Vie 12.03.2010
soy

La perla de leer

› Por Fernando Noy

Y de escuchar: la última vez que Néstor Perlongher leyera sus poemas del todavía inédito Aguas aéreas, recién llegado de Brasil, el subsuelo de Fausto, donde Hebe Clementi auspiciaba estos encuentros, estaba repleto de pares, acólitos y seguidores.

Transmutado en templo imprevisible que iluminaba un resplandor creciendo en cada canto, transportándonos hacia esa dimensión donde el vacío se revelaba incrustado de presencias como invocaciones de un reino real en apariencia invisible.

Quizás la misma Rosa Patria y paria, para el placer perpetuo, que Santiago Loza reconstruye a su vez en la pantalla.

El poder de nombrar de Perlongher irradiaba un rosario de voces como joyas insólitas brotando en cada pausa. La plenitud de un rito preanunciando su apenas aparente partida de este mundo.

Desde el ceremonial quedaba tatuado para jamás borrarse de nuestras memorias, como un perpetuo reverdecer ya sin nombre, siempre presente, imposible, distante, ahora compartido con quien lee este traspaso de trance similar a los que conocen el opio, la ayahuasca, el estado de gracia soplando en pleno celestial vacío.

Como si del poeta siguiera surgiendo esa siempre voz formada de canto, exhalación y un lenguaje por suerte cautivo en los papeles por la chamana barrosa sideral, ofrendando la antorcha del esmaltado abrazo. Un nuevo azul lloviendo sobre el mar sediento del silencio, al extremo que en lugar de aplaudir, uno alzaba las manos extasiado como ciertos devotos al surgir sus deidades.

Nota madre

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