Mar 14.09.2010
rosario

CONTRATAPA

Una madrugada

› Por Eugenio Previgliano

Un día me levanté, pero había estado durmiendo toda la noche con una desconocida. Ella se había despertado un poco antes, tal vez a causa de todas las alarmas que desde largo rato venían sonando y me ofrecía sin sonrisas un desayuno frugal.

Había un espejo, collares de cuentas colgando de un clavo clavado en la pared, plumas en la cama y una luz verde y oscura que al iluminar los cristales daba unos reflejos azulados, amarillos, naranjas. La falta de rojo pensé es lo que me recuerda a mi sangre.

Enseguida me acercó una bandeja laqueada donde no había pétalos ni azúcar. Ni siquiera recordé esta mujer me habrá visto tocando la guitarra y aunque conozca algunos tics de ésos que me acompañan no debe estar segura del sentido último de mis gestos. No estaba del todo despierto cuando noté que ya podía empezar a hacerme preguntas y cuentas: qué es lo que habría en esos roperos cerrados; dos o tres veces por semana en un mes resultan doce veces, y en el arcón de flejes metálicos: ¿qué clase de tesoros maravillosos escondería allí esa mujer de quien nunca conoceré su juventud?

Tomé esa madrugada por el asa el café humeante mientras la luz azulina del televisor lo inundaba todo. Ahora, calmo y en la madrugada, en el recuerdo se me aparece una luz verde e intermitente, como de Marlowe, como de esos carteles fluorescentes, pero no estoy seguro si eso es un recuerdo. Entonces pensé que podía apaciguar mi sorpresa, hacerme amigo, pero la señora desconocida me hablaba de cosas extrañas.

No sabrá tampoco pensé que en mis días extranjeros también yo hablo unos idiomas desconocidos para ella con un acento curioso que a algunos recuerda el melodioso canto del italiano, pero no es más que la lengua de mi niñez, unos disparates que aún ahora medio viejo como estoy me gustan para jugar: ¿qué habrá en el tecer placard del otro cuarto? Esta muchacha, pensaba, no conoce qué libros hay en mi biblioteca, qué música prefiero por la tarde y nunca ha visto mis corbatas.

Se trata se me ocurrió , probablemente de la mujer de otro; con algún otro de los que viven en esta ciudad tendrá un cierto compromiso, una rica intimidad, abrirá su espíritu, compartirá los momentos más importantes de su vida con dicha y pena, buscará y brindará cariño, atesorará recuerdos intensos que jamás conoceré, tal vez con él sí tenga hijos, y probablemente abrirá su espìritu ignoto en perspectivas que yo nunca alcanzaré a conocer porque los recuerdos que le quedarán de mí serán trivialidades del momento, cosas que no cambian la vida de nadie.

Ignora todo sobre mis cuentas bancarias recordé , desconoce mi patrimonio pensé y además vaticiné se despedirá discretamente con un aura de misterio cuando desee volver a las cosas suyas. Intuyo o conozco que en esas circunstancias si la llamo no me contestará aún cuando estuviera en medio de una tormenta.

Bebí, sin embargo, el café en taza ajena que sostuve con la mano mala. Sabrá de mí, pienso, todo lo que se publica, habrá leído tal vez con curiosidad todos mis libros. Como Marx, a la luz de la claraboya habrá visto en la hemeroteca todos mis artículos pero no es sino hasta leer esto que no tendrá noticia de mi alegría al llegar a King Cross, camino a la biblioteca.

Tomé, decía, del jarro blanco, de a sorbos, el café caliente mientras recorría la bella piel de coloradita madura que tenía esta mujer desconocida. ¿Qué anotaciones habrá habido en aquellas carpetas? ¿Le hubiera gustado saber que guardaba un retrato suyo de cuando ya empezaba a dejar atrás su juventud?

Con un aire de cotidianeidad se levantó, desconocida, grácil, sutil, vergonzosa, acostumbrada a cubrirse con lo que tiene a mano, en el reino del pudor.

La conocí al tacto, es cierto, recordaría cada una de las caricias interminables que le hice, podría recordar sus estremecimientos, sé exactamente cuando se han tensado sus músculos y cuáles relajó primero cada vez que la acaricié. Pero no sé ni sabré dónde guardará las medias, cómo ordenará los utensillos en la cocina ni por qué será que sonríe ciertas veces, ni tampoco porqué se siente atacada otras tantas veces.

A punto de terminar mi café amargo ya no pude volver a pensar otra cosa, sólo en el pasado, envuelto como estaba en esta sensación impropia de haber dormido tanto tiempo con una desconocida, probablemente con la mujer de otro.

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