Jue 21.07.2011

SOCIEDAD • SUBNOTA  › INGRID SARCHMAN, INVESTIGADORA

“Ya no se ve como banal”

› Por Soledad Vallejos

Hay que encajar. Tanto si es un debut como si se trata de un relanzamiento o simplemente un estar ahí, lo que cuenta en la vida cotidiana es disponer de la herramienta básica: una apariencia relativamente estandarizada capaz de aceitar las relaciones sociales en un mundo que se acostumbró a no ver la vejez. Y quizá porque si natura non da, el quirófano presta, las cirugías plásticas se fueron volviendo usuales. Tanto, cree la investigadora y docente de la UBA Ingrid Sarchman, del grupo editor de Artefacto. Pensamientos sobre la técnica (www.revista-artefacto.com.ar), que las intervenciones se vuelven más y más accesibles cada año, a extremos impensados hace apenas una década. Hace poco, una estudiante empleada en una cadena de tiendas de ropa le contó que esa empresa pagaba a cada empleada un plan de salud que incluye la cirugía estética entre sus prestaciones. “Me decía esta estudiante que todas sus compañeras aprovechaban y se operaban las lolas. Era algo común, entre ellas salía cada tanto la conversación de ‘¿y vos cuándo te la hacés?’”.

–¿La cirugía estética es un insumo más de la vida cotidiana?

–Sí. Y hay que notar el tema de las clases sociales. Antes, las cirugías eran privativas de las personas con mayor nivel adquisitivo, o del mundo del espectáculo. Y ahora una empleada de esa cadena, sin desprestigiar, pero que es una chica con un sueldito, también puede. Que todas esas personas tengan acceso a esa operación también da cuenta de algo que se normalizó. Que en un trabajo vos tengas cobertura médica es esperable, hay leyes laborales que lo indican. Pero que te garantice una práctica médica que no es preventiva ni curativa, sino meramente estética, es cambiar el paradigma de qué entendemos por medicina. He escuchado también de casos en que los ginecólogos, a las mujeres que han sido madres, les recomiendan operarse, para recuperar la apariencia anterior a amamantar. Llegan a decir que es para reconstituir el tejido, pero eso es mentira, porque en realidad se trata de poner siliconas. Pero en algún sentido, ese tipo de argumentos lo que hace es quitarle cierto tono de banalidad a la operación. Está más relacionado con la estética de una época.

–¿Cuál es esa lógica?

–Por un lado, tiene que ver con responder a ciertos cánones de belleza. La gente que se hace algo, en líneas generales, elige operaciones que no se noten mucho. Son operaciones que hacen que puedas circular mejor socialmente, pero no con exageración. Hacerte más atractiva. Se lo toma como hacerse el blanqueamiento de dientes, o teñirse, como algo más leve.

–También hay modas. Antes era más frecuente operarse la nariz.

–Sí, y precisamente se hacía en la adolescencia, que es cuando empezás a circular socialmente. Eran regalos en ese sentido: para ser más linda, encajar en cánones de belleza, ser deseada en esa circulación social...

–¿Como algo iniciático?

–Sí, como modos de ingreso en la vida adulta. No es casual que aparezcan en esos momentos clave. Ahora, cuando las chicas cumplen 15, muchas veces piden operarse las lolas en lugar de la fiesta. Antes, la tradición era la presentación en sociedad; ahora, es la adecuación de ese cuerpo.

–¿En qué momento las cirugías empezaron a ser accesibles de modo tan amplio?

–Diría que hace 15, 20 años, no mucho más. Antes era algo más exclusivo, de a poco se fue ampliando. Creo que tiene que ver con la expansión de los medios de comunicación: cuanta más visibilidad tienen quienes están de un lado, mayor es la posibilidad de que se imite ese modelo. Esas operaciones, por otra parte, hace 30 años eran más caras; ahora la técnica se va mejorando, abaratando, y también hay más especialistas. Y con los diversos programas de televisión que tienen por escena la medicina, entrar en el quirófano también tiene glamour a esta altura. En algún sentido, todo contribuye a volver más socialmente aceptable lo ya accesible.

–¿Argentina es terreno especialmente propicio para estas tendencias?

–Sí, hay un público, pero que responde a un canon de belleza estandarizado, y que viene en un paquete junto con la dieta, el gimnasio.

–En el largo plazo, ¿esto seguirá expandiéndose?

–Sin duda. Y hay algo que se puede pensar históricamente: las cirugías estéticas empiezan a ser desarrolladas para atender a heridos de guerra. Después, pasó a este otro uso. Lo mismo pasa con la técnica de Pilates. Digo: antes, la técnica era para unos pocos; ahora es cada vez más accesible. Esta posibilidad creciente de acceso a esa técnica es, también, lo que pasa en Argentina. Pero ese acceso no es invasivo: pareciera ser una práctica común. Está ligado a verse mejor, a cuidarse: vas al psicólogo, al gimnasio, salís con amigos, te hacés una cirugía. Hay como una naturalización de la posibilidad de manipularse. Y no se lo refiere como superfluo, como banal. Y esto no se revierte. En algún sentido, lo que tenés que hacer es morirte joven. El ejemplo es Mirtha: no importa cuántos años tenga, sino que al morir no sea decrépita, sino simplemente una persona mayor. La muerte por vejez no existe más. El problema no es morirse, sino envejecer. Y esto no sólo no va a revertirse, sino que cada vez más vamos a no tener edad. No es un planteo moralista, cuidado, sino sólo notar que hay un paradigma diferente.

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