Dom 04.07.2010
turismo

CORDOBA. EN EL CORDóN DE LAS SIERRAS CHICAS

Dorada calma

Enmarcado por el embrujo zigzagueante de las sierras cordobesas, el pequeño poblado de Agua de Oro es un remanso de naturaleza al borde de las aguas puras del río Chavascate. Una estadía de campo, para disfrutar y al mismo tiempo ponerse en contacto con las raíces a través del folklore.

› Por Pablo Donadio

Aunque el topónimo destaca solo uno, en Agua de Oro está presente la fuerza de los cuatro elementos. El agua que se abre camino en las entrañas del pueblo, gracias al río que le da nombre. El aire fresco que baja por las serranías y se cuela por cada rincón del relieve. La tierra ondulada que va y viene hacia los cuatro puntos cardinales, vestida de bosques y campos de quebracho blanco, algarrobo y espinillo. Y el fuego, presente en cada una de las actividades culturales, que rescatan el valor de nuestras raíces y la esencia de una vida tranquila en real contacto con la naturaleza.

POCO PERO MUCHO “Acá los pibes se tienen que ir a bailar al pueblo de al lado, porque ni boliche tenemos”, dice de movida Don Cañete, el taxista que nos lleva a las cabañas de madera y piedra que serán nuestro hogar por algunos días. Muchas cosas aquí no hay, pero eso justamente es parte de la gracia: Agua de Oro es calma, naturaleza y el sonido de los árboles movidos por un viento que corre sin obstáculos entre las calles silenciosas. “El intendente le da manija a lo familiar, ¿vio? A la propuesta como lugar tranquilo. Pero no es ninguna novedad, Agua de Oro siempre fue así”, completa sonriente el hombre, nacido en el pago y un tanto esquivo a la ciudad. Sin embargo, Córdoba capital queda a apenas 44 kilómetros, lo que a su vez le da un acceso rápido y concreto a ciertos servicios y necesidades tanto de vecinos como de visitantes.

El nacimiento del pueblo es curioso: no hay una fecha cierta de fundación. Si bien se sabe que este sector de tierras le fue otorgado a Diego de Loira Carrasco en 1588, se ha tomado 1896 como referencia, ya que en ese año se gestó la mensura de la Estancia Agua de Oro, germen de la localidad. A 780 metros msnm, el pueblo está bajo el influjo del microclima típico y cambiante de las sierras, uno de los atractivos de su propuesta de estadía al estilo campo o estancia pero sin el límite de las tranqueras. Basta respirar hondo un par de veces y descubrir que las enredaderas y musgos crecen sobre la red eléctrica, o echar un vistazo a los caminitos abiertos arriba y abajo en el monte, para tener claro que el principal atractivo aquí es su capital ecológico y de aventura. “El turismo está en vías de desarrollo, pero al ritmo del lugar, a tiempos distintos de los que uno está acostumbrado”, dice Estefanía D’Angelo, una bonaerense que se mudó hace un año precisamente en busca de ese otro ritmo.

VALE POR TRES Homónimo del pueblo, el río es llamado también San Vicente o Chavascate por los lugareños, pero en cualquiera de sus tres nombres es un imán para el disfrute y para el comienzo de algunos paseos. Su cauce acompaña el andar local, recorriendo recodos y vallecitos que en otoño e invierno dejan los colores cobrizos de las hojas como colchones sobre las calles de tierra. En sus márgenes no faltan el mate, la guitarra, el picnic e incluso, en días de calor, algunos chicos que se animan al chapuzón. También está la posibilidad de hacer cabalgatas por el pueblo y los montes despoblados, en contacto con la fauna nativa y una abundante vegetación autóctona.

Siguiendo la costanera se llega a uno de los monumentos históricos: el Convento de la Santísima Trinidad, de impronta neobarroca española y con un patio interno que atesora en una gruta la imagen de la Virgen de Lourdes, patrona de la localidad desde 1952. También se visita la iglesia de San Vicente Ferrer (1741), que posee una cruz de hierro forjado y un Cristo pintado al óleo bajo vidrio que dicen perteneció al abuelo materno del general Paz. A la torre se sube por una escalera externa que conecta con el coro alto y dos campanas. Más famosa aún, la Capilla de Candonga exhibe toda la mística y majestuosidad del siglo XVIII.

La otra salida habitual es al cerro Azul, un mirador que después de una hora y media de caminata entrega desde el sector más elevado las clásicas postales cordobesas. Finalmente, el otro paseo ineludible es hacia los paradores, cuyos convincentes carteles anuncian “parrilla, pasta y cabritos” y logran congregar tanto a los vecinos como a los turistas de paso.

Talleres de zamba a la orilla del río, una de las propuestas del grupo Folklore en Movimiento.

ZAMBAS JUNTO AL RIO Además del capital natural, Agua de Oro tiene un capital cultural e histórico que reúne las propuestas de músicos de raíz local. Una de ellas es Folklore en Movimiento, un grupo encabezado por el cordobés Ariel Bustos, con talleres que suman la música y la alimentación sana al encuentro con uno mismo y la naturaleza a partir de la historia y el baile. “Hoy estamos en Buenos Aires –cuenta Ariel– pero volver acá cada tanto sirve para conectarse con el interior. Las danzas nativas son un gran transporte a esa naturaleza corporal, al encuentro y desencuentro de la vida, como ocurre en la zamba. O en la chacarera, que cuando es ritual es una vuelta entera hacia nuestros orígenes, donde el cuerpo recuerda, sacudido por zapateos y envuelto en zarandeos, que une en cada giro el cielo con la tierra.”

Otro reducto convocante es el restobar local, visitado cada tanto y de manera sorpresiva por artistas como la cantante y percusionista Vivi Pozzebon, Litto Nebbia y Miguel Cantilo. A instancias del río, además, Agua de Oro tiene su Fiesta Patronal Anual cada mes de febrero: es la “Festi-Oro”, homenaje al folklore en la voz de los nuevos valores de la canción criolla. Ese mismo mes se festeja la Fiesta de la Cerveza en el barrio El Tirol, un rincón alemán que alcanzó popularidad por algunas de sus construcciones, pero sobre todo por un bar donde marchan frescas las sabrosas rubias, negras y coloradas.

Muy cerquita, quien cuente con algunos días y con la posibilidad de hacer base aquí puede visitar Ascochinga y las ruinas de Santa Catalina, dos atractivos muy cercanos que remiten a la historia de la zona. Apenas más lejos, a 36 kilómetros, se llega a Jesús María, sede del Festival Nacional de la Doma y el Folklore, como para cerrar un viaje mitad natural mitad cultural, pero ciento por ciento disfrutable

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