Mié 04.10.2006
rosario

CONTRATAPA

La caída

› Por Federico Tinivella

Insistía desde la ventana, como el llamado de un cobrador, la amarilla voz bestial de un agitado grillo. Acompasaba el delirio de un cuerpo vacío. Caja de música, departamento en alquiler. Algo quedaba de todas formas, el alma de los secos ambientes, la pulpa de las cosas, ahora que las toallas frías no servían para bajar la fiebre, ni la duda acerca de que carajo pasaba.

Fue al baño corriendo, pero qué apuro había, y al terminar se dio cuenta que con el bidé no habría caso, rescató entonces papeles que volaban como cáscaras de mandarina en el aire y fue usando uno a uno, pero siempre quedaban marcados, qué tragedia. Huella de mugre mía decía, atropellado por el murmullo del vino que dicta palabras de lejos y ya casi dolía la fricción del diario sobre un secreto conocido. Decidió terminar aquello con una culpabilidad gustosa. Culo sucio.

Trataba de entender, más tarde, en la cama, como se convierten los rostros conocidos en enigmas madre, indescifrables. Aparecían ahora como reflejos en el fondo de un aljibe, las preguntas, profundas, quietas. Estanque. Se quitó la ropa, ya era tarde porque apagaban en el resto de la ciudad que gemía como un desierto, las luces calientes. Apartó el velador de la mesa de luz, lo hizo de manera furiosa, lo estrelló contra una pared helada. Los bordes del cuarto eran el límite, el andarivel. No se pase de acá Dreuty le gritaban los fantasmas, quédese, si total mañana será otro día.

Le nacía ahora una brutal fuerza vital, una energía a la vez decadente porque ningún sentido tenía. Pareciera que las obras con un fin lógico, pautado, revisten mayor importancia que aquellos impulsos desestructurados a los que algunos llaman locura. Estrellar una botella sobre un vidrio esmerilado guarda cierta belleza, los pedazos rotos, las diminutas partes bailando subyugadas bajo una luz ácida. Todo era extraño. Le dio de comer a los peces, lo miraban desde ahí mágicos y brillantes como bolitas de navidad.

Llegó al ascensor sin más máscara que su rostro averiado y un cuerpo perplejo ante la mirada del espejo. Tocó el último piso y se dejó llevar por el tiempo hueco del ascenso. Ascender para caerse, pensó, masticando la última mentita.

La terraza era tan blanca como esa espuma que se gesta en la base de las cascadas, recordó al verla tan triste, los pasillos de su escuela secundaria.

Abrió los brazos como un cristo, escupió la ropa tendida de la señora del 4º, unos calzones olvidados de algún visitante ocasional y trepó sin tregua al horizonte del abismo. Allá abajo unos autos inventaban algo de vida. El cuerpo temblaba como un ventilador gastado. El viento helado de las alturas le pintaba la cara. El cielo estaba teñido de azul, había en él una rara hermosura.

La paloma bravía (Columba Livia) es la paloma doméstica que hoy en día encontramos prácticamente en todas partes. Locamente demuestra preferencia por las ciudades. Se le documenta desde el nivel del mar hasta los 4500 metros de elevación. Odia estar sola, normalmente se mantiene en parejas y bandadas. En lugares donde las condiciones son favorables no pierde el tiempo, procrea todo el año. La nidada usual cuenta con dos huevos blancos. La incubación toma de 17 a 18 días. Se alimenta de granos los cuales obtiene en la tierra. Complementa su dieta con pequeñas frutas, moluscos y otros invertebrados.

Una Columba Livia se separó sin quererlo de su bandada, asustada por el estallar de fuegos de artificio que animaban una fiesta privada en un boliche de la costa. Dreuty elevó la mirada al cielo, como despidiéndose y estiró algo más los brazos, despues cerró los ojos. La bravía descargó, al igual que los aviones de caza en la segunda guerra, una bomba de excremento. Considerando que volaba a gran altura es entendible que la caca se precipitará a gran velocidad.

La frente del panza estaba despejada, tan solo se destacaba en esa superficie pulida una cicatriz insignificante producto de una pelea callejera con una muchacha. En su cabeza no flotaba ningún pensamiento. Cabeza hueca. La caca se estrelló con vehemencia, como si disfrutara aquello. Culo sucio. El impacto, un frasco de mermelada de fresas estrellándose en el piso, descolocó a Dreuty en todo sentido. Cayó sin mediar resistencia de espalda sobre un cactus bebe muy simpático.

Auch! escuchó el vecino del noveno que miraba boquiabierto un programa documental sobre la música hindú grabado por su amante, profesora de yoga y docente de química, eso escuchó sin inmutarse el vecino del noveno aquella noche del 24 de Julio, día de la independencia de Francia.

Algún hijo de puta me mandó a la muy perra, susurro Dreuty aún choqueado, viendo como se alejaba la paloma con una sonrisa de ¡Bingo! en el pico manso. El panza, ahora incorporándose, pensó que sería mejor volver a la cama y dejarse de hinchar las pelotas. Amaba los cactus.

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