Dom 08.09.2002

EL PAíS • SUBNOTA  › TORCUATO S. DI TELLA *

¿Abstención revolucionaria?

Por qué votar en blanco, o anular el voto? O, redoblando la apuesta, ¿por qué declarar la abstención? Hipólito Yrigoyen lo hizo por muchos años, como estrategia para deslegitimar el sistema (lo que es obvio) y para crear ambiente para una rebelión armada por parte del algún sector del Ejército, acompañado de una insurrección popular (lo que es menos obvio pero verdadero). Esto es lo que había ocurrido con los intentos revolucionarios en 1893 y luego en 1905. El régimen roquista realmente tambaleaba ante esa amenaza, que en otros países de la región también se daba y a menudo estallaba en guerras civiles, como en Uruguay con Aparicio Saravia (1896 y de nuevo en 1904). Más gravemente, ocurrió en México en 1910, lo que señalaba para la alarmada opinión pública argentina una posibilidad (o una esperanza) muy documentada en la prensa de la época. La Argentina era distinta, sí, pero ¿cuán distinta? ¿Y por qué la diferencia hacía que aquí las posibilidades revolucionarias fueran menores?
Bueno, no hay que alarmarse: desde entonces pasó mucho tiempo, estamos ya en el siglo XXI. ¿Acaso estamos mejor? No, estamos mucho peor. Hay quien dice que las revoluciones ya no ocurren más. Eso ya se decía a fines del siglo XIX, y el que lo decía era nada menos que el mismísimo Federico Engels, que por eso recomendaba salidas reformistas, aun a sabiendas de que el sistema era tramposo. Y la historia (que él no pudo ver) demostró que se equivocaba, que las revoluciones sí eran posibles, y muchas, tanto por izquierda como por derecha.
¿Pero entonces los abstencionistas son potenciales revolucionarios (o golpistas)? Bueno, sí, quizá sin saberlo, o sabiéndolo, lo son. Se me dirá que no hay que magnificar las cosas, que simplemente quieren generar condiciones en que la bronca popular se vaya engrosando, como bola de nieve, que al final obligue a las autoridades existentes a abrir las compuertas en mayor medida en que ahora lo hacen. ¿Pero cuánto más abiertas quieren que estén, si hay libertad de organización y de formar todos los partidos que se quiera, de los que hay toda una variedad? Nadie piensa seriamente que va a haber fraude ni que, en caso de darse una mayoría opositora al sistema, se va a dar un golpe de Estado. Esto último, claro está, es más probable que lo primero, pero no hay que gritar “¡lobo!” antes de que éste aparezca. Y no se me diga que van a hacer alguna otra trampa, como la lista sábana, o la ley de lemas. Ninguna de las dos es una trampa: podrán ser buenas o malas, pero son formas plausibles de expresar la voluntad popular, aparte de que les convengan más a algunos partidos que a otros. Dicho sea de paso, el día que la gente se entere de cómo es el sistema de circunscripciones uninominales van a pedir a gritos que vuelvan las sábanas, que son la única forma de dar representación proporcional a las minorías.
Lo que tienen que hacer los que piensan en anulación de voto o abstención es decidirse a organizar fuerzas alternativas, de oposición al sistema sin duda corrupto e injusto que nos gobierna. La vía revolucionaria violenta no debe ser —analizada sociológicamente — rechazada de plano, aunque no es de buen gusto proponerla. Las revoluciones ocurren, han ocurrido bastante a menudo en la historia, y además la historia no “terminó”, a pesar de lo que diga Fukuyama u otros gurúes. Pero lo que pasa es que en la Argentina varios intentos han fracasado, en particular el protagonizado por la versión montonera del peronismo, y desde ya las de la izquierda marxista. Cierto es, se puede intentar de nuevo, pero no es realista pensar que las condiciones están dadas. En otros países, como Brasil, Chile y Uruguay, se está formando una izquierda cada vez más claramente orientada hacia la estrategia reformista, aun consciente de las dificultades que ésta va a enfrentar una vez en el gobierno, jaqueada por el poder plutocrático nacional e internacional. Lo que hay que hacer es adoptar también nosotros esa política, que se está difundiendo en el Cono Sur, pero conscientes de quela cosa no depende de imágenes televisivas ni de meras mayorías electorales, sino de la fuerza organizada del pueblo. A Lula le llevó veinte años, sembrados de experiencias graduales, en sindicatos, gobiernos municipales y estaduales, y en los órganos legislativos. Eso es lo que hay que hacer, poniendo prioridad en la organización, incluyendo por supuesto la lucha electoral, dejando de lado fantasías, o estrategias de confrontación total que sólo en condiciones muy peculiares pueden tener éxito.
* Sociólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires

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