Sáb 29.08.2009

EL MUNDO  › SEGúN LA EXPERTA RUSA EN CONFLICTOS ARMADOS EKATERINA STEPANOVA

“Al Qaida quiere un califato global”

Para la investigadora de Sipri, el renombrado instituto de Estocolmo que investiga el comercio y el tráfico global de armas, hoy en día los grupos armados matan a más civiles que los Estados y los conflictos son más cortos.

› Por María Laura Carpineta

Hace cuarenta años, Ekaterina Stepanova hubiera sido una buena espía. Con un marcado acento ruso, la joven analista habla apasionadamente de armas, guerras y amenazas latentes, como si fuera un personaje de una película de la Guerra Fría. Apenas supera los 30 años, pero conoce como la palma de su mano los conflictos armados de todo el mundo. Puede hablar sin problemas tanto del sudeste asiático y del Golfo Pérsico como de Colombia o México. De su Rusia natal, en cambio, prefiere no hablar. Después de tres años de trabajar para Sipri, el renombrado instituto de Estocolmo que investiga el comercio y el tráfico global de armas, tiene planeado volver a trabajar en Moscú. Prefiere no hacer enemigos de antemano.

Stepanova pasó por Argentina invitada por el Ministerio de Defensa para participar en el congreso de la Saap, la sociedad argentina de politólogos, que se realizó el fin de semana pasado en Santa Fe. En un café cercano a Retiro, la especialista en conflictos asimétricos conversó con Página/12 sobre los distintos tipos de terrorismo y por qué es imposible negociar con un grupo como Al Qaida.

–¿Le sorprendió cuando la llamaron de la Argentina para dar una conferencia sobre terrorismo?

–Más o menos. La verdad es que América latina y Centroamérica no son parte de las regiones más conflictivas del mundo. Tienen la fama de serlo, por alguna razón, pero están lejos de los niveles de violencia de Asia y Africa. En América latina, de todas maneras, seguimos viendo conflictos; algunos convencionales, como los conflictos internos en Colombia y Perú. Pero la mayoría son nuevos tipos de conflictos, principalmente la creciente violencia del crimen organizado, como en Brasil y en México. En México el número de muertos por año equivale como a dos guerras. No hay un conflicto tradicional, porque no hay una lucha por el control del Estado, pero el número de muertos supera con creces a varias de las últimas guerras internacionales.

–¿Cómo se enfrenta a estos nuevos tipos de conflictos?

–La idea tradicional de un conflicto armado incluye, al menos, a un Estado, y eso casi ya no existe. La buena noticia es que en los nuevos conflictos mueren menos personas y también duran menos. Pero la mala noticia es que, como el Estado no representa uno de los bandos, los ataques suelen estar dirigidos a la población civil, en vez de las fuerzas militares. En los últimos ocho años los grupos armados mataron a más civiles que los Estados. Sin embargo, seguimos pensando en las guerras como la guerra de las Malvinas. Ese tipo de guerra casi desapareció. En los últimos cinco años no hubo ninguna guerra entre Estados.

–En estos nuevos conflictos participan grupos insurgentes y terroristas. ¿Cuál es la diferencia entre ellos?

–Para empezar no son mutualmente excluyentes. Por rebelde o insurgente se suele entender la guerra de guerrilla, lo que es un método, una forma de pelear. Los rebeldes atacan a los militares y a las fuerzas de seguridad del Estado, mientras que los terroristas atacan, también por razones políticas, a civiles y no combatientes. El Che, por ejemplo, estaba en contra del terrorismo, de atacar a los civiles, y sólo estaba de acuerdo con atacar a las fuerzas del régimen político. Pero los grupos de ahora combinan los dos métodos, insurgencia y terrorismo. La mayoría de los movimientos anticolonialistas utilizaron los dos tipos de lucha, inclusive los israelíes antes de conseguir el Estado de Israel. Un buen ejemplo es Irak. La insurgencia lucha contra una fuerza ocupante, un objetivo legítimo y hasta reconocido por la misma ONU. Combate a las fuerzas extranjeras y a los soldados y policías iraquíes. Eso es insurgencia. Pero también utiliza métodos terroristas cuando pone una bomba en el medio de un mercado de Bagdad en hora pico y decenas de civiles, sin ninguna conexión política al régimen, mueren.

–En América latina la distinción es política. Mientras que a los insurgentes se les reconoce una lucha con objetivos políticos legítimos, a los terroristas no.

–La idea de que hay grupos terroristas que siembran el terror solamente por el terror mismo es un error, o al menos podemos decir que no existen ejemplos de esa lógica en la actualidad. Lo que sí existe, y creo que es lo que subyace a ese debate, es la especulación y manipulación política que se le da a los términos, especialmente al de terrorismo. Si un grupo no tuviera objetivos políticos se lo consideraría parte del crimen organizado, no un grupo terrorista.

–¿No hay grupos puramente terroristas?

–Son muy pocos. En general son grupos armados que combaten como insurgentes y terroristas, pero al mismo tiempo también participan de la vida política institucional, el trabajo social. Por ejemplo, Hamas. Sólo un diez por ciento de lo que hacen es lucha armada. El otro 90 por ciento son tareas de gobierno en Gaza, asuntos religiosos, sociales, económicos. Pero se lo califica simplemente como un grupo terrorista, porque de esa manera se sostiene que no se puede dialogar con él o buscar una solución consensuada.

–Pero algunos de los llamados grupos terroristas no parecen tener un objetivo político concreto, por ejemplo Al Qaida.

–Claro que lo tienen. Al Qaida aspira a construir un califato global. Es el objetivo más ambicioso desde la internacional comunista. Normalmente el objetivo político de un grupo armado es la liberación de su territorio, la toma del Estado o una reivindicación étnica o religiosa. Pero en el caso de los miembros de Al Qaida, ellos estaban buscando revertir el orden social mundial. A nosotros nos parece una locura, una utopía y para muchos ni siquiera es un objetivo real, pero para los atacantes de las Torres Gemelas, de Atocha y de Londres, están luchando contra el sistema. Ni siquiera Occidente es el verdadero enemigo, el objetivo final; están luchando para instalar un nuevo orden social en el mundo entero y entre sus obstáculos se encuentran las potencias occidentales.

–¿Por qué atrae con tanta pasión un objetivo tan abstracto?

–El mensaje es muy poderoso y por eso tantos jóvenes educados –ingenieros, biólogos, médicos– se unen al movimiento y un día deciden hacer explotar el aeropuerto de Glasgow (Escocia). En un primer momento el mensaje puede parecer muy reaccionario, pero si le prestamos atención se ajusta muy bien a los tiempos que corren. Proponen un nuevo orden social, basado en la región islámica, que organiza todos los aspectos de la vida, desde las relaciones familiares hasta la vida política. No hay distinciones, es una visión holística de la vida. Es como el comunismo, quieren construir un nuevo mundo; y como el comunismo, no es un movimiento transnacional o intergubernamental, sino supranacional. Está por encima de los nacionalismos y los gobiernos. No quieren conquistar los Estados, porque están en contra de la idea del Estado.

–Es casi una visión anarquista...

–Bastante. Los padres de esta ideología estuvieron muy influenciados por los socialistas y anarquistas. Lo que proponía Al Qaida es un mundo sin fronteras, sin Estados, ni gobiernos con base étnica o nacionalista. Por eso las células de estos grupos son tan transnacionales; no les importa de dónde vengas, siempre y cuando estés comprometido con la misión de crear un nuevo mundo. Por eso, mientras los grupos armados con objetivos nacionalistas como Hamas, Hezbolá y los insurgentes en Irak demuestran ser muy pragmáticos por momentos y pueden sentarse en una mesa de negociación, los grupos terroristas transnacionales no pueden ser moderados. Los primeros quieren ganarse un lugar protagónico en el sistema, mientras que los segundos quieren cambiarlo de raíz. Por eso las propuestas que escuchamos ahora sobre impulsar el islamismo moderado para contrarrestar a los radicales no funcionan.

–¿Eso significa que no hay vínculos, alianzas entre los grupos radicales como Hamas y los transnacionales como Al Qaida?

–No, por supuesto que hay conexiones. Por ejemplo, Bin Laden le pagaba a los talibán para que le dieran un refugio. También hay simpatías. Muchos de los grupos armados del mundo celebraron el atentado del 9-11. Pero si analizamos a estos grupos según sus conexiones en el exterior llegaríamos a la imagen distorsionada de que todos tienen vínculos con algún otro grupo radical o armado o reciben dinero del exterior. Pero eso no significa que compartan la misma lucha.

–Desde el 9-11 hay una tendencia a responsabilizar a Al Qaida de la mayoría de los atentados en el mundo. ¿Cómo se distingue un ataque de una célula transnacional?

–Un buen caso fue la última serie de atentados en los hoteles de lujo en India. El objetivo fueron turistas extranjeros, hoteles de alto perfil, no hubo demandas ni se intentó atentar contra miembros del gobierno indio o de una etnia o facción política determinada.

–¿Quién financia un atentado que busca un objetivo casi irrealizable?

–La mayoría de estas células nuevas transnacionales recaudan ellas mismas el dinero. Los responsables del atentado en los subtes de Londres, por ejemplo. Generalmente escuchamos que los musulmanes que planean atentados en Europa lo hacen porque no pueden integrarse económicamente, son discriminados socialmente. Pero la realidad es que los atacantes de Londres eran segunda generación de inmigrantes; habían ido a buenas escuelas, tenían buenos trabajos, eran respetados por sus colegas, recién casados y con bebés. Uno de los atacantes financió los atentados con la hipoteca de su casa y su salario de maestro. Ya no se trata de financiar una red terrorista o un movimiento armado, sino simplemente juntar dinero para un ataque. No es tan caro. 9-11 costó cerca de medio millón de dólares. Con vender una casa en Europa o Estados Unidos es suficiente.

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