Sobre las manos, el peso del mundo. Y en cada dedo que caÃa, el reflejo de un sentido que se esfumaba, perdÃa, olvidaba. Un sol apenas vivo. Las ventanas abiertas mentÃan. Pudo haber dicho tres palabras menos. Pudo haber callado. Pudo, incluso, emitir ruidos groseros, una pedorrera pendenciera. Pero dijo lo que dijo y ahora se lamentaba. Dejó a un lado el cigarrillo que sostenÃa con la boca, apagado. No tenÃa ganas de fumar, ni de pensar en que lo mejor para él hubiera sido dejar de fumar, nunca fumar. Se asomó a la ventana y vio el corro de parientes, amigos y vecinos que, impacientes ya, esperaban una decisión. Uno de ellos, el menor de los RamÃrez, miró hacia arriba y lo señaló. Se ocultó detrás de las cortinas, no se atrevÃa a dar la cara.
El reloj de la habitación marcó la hora, faltaba poco para el crepúsculo. Sus hijos lo hubieran apoyado, pero estaban lejos. Luquitas estudiaba en Francia y Mario, que le habÃa salido cura, andaba misionando por Asia. Les enviaron telegramas, les escribieron mails y hasta intentaron una comunicación telefónica con Mario. Seguramente ya se habrÃan enterado, pero no podrÃan viajar. Y si lo hacÃan, llegarÃan en algunos dÃas. Sin dudas ellos lo hubieran apoyado, pero era mejor que no vinieran, después de todo. No deberÃan descuidar sus obligaciones, sus vidas. Desde la cocina subÃa el aroma de la nueva tanda de café. CaÃa la noche y afuera comenzaba a refrescar. El murmullo de la gente reunida ahora en la sala lo atormentaba. Se sentÃa culpable, pero no podÃa. Asà no podÃa.
Algunas veces no se puede pensar, esa es la verdad. Uno mira las cosas como desde un árbol y no le importa lo que ve. La tristeza es tan pesada que sólo se puede ser consciente de ella, de la pena. Y lo demás es como una carga, el peso del mundo sobre las manos. Maldita la realidad que trepa las ramas cuando ya una lágrima nos hubo alejado hace rato. Uno cae, y se da la cabeza contra las cosas que son y que están, y asà y todo sigue sin pensar. Cuando la tristeza me llega, lo mejor serÃa quedarme en casa y dejar pasar el dÃa, la semanas, los meses y hasta los años (se ha dado el caso) y evitarme las decisiones, porque siempre serán las equivocadas. La tristeza me hace extremista: o me hundo en la inmovilidad o corro buscando un techo para volar. No la vi llegar y aunque no es la primera, me sorprendió como a un novato. ¿Dónde ir? ¿A quién recurrir? ¿Con quién hablar? Recordé al cochero de Chejov, aquél que habÃa perdido un hijo y no tenÃa con quien descargar sus penas. También el médico, otro personaje del escritor ruso, habÃa perdido un hijo y se movÃa como un autómata cuando el marido engañado lo fue a buscar con urgencia para que atendiera a la fugitiva esposa "enferma". Menos mal que Chejov nunca usó la metáfora como un autómata, habrÃa perdido la última fe que me quedaba, la literatura.
A duras penas logró juntar fuerzas para responder a los tÃmidos golpes a la puerta. Qué pasa, dijo, y la voz le pareció espantosa. Una hilera amorfa y pesada de palabras como piedras que caÃan sobre el piso y rebotaban con ruido sordo. Que dice doña Irma que si ya se decidió, dijo la vocecita al otro lado de la habitación. Era el Raulito. Qué cobardes, todos. Mandar a un pobre chiquito a enfrentarlo, a él, nada más que por ser el único a quien nadie iba a defender, nadie saldrÃa a dar la cara por él, el más ladino e inocente de los hijos de Dios. No, todavÃa no, respondió y esta vez la voz casi inaudible se coló por el hueco de la cerradura y le dio seca y arenosa en el ojo de Raulito, que más curioso que amedrentado espiaba al pobre hombre que no se podÃa morir.
Definitivamente algunas veces no se puede pensar, ésa es la verdad. Mis manos temblaban como nunca antes. Y sentÃa un frÃo sin frÃo que hacÃa de mi cuerpo un rÃo en pleno deshielo. Lo sentÃa de verdad, literalmente asÃ, y además sabÃa que la metáfora no era gratuita, cosa que me pesaba todavÃa más. Me hubiese gustado que las cosas siguieran el rumbo normal para tales acontecimientos. Sin embargo los hechos se presentaron tal y cual nos incordiaba y habÃa sido yo el primero en advertirlo. Qué va a pasar cuando alguno de nosotros muera, ¿eh? Qué va a ser de nosotros que añoramos el terruño, que nacimos como el trigo limpio y echamos raÃces con el primer llanto. Qué será de nosotros cuando necesitemos el descanso más que el bonito brillo del verde oscuro de los dólares. Pero nadie me quiso escuchar. Nadie se atrevió a pensar en el verdadero, único y seguro destino que nos espera. "TodavÃa no tenÃamos un muerto", recordé de una vieja lectura. Y acá sà que tenÃamos. Cientos de muertos tenÃamos. Pero a quién le importó unos huesos frÃos. A quién más que a mà y aquà estoy.
Otros golpes a la puerta, más violentos, le advirtieron que ya no era el chico el que venÃa a verlo. Y no se equivocaba. La voz cascada de doña Irma lo sobresaltó a tal punto que lo hubiese matado del susto si no hubiera estado muerto ya. A ver, por qué no se deja de joder y sale de una vez, le grito la vieja con palos en cada una de las palabras. No puedo asÃ, le respondió. No sea chiquilÃn, ¿quiere? No son chiquilinadas, misia, asà no puedo. Déjese de molestar, hombre de dios, que de acá lo llevamos al otro pueblo y bien lindo el nicho que le tienen preparado. Asà no puedo, Irma. Asà no. Bueno, quédese ahà si le da la gana, que a nosotros ya nos jodió bastante la paciencia, el cajón sale para el nicho sin usted, si no quiere, pero por favor, no nos moleste nunca más. Por el amor de Dios, nunca más.
Oà el ruido de la llave clausurando la puerta, los pasos apresurados de la vieja, el murmullo del corro, las discusiones. Los dedos que señalaban hacia lo alto, hacia mi ventana. El coche fúnebre del pueblo vecino que salÃa velozmente hacia la ruta para recuperar el tiempo perdido... Este es mi castigo. Esta sucia promesa de eternidad es mi castigo. Y todo porque yo no querÃa que vendieran el cementerio. Yo no me puedo morirme asÃ, les dije. No puedo. No me creyeron, pero era verdad. Morà y ya ven que no puedo morirme asÃ. Mi dios no es el mismo que el de ustedes, se los dije, se los advertÃ. Pero no me oyeron, no quisieron oÃrme. Y este sucio olvido en la eternidad de mi pueblo es el castigo por ser quien fui.
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