Lun 08.07.2002

EL PAíS  › LA ANIBAL VERON, DESPUES DE LOS ASESINATOS DE KOSTEKI Y SANTILLAN

Antes y después del día de la represión

Salen del shock, vuelven a la bloquera, las reuniones, la huerta, la panadería. Reciben solidaridad, sienten la presión policial, buscan un delicado equilibrio entre la desconfianza y evitar el aislamiento. Retrato de un grupo después de un ataque terrible.

› Por Susana Viau

Los efectivos de la comisaría 1ª tienen inquietudes ambientalistas. Por eso, el martes 26, ordenaron: “No respires, negro de mierda, que ensuciás el aire”. Silvio, militante de la Coordinadora Aníbal Verón, lo cuenta con una sonrisa amarga. Está sentado en una de las sillas de la guardería que atiende a 60 chicos del barrio y donde funciona el horno de pan. Hay otro horno, que aún no ha entrado en funcionamiento, de fabricación artesanal, hecho con restos de una vieja heladera. Si ellos no lo explicaran, lo denunciaría el botón de acrílico que se ve a un costado con la marca General Electric. La Aníbal Verón de Lanús es un trípode que se apoya en los barrios Urquiza, La Fe y La Torre, y sobre su gente se concentró ese día una cuota considerable de la represión: llagas abiertas por balas de goma, agujeros producidos por las postas de plomo de las Itakas, dedos quebrados por los tacos de los borceguíes policiales, golpes, zamarreos, insultos. Y los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Sobre todo a causa de esas muertes hay para la gente de la Aníbal Verón un antes y un después del 26 de junio: lo marca la foto de Santillán, que es lo primero que se ve desde el portón de la guardería. Están retomando las tareas. Regresan a la herrería, a la bloquera, a los talleres, a la discusión. Salen lentamente del shock. La muerte siempre provoca desconcierto y el duelo no es sólo un sentimiento individual.
Los militantes de “la Verón de Lanús” se turnan para recibir a los visitantes que llegan a darles su solidaridad. Vienen de la Capital, de las asambleas, de otros puntos del Conurbano. Ellos invitan con mate, con pizza o factura cocinada en los hornos y los llevan a recorrer sus lugares de trabajo. Es una manera de dejar claro dónde siguen puestos los esfuerzos. “Esto nos reconforta –dicen y es probable que no sea una fórmula de cortesía–. A partir de esta desgracia nos abrimos a otros sectores de los que antes nos resguardábamos.” La intensidad del trasiego parece indicarles que, por el momento, la operación quirúrgica que, el 26, intentó desconectarlos del tejido social, satanizando las hondas y los rostros cubiertos, ha naufragado. De todas formas, ese es todo un tema en sus charlas. Se trata de establecer un delicado equilibrio entre la necesidad de protegerse y el prejuicio o los fantasmas agitados por una parte de los medios. “En un corte, en Auchan, fui sin pañuelo –relata un joven de La Torre– y después sirvió para que un puntero de la zona atacara a mi familia diciendo que era una familia de piqueteros.” “La cuestión de las capuchas es un símbolo, pero al principio, cuando comenzamos a luchar más fuerte, durante el gobierno de De la Rúa, empezaron a hostigarnos. A mí me amenazaron tres veces, la última a punta de pistola. Yo pensé que estaban decididos a matarme. Hace poco a un compañero lo balearon en el pecho”, apoya Luis Salazar, el primero en instalar en el barrio la idea del Movimiento de Trabajadores Desocupados, el nucleamiento del que participa la Verón.
Las razones para resguardar la identidad se acumulan: “Cuando mataron a la gente de Mosconi, reaccionamos rápido y fuimos a la Casa de Salta. A un compañero, el Colorado, lo identificaron tirando una piedra y lo procesaron”. Tienen evidencias todavía más recientes de que la cacería del Puente Pueyrredón no fue el final de una escalada: “El 3 de julio acá, en Lanús, desde un coche con gente de civil balearon a un compañero que venía para la marcha. Le tiraron con silenciador. Pero eso quedó confundido con el asalto a un banco en Remedios de Escalada”. Florencia, una coordinadora de La Fe, duda de que la confusión haya sido casual. Estos piqueteros mantienen con la prensa una relación ambivalente, entre el reconocimiento y la desconfianza: “Hay periodistas y periodistas –interviene Silvio–. Cuando murió Darío, nos habló uno de Ambito Financiero para preguntarnos con qué financiábamos los sofisticados equipos de comunicación que teníamos. ¡Sofisticados equipos! ¡Si no tenemos ni celular! Habían matado a Darío y nos llamaban para eso. Lo mandé a la mierda”.

Adiós al amigo
El nombre de Darío asoma una y otra vez en las conversaciones. “Darío estaba organizando la juventud piquetera”, señala Florencia cuando explica que, contra lo que se escribe, los jóvenes son la minoría. “Se ven más, parecen más porque van al frente de las marchas, porque son ellos los que aguantan para proteger a las mujeres y a los chicos si hay represión.” También está presente en el racconto de las historias que cada uno registró y guarda de la jornada más difícil: “Había un muchacho que estaba con mucho miedo. Mientras corrían, Darío lo abrazó y lo animó: ‘Yo también tengo miedo’, le dijo”. Los más veteranos de la Verón de Lanús saben que aceptar la normalidad del miedo es cuestión de educación y saben también que el miedo se educa.
Y la educación es una pieza clave en esta estructura de 17 barrios, funcionamiento asambleístico y práctica horizontal. Un cartel colgado de uno de los muros del local indica a los principiantes cómo es la dinámica de una asamblea: escuchar opiniones, levantar la mano para hablar... ¿Y la política? “La política se discute en una mesa semanal con los compañeros elegidos en cada asamblea.” Para todos están los talleres de formación una vez a la semana. “Se trabaja mucho el respeto a los compañeros, el no creerse dirigente, algunos elementos básicos de economía.” La cronista, a esta altura, cometerá una estupidez:
–¿Qué se lee en los talleres? –pregunta.
–Bueno –contesta Florencia, condescendiente–, hay muchos compañeros que no saben leer. Hacemos juegos, representaciones, traemos fotos, siempre con un eje y una problemática. Al final de cada taller se saca una conclusión. Los compañeros lo hacen. Nosotros solamente coordinamos, no orientamos la conclusión.
Sobre una repisa, hay una imagen de la Virgen. A metros del local se levanta un templo evangélico. Es casi mediodía y los vecinos del barrio, los que dan cuerpo y hacen multitudinarias las marchas organizadas por los piqueteros, empiezan a arrimarse al local. Esperan con paciencia que los militantes de la coordinadora terminen de atender a sus huéspedes. Al salir, este diario los saluda uno a uno. Cree escuchar que el primero ha pronunciado la palabra “bendición”. Los restantes despejan las dudas. “Que Dios la bendiga”, la despiden.

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