

Durante la Guerra me mandaron al campo. Yo debía tener unos 10 años, y leía novelas de detectives todo el día. Cuando no estaba leyendo, estaba en el cine. Debo haber visto Blancanieves y los siete enanos al menos diez veces entre 1937 y 1940, y creo que influenció mi trabajo un poco. Era un buen film de terror. La muerte de la bruja fue lo mejor que hizo Disney jamás. Por supuesto, el asesinato siempre realza el interés en una película. Hasta una situación banal cobra importancia cuando hay un asesinato involucrado.

El asesinato es un área de la actividad humana en la que las decisiones son más cruciales y tienen las mayores consecuencias. No me interesan los quién-lo-hizo. Si uno oculta la culpabilidad de un personaje, está implicando que esa culpa es lo más importante de ese personaje. Yo quiero que el público sepa quién es el asesino, para que podamos considerar su personalidad. No me interesa resolver rompecabezas, sino estudiar el comportamiento humano.

Mi madre me explicó que el cine estaba lleno de homosexuales. En lo que a mí respecta, o bien yo era un homosexual o bien no lo era, por lo que hacer películas no iba a cambiar nada.

Al principio fui a La Sorbona a hacer mi licenciatura en Letras, pero también empecé a estudiar derecho. Ahí duré dos días, estaba tan molesto que me fui. No sólo me molestaba el trabajo, también la gente.

En lo personal, no me gustan los monstruos, pero un crimen es un vehículo para describir personajes y un ambiente. Me gusta deconstruir la historia, pero si se la presenta de una manera extremadamente intelectual, termina pasando por encima de la cabeza de la gente.

No soy uno de esos directores como Bergman, que se sienten obligados a dormir con sus actrices protagónicas. No me gustan los sets agitados.

Aunque hice muchos thrillers, no me interesa realmente la trama. Lo que me interesa es el misterio intrínseco de los personajes. El mejor libro de Agatha Christie es Pension Vanilos: Poirot investiga un hostal estudiantil. Descubre al asesino, un joven que va por su décimo asesinato. Nadie había notado su monstruosidad. La idea es magnífica.

Con cada una de mis esposas hubo una sorpresa: la primera tenía mucho dinero, la segunda resultó ser finalmente una actriz brillante y la tercera es una esposa maravillosa, que además cocina de forma increíble, y ésa es la mayor suerte que tengo en la vida.

Siempre he disfrutado la compañía femenina. Una mujer es tema suficiente. Una mujer confrontando a los hombres es un tema en sí, inagotable. También estoy fascinado por los homosexuales. Incluso escribí una película acerca de dos hombres que quieren tener un bebé. Debo haber estado borracho una noche y dejé escapar al gato de la bolsa. El verdadero tema era el vacío de las cosas, comparado con los seres humanos. Alguien hizo la película, con Souchon. La arruinaron por completo.

Acababa de ver El testamento del Dr Mabuse, de Fritz Lang, y ya casi había decidido convertirme en un director. Cuando vi Amanecer, de Murnau, todo tuvo sentido. De hecho, por eso es que me casé con mi mujer Aurora. Lo extraño de Amanecer es que es una pieza simple, banal, íntima, muy fácil de entender, pero consigue convertirse en una historia sobre la naturaleza humana. Jamás conocí a nadie que la haya visto sin sentir que vio algo muy importante.

Si en mis últimas películas hablé más de personajes jóvenes, lo hice por puro egoísmo. Tengo la impresión de que hablar sobre jóvenes me rejuvenece.

Prefiero situar en provincias las historias que tratan de la influencia de otros sobre nosotros. Las capitales se prestan más a contar historias sobre incomunicación. Ese es un problema sobre el que no estoy muy versado.

Un cineasta que no admire a Hitchcock parte de una concepción del cine que me resulta muy difícil de comprender. Esa influencia ha ido evolucionando con el tiempo. En este momento, intento aprender de su arte para crear personajes secundarios con personalidad propia.

Me gusta dirigir de la misma manera que me gusta comer, hacer el amor, reírme e incluso ver televisión. He cambiado muy poco en mis gustos con la edad.

Dirijo muy poco a Isabelle Huppert en el set. Nos entendemos mutuamente sin necesidad de sentarnos en una esquina y discutir las cosas.

El cine norteamericano no ha perdido nada de su eficiencia pero ha perdido parte de su encanto. El film americano que más me impresionó en los últimos años es Little Odessa, de James Grey, pero lo cierto es que se sintió como una excepción a la regla.

La burguesía es la única clase que queda. Estoy convencido de que no hay más que dos clases de personas: los burgueses y los que quieren llegar a serlo. Por eso es que ya no existe la lucha de clases: los que están afuera quieren entrar, eso es todo. Así que cuando me señalan que soy crítico de la burguesía, yo pienso más bien que lo que hago es un simple llamado al deber. El hecho de ser la única clase genera deberes.

Si tuviera que escenificar mi propia muerte, me gustaría morir víctima de mis defectos o debilidades.

Pretendo llegar a la sencillez más absoluta.

No hay Nueva Ola, tan sólo el mar.

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