Por oficio, los escritores suelen construir sus propios mĂ©todos de lecturas. Raymond Carver, en sus años sobrios, terminĂł de modelar el suyo. El disparador fue el descubrimiento de Chejov. El procedimiento era el siguiente: elegĂa un fragmento de un cuento del ruso y rearmaba la secuencia en versos. El hĂbrido entre prosa y poesĂa no modificaba –explĂcitamente– el contenido. Sin embargo, como el fernet que cambia su sabor segĂşn la bebida que lo acompaña, las frases divididas en versos aumentaban su potencia dramática y poĂ©tica. El mismo mĂ©todo puede utilizarse para leer –y releer– los cinco cuentos incluidos en Can solar, del cordobĂ©s Carlos Godoy. No sĂłlo por su recorrido como poeta sino por el modo paciente, atento y subterráneo que tiene su mirada codificada en prosa.
Una de las caracterĂsticas de las sociedades contemporáneas es la precarizaciĂłn y la proliferaciĂłn de tipos de violencia invisible que cimientan nuestra subjetividad. Como el barro en la suela de las zapatillas, se adhieren al lenguaje y –por lo tanto– a la literatura. En la Argentina de las Ăşltimas –al menos dos– dĂ©cadas muchos escritores buscaron el efecto violento apelando al exhibicionismo de la palabra. Al contrario, Carlos Godoy logra dar el golpe sin utilizar malabares retĂłricos ni rĂ©plicas orales propias de un neocostumbrismo sin vueltas de tuerca. Su prosa –una mezcla intergeneracional entre el asombro de Hebe Uhart y la crudeza de Luciano Lamberti–, se despliega sencilla, casual, antropolĂłgica, al igual que un testigo circunstancial que pone en evidencia las acciones mientras las va recordando. De este modo las historias se desarrollan con simpleza, empujadas por personajes que percibimos ingenuos, en atmĂłsferas seudotransparentes, pero que –como la bella Rosmary en el clásico de Polanski– llevan en su vientre algĂşn modo de violencia pronta a pujar.
En “Erasto”, el equilibrio de una familia convencional se desnivela cuando la matriarca lleva a la casa a un indio que conociĂł en su trabajo. Lo que empieza como un gesto solidario desemboca en un cuello de botella clasista, donde las diferencias culturales parecen elementos quĂmicos que al rozarse explotan. Otro relato que arranca como comedia y deriva en tragedia es “HCI”, donde Oscar y Diego sellan su amistad con un intercambio de secretos que afectan a terceros. Godoy plantea matices en las representaciones de la violencia: señala una semilla en las rocas, un costado humano y perverso, una fraternidad particular que se construye en la uniĂłn de aquellos que practican el crimen.
Los cuentos transcurren en pueblos donde las narraciones orales viajan a la velocidad de Twitter. En “Can solar” la apariciĂłn de luces sobre la orilla del rĂo altera a la poblaciĂłn. Godoy alienta una leyenda propia de su lugar de origen. Le bastan un par de detalles para anunciar la amenaza externa y crear un ambiente sugestivo y extraño como el de Village of the Damned de Carpenter. En “Final de la anatomĂa”, el territorio –un caserĂłn hundido en la llanura oscura y frĂa– vuelve a tomar protagonismo. Una estudiante de medicina pasa las noches de sus vacaciones invernales rearmando un esqueleto en la cama de sus padres. En ese rectángulo, como en el universo literario de Mariana Enriquez, conviven lo macabro y el sexo, la muerte y la vida, los celos y la libertad. MĂşltiples rostros de un monstruo –interior– que se revela en soledad.
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