Vie 15.10.2010
soy

ES MI MUNDO

Lo que queda del día

“Tengo que escribir estos textos mientras ella está viva, mientras no haya muerte o clausura, para tratar de entender este estar/no estar de una persona que se desarticula ante mis ojos.” Con esta declaración, Sylvia Molloy da comienzo a su nueva novela, un texto breve, fragmentario y conmovedor, especie de cuaderno de bitácora donde la narradora va registrando los encuentros (también los desencuentros) con su amiga de toda la vida, ahora enferma de Alzheimer. Lo que sigue es un adelanto de Desarticulaciones, que por estos días aparece en Buenos Aires, editado por Eterna Cadencia.

Desconexión

La fuimos a ver una tarde y, mientras yo me cercioraba de que todo estaba en orden, E. se quedó conversando con ella en su dormitorio, donde pasa buena parte del día, mirando a través de la ventana el exiguo rectángulo de cielo que queda entre dos edificios. Me contó algo que no sé si sabía que me estaba contando, me dijo E. cuando volvimos a casa; me contó que de chica fue con una tía a visitar a una parienta vieja que estaba internada muy grave, conectada a una máquina, y que en algún momento en que estaban a solas con la enferma la tía había hecho un movimiento con la cabeza, como asintiendo –me mostró el movimiento, me dice E., reproduciéndolo a su vez–, y ella se había agachado y había desconectado la máquina que respiraba por la enferma. Y que después se habían ido.

E. me dice que no sabe qué desencadenó esta historia, ni si se daba bien cuenta de lo que le estaba contando, pero era como si necesitara contármelo, dice, o contárselo a alguien, a lo mejor no se lo ha contado nunca a nadie. O a lo mejor lo inventó, pienso yo, preguntándome si conectaban a la gente a máquinas que la mantuviera viva en los años ’20, o a lo mejor esto pasó más tarde y lo cuenta como si hubiera ocurrido cuando era chica, para diluir la responsabilidad de matar a alguien. No lo sabremos nunca, claro está, porque ya ha olvidado esta historia. Y da lo mismo.

Releo lo escrito y se me ocurre otra cosa, acaso obvia: ¿y si nos estuviera pidiendo algo?

Que goza de buena salud

No recuerdo en realidad haberla visto nunca enferma, más allá de algún resfrío, alguna gripe, alguna descompostura, como se decía en otra época. Acaso no pueda recordarla enferma porque durante años yo la necesité sana, freudianamente certissima, como para compensar mi malestar y mis vaivenes. Ahora, cuando se habla en su presencia de enfermedades, más de una vez le he preguntado por su salud, sintiéndome levemente hipócrita, curiosa por saber qué conciencia tiene de su desmemoria. Siempre me contesta lo mismo, que ella nunca ha estado enferma, es decir, nunca ha tenido una enfermedad seria, soy básicamente una persona muy sana, en eso he tenido mucha suerte.

Libertad narrativa

No quedan testigos de una parte de mi vida, la que su memoria se ha llevado consigo. Esa pérdida que podría angustiarme curiosamente me libera: no hay nadie que me corrija si me decido a inventar. En su presencia le cuento alguna anécdota mía a L., que poco sabe de su pasado y nada del mío, y para mejorar el relato invento algún detalle, varios detalles. L. se ríe y ella también festeja, ninguna de las dos duda de la veracidad de lo que digo, aun cuando no ha ocurrido.

Acaso esté inventando esto que escribo. Nadie, después de todo, me podría contradecir.

Despedida

Está dormida, te puedes ir. No sé si duerme, se queda así, a veces. No, no, está dormida de veras, no ves que se le aflojó la boca que siempre tiene apretada, te digo que te puedes ir. Dejá que por lo menos le dé un beso. La vas a despertar, no vale la pena, yo le digo que estuviste, total se olvida enseguida. Pero no es lo mismo, protesto. No, no es lo mismo.

Erótica

Hace poco no pude resistir la tentación de mencionarle el nombre de H. para ver cómo reaccionaba. ¿Recordás algo de él?, le pregunté, viendo que el nombre, si bien reconocido, no parecía suscitar en ella eco alguno. No, pero si lo viera seguro que me acordaría, me contestó. Pensé: no lo verá nunca porque él murió hace tiempo y ella no reconoce a la gente en las fotografías. Quién es, a veces pregunta, señalando una fotografía de su madre. Pensé también: es el hombre que la obligó a excesos sexuales poco comunes, excesos que él me obligaba a observar, vestida, sentada en un sillón delante de ellos. Es una suerte que no los recuerde; y que no recuerde que era yo quien los miraba.

De la propiedad en el lenguaje

“¿Te conoce todavía?”, me preguntan. “¿Cómo sabés que todavía te conoce?” Efectivamente no lo sé, pero habitualmente respondo que sí, que sabe quién soy, para evitar más expresiones de pena. Sospecho que si L. no le dijera mi nombre, antes de pasarle el teléfono cuando la llamo, o antes de abrirme la puerta cuando la voy a visitar, sería una extraña para ella. De hecho, la mención de mi nombre ha perdido su capacidad de convocar, no le provee mucha información. La impulsa, sí, a preguntarme por E. y por “el gato”, pero me consta que no sabe quién es E. porque me ha preguntado por ella en su presencia, cómo está tu compañerita. En cuanto a la mención del “gato” así, anónimo, es una expresión más de sus buenos modales. O acaso un lejano recuerdo de un arquetipo platónico, como si me preguntara por la gatidad.

Ayer descubrí que me había vuelto aún menos yo para ella. La llamé y a pesar de que L. le pasó el teléfono diciéndole quién llamaba, me habló de tú –de tú y no de vos– durante la conversación. Fue una conversación cordial y eminentemente correcta en un español que jamás hemos hablado. Sentí que había perdido algo más de lo que quedaba de mí.

Tapujo

A. me pregunta por ella, hace años que no la ve, se acuerda siempre, me dice, de un viaje a España que hicieron juntas, las dos invitadas a un mismo simposio. Fue lindo convivir con ella, éramos cómplices, nos reíamos mucho, me contó cosas de su pasado, decía que no había que andar con tapujos, así decía, qué terrible lo que pasó con el padre, ¿no? Sí, el padre murió antes de que ella naciera, digo yo que conozco bien la historia. Parece que eso es lo que le dijeron, me dice A., pero ella me contó lo terrible que fue enterarse años después de que no había muerto, simplemente las abandonó a ella y a la madre y se fue a vivir con otra mujer.

Siento como si algo se desmorona, al punto que cambio de tema. ¿Cómo no voy a saber yo la historia del padre, si me la ha contado más de una vez a lo largo de los cuarenta y cinco años que la conozco, cómo pensar que lo que me ha dicho de su infancia –que después de la muerte del padre, de tuberculosis, creo, la madre tuvo que salir a trabajar porque se habían quedado sin recursos, que prácticamente la crió la abuela, la madre de su madre, que vivía con ellas, formando un trío femenino valiente, patético– es puro invento, la muerte del padre una fabricación necesaria para encubrir la ignominia, el abandono? Pero sobre todo: ¿cómo aceptar que a mí me contó la versión falsa, que sólo ahora la enfermedad le permite franquear la interdicción, y entonces sólo ante un tercero con quien tiene escaso contacto?

La próxima vez que la veo le pregunto al pasar si se acuerda del padre y me contesta que no porque era muy chica, pero que sí se acuerda de un día en que le dijeron que no iría al colegio porque su papito había muerto, así me dijeron, dice como desacostumbrada al término, “tu papito”, y yo les dije qué culpa tiene el colegio, eso les dije, me dice, encantada de su picardía infantil. Como en la conversación con A., cambio rápido de tema.

Pienso, entonces acaso sea verdad lo que le contó a A. Pero también pienso acaso no lo sea, acaso A. ha mezclado la historia con otra que le contó otra persona, o acaso ML. invente ese anuncio de su muerte que cree recordar, aunque sé que es poco probable, el insólito “tu papito” es demasiado puntual. Me tienta la idea de volver a preguntarle por su padre, pero sé que no lo haré y que, en el fondo, poco importa. Lo que me cuesta aceptar es que el tapujo haya sido tan fuerte que aún conmigo tuvo que recurrir a él. Lo que me cuesta aceptar también es que acaso haya otros tapujos de los que yo nada sé.

Ocurrencias

Las visitas son menos entretenidas, ya no está tan ocurrente, le digo a una amiga, se la ve más apagada. Como si estuviera perdiendo ya la respuesta rápida, la capacidad de intervenir con un recuerdo intempestivo o un disparate. Incluso repite salidas, digo, el “estoy bien porque te veo”. “¿Y vos no repetís las tuyas?”, me dice con razón.

También hay otra explicación, por supuesto. Que la horrible originalidad de la enfermedad se está volviendo, para mí, convencional, otro modo, ahora previsible, de comunicarse. Yo misma entro en la enfermedad, en su retórica, ya nada me sorprende. Esto que tendría que ser, probablemente, un consuelo, me perturba por alguna razón. ¿Porque ya no voy a tener de qué escribir?

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