Jue 24.06.2010

PSICOLOGíA  › LA CHICA QUE NO TOMABA LA MEDICACIóN CONTRA EL VIH

Una niña se deja morir

Una niña de 14 años, que tenía el virus del sida –trasmitido en el nacimiento–, se negaba a tomar los medicamentos: su historia permite advertir hasta dónde es importante “ser alojado en el deseo de otro” y señala la factibilidad de que, en un tratamiento en hospital, se aborden las cuestiones más íntimas y centrales de una persona.

› Por Andrea Homene

Intentar practicar el psicoanálisis en el marco de la urgencia es siempre un desafío. Más aún cuando dicha urgencia está determinada por la posibilidad del deterioro físico o muerte del paciente. Si a eso le sumamos que el paciente tiene apenas 14 años, la tarea, imposible desde Freud, adquiere una dimensión vertiginosa. Sin embargo aquí estamos, trabajando con la niña E. Llegó a la consulta luego de un año de tratamiento con una colega que intentó vanamente que E. tomara los medicamentos antirretrovirales para fortalecer su sistema inmunológico jaqueado por el VIH, que contrajo por vía perinatal. Es la mayor de seis hermanos y la única infectada por el virus. Su madre nunca tomó las precauciones necesarias para reducir el riesgo de transmisión, a pesar de conocer su condición de VIH positiva. El padre, fallecido hace seis años, alcohólico y adicto, es para E. un vago recuerdo. Apenas lo evoca para decir que “él no tomó nunca la medicación y se murió”.

Cuenta que en su anterior tratamiento no tenía espacio para hablar, ya que la pregunta acerca de si había cumplido con la indicación médica la silenciaba y la referencia a la inminencia de la muerte, “consecuencia de su capricho”, no hacía más que cristalizar su férrea oposición a cualquier tratamiento. “Si no tomás los remedios te vas a morir”, “Si te querés morir para qué venís”, “Te vamos a internar en un instituto de menores; allí, cuando te cagues y mees encima, nadie te va a limpiar”, eran algunas de las intervenciones “terapéuticas” a las que E. estaba acostumbrada. Afortunadamente E. comenzó a angustiarse frente a estas intervenciones y a negarse a concurrir al centro asistencial.

Fue así como su madre acudió, en compañía de su nueva pareja, al consultorio de infectología en el hospital donde yo trabajaba. Desesperada, comentaba que no sabía qué hacer con E.: “No le encuentro la vuelta, no entiendo por qué mi hija se quiere dejar morir”. Interrogada acerca de su tratamiento, estalló en llanto y balbuceó que nunca se trató “porque si no lo hago es como que no estoy infectada”. Con su nueva pareja ya tuvo dos niños, lo que evidencia que tampoco él toma precaución alguna para evitar un contagio. Le indico que debe consultar al médico y a un psicólogo y acepto entrevistar a E.

Llega extenuada a la primera entrevista. La falta de dinero obligó a la niña a caminar bajo la lluvia 25 cuadras para llegar al hospital. Pero quiso concurrir. La escucho, a pesar de que es muy difícil dejar de mirarla, ya que su cuerpo se empeña en desmentir su edad. La malnutrición crónica estacionó su crecimiento, siendo su aspecto el de una niña de ocho o nueve años. Pero además saco cuentas, y ésa era la edad que E. tenía cuando murió su padre. Primera pregunta que me formulo: ¿cuánto de E. se fue con él?

E. se interroga acerca de la razón por la que ella se contagió y sus hermanos no y critica a su madre por la falta de cuidados. Le pregunto por sus planes, dice que quiere ser arquitecta; su abuelo le dijo que hay que estudiar mucho pero a ella le encanta estudiar. Dice que cree que tiene que hacer tratamiento para tomar las pastillas. Señalo que el tratamiento es para que pueda ser arquitecta. Sonríe y responde: “Me gustó hablar con usted. Nadie me habló así”.

A partir de ese primer encuentro se suceden las entrevistas, que invariablemente comienzan con E. apesadumbrada, temerosa, confesando que no tomó los medicamentos. Le pregunto por qué me lo dice y contesta que supone que es lo que quiero saber. Reduciendo el deseo a la demanda, supone que es “eso” lo que quiero de ella. Me encojo de hombros, se reinstala el enigma. Pretendo correr el eje de la cuestión e indagar acerca de los motivos que conducen a E. a esta especie de anorexia medicamentosa.

En sus relatos E. critica duramente a su madre, a quien le supone interés por sus dos hijos pequeños e indiferencia por los demás, ella incluida. La acusa de privarla, de no ocuparse de su comida, de castigarla con penitencias absurdas, de no amarla. E. no está tan errada: su madre confiesa que trata de ocuparse de sus hijos pero: “No logro sentir nada por ellos”. Se declara cansada e impotente. Reconoce que utiliza la negativa de E. a tomar los medicamentos como argumento para justificar todo aquello que no está dispuesta a hacer por ella: festejarle el cumpleaños, ir a verla al acto escolar, permitirle asistir a los bailes con sus compañeros, etcétera. Este engaño parece ser el cimiento sobre el que se construye la creencia de E.: los medicamentos son el instrumento para agujerear a una madre que no la aloja en su deseo. Supone que eso, que los tome, “le hace falta” a la madre. Cree, lo dice, que si muere le va a provocar dolor, que la madre la va a extrañar. Procura vanamente una sustracción al goce materno.

Parece decidida a ofrendarse sacrificialmente en el intento de ser su falta.

En procura de hacer vacilar su certeza, le señalo esta posición y desaliento su ilusión: lo que la madre no puede no tiene arreglo y su desafío es sostenerse prescindiendo de ella. Advierto que hago una fuerte apuesta a la transferencia, confiando en que ésta va a evitar el acting-out (conducta impulsiva, en la que el sujeto actúa en lugar de recordar), posible consecuencia de una intervención que devela la imposibilidad de hacerse alojar en el campo del deseo materno.

Es en este punto donde la urgencia precipita una maniobra, por cierto plagada de riesgos, que en otras circunstancias habría sido demorada o evitada. Los tiempos del cuerpo son mucho más breves y acotados que los tiempos subjetivos. Cada día que pasa, la carga viral aumenta, las defensas disminuyen, las enfermedades oportunistas aparecen –la niña padece neumonía–. Le comento que evaluamos con la pediatra la posibilidad de internarla, dado el avance de su enfermedad, y le reitero nuestra firme decisión de garantizar sus tratamientos.

Luego de esa entrevista, E. comenta que desde hace unos días está en casa de una tía, quien se había ofrecido a llevarla con ella. Describe con entusiasmo su nueva habitación, refiere como novedad: “Ahora como todos los días y empecé a tomar los medicamentos”. La pediatra me comenta que está evolucionando favorablemente.

La madre me dice que ella no quiere que yo piense que se la sacó de encima. No pienso. No juzgo. No hay manera de crear lo que no existe, no es posible inventar el deseo. Sólo intento que no impida que E. se procure otros recursos.

No hay que olvidar que E. contrajo el virus en el vientre materno, trasmisión de baja probabilidad en madres que efectúan tratamiento durante el embarazo, pero de alta probabilidad si la madre no se trata. Si esta madre rechazó la posibilidad de disminuir el riesgo de contagio a sus hijos, la libidinización de los mismos está puesta en cuestión desde el principio. El fracaso de los tratamientos anteriores se centra a mi entender en dos aspectos fundamentales: por una parte, en el hecho de no poder escuchar a E., probablemente ensordecidos por la desesperación que el paso del tiempo provoca en los casos en los que, como en éste, es la vida misma la que está en juego; y, por otra parte, en la condena a la desatención materna, como si partieran del supuesto de que, si hay un niño, hay una madre.

El psicoanálisis advierte que nada de esto se produce naturalmente, que la posibilidad de existencia de una madre deseante escapa por completo a las leyes de la biología y la genética. Sabemos que la constitución de ese espacio en el campo del deseo depende de la intervención del significante del Nombre-del-Padre en la madre. Esta madre, precariamente constituida, sólo puede hacerles lugar a sus dos hijos más pequeños, en la medida en que el padre de éstos está presente. Los cuatro restantes quedan por fuera de su deseo, lo cual es advertido por ellos, que pugnan por cambiarse el apellido adoptando el de la nueva pareja de la madre. Por otra parte, estos niños nunca fueron reconocidos por su padre biológico, a pesar de que éste estaba casado legalmente con la madre de E., cuya familia nunca lo aceptó.

Es en este contexto que E. goza más de lo que desea, se aferra a la enfermedad como último bastión en su batalla a muerte. Sostiene al padre por la vía de la identificación con el objeto perdido, reconociéndolo en sus propios actos y recordándoselo a la madre al mostrarle su deterioro y su negativa a tratarse.

Melancolizada, poco le importa vivir. Sólo a partir de la intervención de un Otro que la aloja puede, apenas, ingerir sus medicamentos, pero su modo de instalación resulta tan precario que cualquier muestra de desamor puede volver a arrojarla fuera de la escena, y dejarla una vez más al borde de un abismo del que le es muy difícil escapar.

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