Sáb 02.02.2002

EL PAíS • SUBNOTA  › OPINION

No es lo mismo “grave” que “golpista”

Por Mario Wainfeld

La primera, perpleja sensación que dejó el discurso del Presidente es que quedó inconcluso. Eduardo Duhalde lo fue hilando en tono coloquial, fue planteando su punto con claridad. Marcó acá y allá críticas severas. Primero a una economía “especulativa, rentista, financiera, usurera”. Luego a los creadores del corralito a quienes cuestionó con un elegante recurso verbal, el de mencionarlos sólo por sus apellidos “Cavallo y De la Rúa” sin doctorearlos ni aludir a sus respectivos cargos. Luego a la Corte, responsable de un fallo “muy grave” que –conforme una reiterada metáfora presidencial– sólo puede servir para detonar la bomba de tiempo.
Pero cuando el discurso parecía –antes bien, debía– desembocar en una crítica más precisa y en la designación de que haría el gobierno al respecto, sencillamente terminó. Quedó claro que el Presidente está en desacuerdo con el fallo de la Corte Suprema que declaró inconstitucional el corralito y aún con sus firmantes pero no cómo ha de enfrentar sus consecuencias.
La interpretación oficial del fallo es muchísimo más dura –cabría decir cualitativamente distinta– que lo que expresó el Presidente ante la prensa, en Olivos. Se cifra en dos palabras: “golpe institucional” que repitieron a Página/12 dos ministros y un secretario de Estado. La misma expresión utilizó Duhalde cuando se comunicó con la Mesa del Diálogo (ver asimismo nota central). “Nos quieren llevar puestos” graficó una de las fuentes a este diario.
A partir de ahí las interpretaciones se bifurcaban, un poquito. En algunos pasillos de la Rosada se daba por hecho un acuerdo político entre los Supremos y Carlos Menem. “Esto es una turcada” simplificó, coloquial, un funcionario que supo trajinar los mismos confines durante el gobierno menemista. “Menem ha hecho declaraciones gravísimas, tanto que hasta el propio Rubén Marín lo criticó. Pero de ahí a que haya estado en esto... me resisto a creerlo” se interrogaba una primera espada del gabinete que también conoce bien al riojano... pero no descartaba del todo la posibilidad.
En cualquier caso, con Menem o sinmigo, todos en la Rosada coincidían, por la tarde en la necesidad de doblar la apuesta contra el “golpismo”. “Duhalde tiene que pedirles la renuncia. Decirles ‘o renuncian ellos o me voy yo’” sugería un funcionario. “Hay que convocar al Congreso para mañana (por hoy) e iniciar el juicio político” redondeó otro, también de primer nivel. El Presidente, parece, compartía esa visión.
Los Supremos: Larga razón tiene el gobierno en atribuir mala fe e irresponsabilidad institucional a la Corte. La decisión, tomada un viernes, en vísperas del anuncio del plan económico y del viaje de Jorge Remes Lenicov a Estados Unidos, revela la catadura del Tribunal y su olímpico desdén por la perduración institucional de la Argentina. Han puesto en riesgo la propia sobrevivencia del gobierno en un momento delicadísimo. Y lo han hecho, todo lo indica, pensando solo en su propio pellejo y como una respuesta brutal al juicio político que se les venía encima, que procuran gambetear. Y al descrédito feroz que ya se les vino y que jamás evitarán. El cacerolazo nocturno reveló que su manotazo de ahogado no cambió las demandas de “la gente”: los cortesanos deben ahuecar el ala.
¿Obraron solo por temor o como parte de una conspiración dolarizadora? Es difícil saberlo, hoy y aquí. Pero queda claro que, objetivamente, la decisión favorece –si es que no determina– un escenario de dolarización compulsiva, y concentración del sistema financiero. Justo, justo lo que pretenden Carlos Menem y Emilio Cárdenas.
“Estaban muertos de miedo. No podían tomar esta decisión ni ninguna” dice un funcionario del área de Seguridad al que los Supremos cada día le pedían más custodia, cuando no mano dura con los manifestantes. Página/12 ya contó el domingo pasado que rehuían reunirse dos o más de ellos por recelo a los escraches. El quinto cacerolazo en su contra, con la concurrencia in crescendo, el avance del trámite parlamentario del juiciopolítico, el crecimiento del tema en los medios (que los cortesanos atribuyeron a manes del gobierno) han de haber acentuado la pavura.
Fuera producto del miedo, fuera producto de la conspiración, los Cortesanos causaron un terremoto institucional, que crea un escenario netamente favorable a la banca extranjera.
En la Rosada, siesta: El día anterior a que la Corte detonaba la bomba un sector importante del gobierno discutía sobre la Marcha de la Esperanza, lo que –a la luz de las circunstancias– era una versión bonaerense del debate bizantino acerca del sexo de los ángeles.
“El martes Jorge Vanossi le aseguró a Duhalde que la Corte no iba a dictar el fallo en estos días” asegura una razonable fuente del ejecutivo y acomete luego un análisis –entre impiadoso e irrepetible– sobre la capacidad de gestión de los radicales. No le falta razón en el juicio genérico, pero debería perfeccionarlo asumiendo que fue Duhalde quien convocó al constitucionalista de la UCR. Y lo cierto que Vanossi nunca se destacó por tener una especial llegada a los jueces de la Corte. Ni por tener especial disposición por confrontar con ellos. Hombre de la corporación judicial, seguramente se identifica mucho más con ellos que con las movilizaciones masivas que reclaman otra justicia.
La desinformación fue tal, que a media mañana, cuando el fallo ya estaba en el disco rígido de la Corte en el Gobierno todavía se creía posible una negociación con el Tribunal. La falta de respuesta oficial precisa al misil de los cortesanos tiene como uno de los responsables calificados al distraído ministro de Justicia.
“No soy un presidente débil”. Lo dijo Duhalde, casi silabeando dé-bil, cerrando su discurso. Cabe reconocerle que –durante toda su alocución– logró algo que De la Rúa jamás alcanzó: parecer un Presidente, hablar con jerga llana, hacerse entender, ir con su discurso a algo concreto.
Mas, el peronista reiteró un pecado del radical: decidir que la fuerza se demuestra aludiéndola, cuando en general brota de los hechos, de las medidas, de las decisiones. También de decir –si no todo lo que piensa– algo bastante parecido, sobre todo en situaciones límite. Un “golpe institucional” (que es lo que el gobierno, con Duhalde a la cabeza, piensa que está ocurriendo) no equivale a una sentencia “muy grave”. Ni siquiera la “intencionalidad política” que menta Carlos Soria (ver nota central) designa con precisión al golpismo.
Una situación golpista requiere definiciones más drásticas y reacciones más enérgicas. La metáfora duhaldista sobre la bomba de tiempo viene a cuento: el mero correr del reloj puede producir la explosión. Ayer, mientras el Gobierno estaba en otra, la Corte jugó muy fuerte. Un viernes negro, el enésimo que paren el sistema político y la economía nativas. Todo indica que antes del lunes debe haber una condigna respuesta política.
Esta Corte Suprema ha causado mucho daño a las instituciones argentinas. Hace muy poco tiempo, menos de tres meses, liberó a Carlos Menem con el aval tácito de los dos partidos de la coalición que ahora gobierna el país. Ahora genera una situación irresoluble, explosiva, creando un conflicto de poderes en busca –sin duda– del imposible de mejorar su reputación. No es sencillo saber qué respuesta debe darle el gobierno, pero es claro que debe ser muy dura, sin precedentes y muy presto.
“Vienen por nosotros” llegó a decir Duhalde ante oídos muy fieles, mientras caía la tarde en Olivos. A la luz de ese diagnóstico vespertino, más inconcluso sonó su discurso de la noche.

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