Dom 27.06.2010
turismo

VENEZUELA. EL SALTO ANGEL

En la Gran Sabana

Crónica de una excursión en canoa por la selva del Parque Nacional Canaima hasta el pie del Salto Angel, el más alto de la tierra. Mide 979 metros, tres veces y media la altura de la Torre Eiffel. Y la inigualable experiencia de sobrevolar los gigantescos tepuy que sobresalen en la región de la Gran Sabana.

› Por Julián Varsavsky

El andar del avión se vuelve vacilante y los oídos se tapan, señal de que descendemos. Tras la ventanilla impera una blancura cegadora de nubes espesas. Y de pronto las nubes se levantan como un telón y el reflector solar se enciende sobre el Salto Angel, el más alto del mundo, tres veces y media la Torre Eiffel. Desde la cumbre de una meseta de casi mil metros de altura vemos un río suicida que se arroja al abismo para desintegrarse en el aire, hasta tornarse rocío. Atravesando un arco iris, renace en tierra como río otra vez para perderse caracoleando en los confines de la selva.

El avión sobrevuela un gran cañón –casi a la altura de las paredes laterales– mientras el Salto Angel va ganando nitidez. Tres incursiones ladeando el salto garantizan que todos los pasajeros del vuelo Ciudad Bolívar-Canaima puedan ver esta catarata alta y flaca –la antítesis de las de Iguazú– y sus hermanas menores que emanan a lo largo de los 10 kilómetros de la meseta Auyantepuy.

Atrás ha quedado el inmenso arco trazado por el río Orinoco –en el sur del estado Bolívar– para internarnos selva adentro en el corazón de la Guayana venezolana. Vamos hacia a una tierra legendaria en la región de la Gran Sabana, por donde anduvieron los conquistadores del siglo XVII en busca de Eldorado, quienes sólo encontraron un infinito verdor que, en muchos casos, se los tragó para siempre. Es el Parque Nacional Canaima –con 3 millones de hectáreas–, un submundo virginal de la selva venezolana a menos de dos horas de avión desde cualquier punto de Venezuela y cerca de las fronteras con Guyana inglesa y Brasil.

Desde el aire se ven cómo sobresalen en la vasta planicie las solitarias mesetas llamadas tepuy, que son los restos erosionados del gran “Escudo Guayanés”, una maciza placa sedimentaria casi tan antigua como el planeta.

“Imaginad un haz de tubos de órgano, de unos cuatrocientos metros de alto, que hubieran sido atados, soldados y plantados verticalmente, como un monumento aislado, una fortaleza lunar, en el centro de la primera planicie que aparece al cabo de tanta selva.” Así describió el escritor Alejo Carpentier a esas mesetas de arenisca rosada que se erigen en la llanura con paredes perpendiculares que culminan en afilados ángulos rectos, rodeadas por abismos. Con algo de torre y de fortaleza abandonada, los tepuy tienen la forma de una caja de zapatos gigante cuya simetría perfecta haría pensar que fueron tallados por la mano del hombre.

Los tepuy están muy alejados uno del otro, pero siguen una línea imaginaria que los conecta como fragmentos de una Gran Muralla, tan inconclusa como aquella de Oriente. Los indios pemones evitan mirarlos de frente porque allí, entre las cascadas que nacen en las alturas, “moran los dioses de los que emana la vida en la tierra”. Y vistos desde la ventanilla de un avión, los tepuy parecen una flota de buques fantasma sin mástil ni velamen, navegando a la deriva en un océano petrificado de color verde.

El Salto Angel se arroja al vacío desde 979 metros de altura.

UN TUNEL DE AGUA Después de aterrizar en el aeropuerto de la aldea oculta en la selva llamada Canaima –y alojados en alguna posada con cabañas de madera–, es hora de salir a recorrer las entrañas salvajes de esta jungla subtropical. En Canaima sólo de puede caminar o navegar en canoa con motor fuera de borda. Una excursión que combina ambas cosas es la que lleva hasta el salto de agua El Sapo.

Mientras avanzamos por el río Carrao nos alcanza un lejano rumor de agua que estalla contra las rocas. A medida que nos acercamos el rugido va in crescendo mientras una nube de refrescante rocío de la catarata nos acaricia el cuerpo. Con 30 kilómetros recorridos, desembarcamos en el Salto El Sapo, donde nos espera una vivencia probablemente única en el mundo: caminar por un túnel de agua. Detrás del salto, entre una pared de roca y otra de agua, existe una hendidura donde se avanza debajo de la catarata casi sin mojarse. El salto mide 20 metros de altura y sobre nosotros pasan miles de litros de agua atronadora, creando una gruesa cortina al alcance de la mano, que apenas trasluce una vaga luminosidad.

De regreso en el poblado de Canaima, la luna remonta su disco perfecto por detrás de un tepuy mientras se enciende el caótico zumbido de los insectos nocturnos, reemplazando al silencio diurno. En el restaurante nos espera un festín de pollos asados sobre leños en brasa cuyo condimento –opcional– es bachaco molido, preparado con hormigas rojas del tamaño y el grosor de medio pulgar. Para los postres nos aguardan sobre una mesa montañas de suculentos mangos entre jugosas guanábanas y parchitas de pulpa rosada.

RUMBO AL SALTO ANGEL Una cosa es ver el Salto Angel desde un avión y otra muy distinta es verlo desde tierra, a escala humana. Una excursión de dos días en lancha por la selva llega hasta la base del salto, donde hay un campamento. Una docena de viajeros navegamos en curiara –embarcación indígena cavada en un tronco– por el ancho río Carrao, entre una maraña de árboles cuyas raíces se sumergen en el agua. Entre las dos orillas nos encierra una impenetrable red de ramas y hojas que pugnan por conquistar cada milímetro de espacio en pos de un rayo de sol. La sensación es la de atravesar un reino fortificado tras una muralla de árboles alineados tronco a tronco hasta el infinito, donde para poder penetrar su compacto laberinto verde no quedara otra que abrir un boquete en la pared vegetal.

El agua del Salto Angel se pierde caracoleando en los confines de la selva.

El poder de las aguas es la única oposición que resiste al avance de esa selva. Incontables tajos acuáticos rompen el perfecto verdor, conformando un entretejido de 280 ríos que se quiebran en numerosos brazos y se vuelven a unir más adelante. Navegamos por ríos ciclotímicos que explotan de furia en concéntricos remolinos y al instante se apaciguan en felices remansos. En algunos lugares abandonamos la canoa y hacemos sencillos tramos a pie. Al caminar en silencio por los senderos de la selva, se oye el crujido del colchón de hojarasca que cubre el suelo mientras corremos con la mano unas gruesas lianas que obstruyen el avance. Hasta que de la nada estalla un impresionante graznido anunciando que se acerca, a vuelo rasante, una lechuza trompetera.

El encuentro con el Salto Angel corona uno de los viajes más asombrosos que puede ofrecer nuestra América. El Auyantepuy aparece a la distancia al atravesar el Cañón del Diablo, y para acercarnos a la imponencia del gran salto desembarcamos en la isla Ratoncito, donde está el campamento para pasar la noche. Y una caminata de una hora nos lleva casi hasta el pie de una pared perfectamente recta de 979 metros de alto que escupe un río que se nos viene encima como una densa llovizna. El Salto Angel nos arroja en la cara su turbadora belleza envuelta en nubes, con un blanco velo que aumenta la sugestión hasta límites inquietantes, dejando ver el salto por partes según los caprichos del clima.

Estamos en el corazón mismo de la selva guayanesa. Pero al observarla detenidamente concluimos que se trata de un fastuoso teatro que se resiste a levantar su larga cortinada. La selva no permite ver más allá de los dos metros. Y al asomarnos a su secreto nos abruma la convicción de que allí dentro, en su umbral, hay otro núcleo oculto en un abismo (acaso Eldorado, con sus catedrales de oro). Al navegar por sus venas nos alcanzó el resonar de los contundentes latidos de un gran cuerpo viviente. Pero ahora, después de rondar esa selva, nos atormenta la certidumbre de que, a pesar de tanto viaje, apenas hemos rozado su vago contorno. Su esencia se nos ofrece al alcance de la mano, pero se esfuma entre la vegetación. Es una obra natural que, como diría Goethe, “tanto más elevada, cuanto más inaccesible a un juicio”.

Parados frente al Salto Angel se nos presenta un género de paisaje único en la Tierra, al cual el novelista Alejo Carpentier –luego de una visita en 1947– sólo atinó a definir por la negativa: “Ante la Gran Sabana no hubiera cabido nunca la desconsoladora frase de Paul Valéry, llevado por un amigo a contemplar un alabado panorama europeo. ‘Pero... ¿por qué se empeñan en mostrarme siempre el mismo paisaje en todas partes?’ Aquí (en la Gran Sabana) hubiera enmudecido el autor de Eupalinos”

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