Dom 16.05.2010
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AGRO › PLAN ESTRATéGICO AGROALIMENTARIO Y AGROINDUSTRIAL 2010-2016

Micropolítica de los megaplanes

El Plan Estratégico Agroalimentario es una iniciativa para plasmar políticas de desarrollo regional que trasciendan el exclusivo componente del tipo de cambio competitivo para impulsar los circuitos productivos. Fortalezas y restricciones de ese proyecto.

› Por Claudio Scaletta

Tras la sacudida electoral, la actual administración demostró una y otra vez que no pierde la iniciativa política. La sucesión de anuncios es aun más potente frente a una oposición catatónica que carece de propuestas integrales y cuyo empuje no puede ir más allá de la obstrucción parlamentaria o el pedido de bajas impositivas para los sectores más privilegiados. En este marco, el “Plan Estratégico Alimentario y Agroindustrial 2010-2016” (PEA) anunciado oficialmente esta semana es un nuevo capítulo. La lógica binaria de la actual realidad política limita la crítica que no se inscribe en esta dinámica. Sin embargo, puede ser un ejercicio interesante observar algunas asimetrías entre grandes anuncios y resultados.

El PEA es un esbozo para el diseño de políticas de desarrollo regional que trasciendan los componentes tácitos de la macroeconomía. Dicho de otra manera: la única política regional consistente en la post convertibilidad fue el tipo de cambio competitivo. El componente cambiario fue la condición necesaria para el despegue de muchos circuitos del interior que, como bien saben sus actores principales, fueron llevados al borde de la extinción durante la convertibilidad. Sin embargo, como fue señalado por muchos investigadores y como enseña la teoría económica, el crecimiento no es desarrollo, cuestión que fue desarrollada en esta columna la semana pasada. En muchas regiones se produjo una consolidación de enclaves exportadores con distintos niveles de derrame de acuerdo con el efecto multiplicador “natural” de cada una de las producciones. Por ejemplo, no es lo mismo el efecto multiplicador en la economía regional de una actividad exportadora intensiva en mano de obra, como es el caso de la fruticultura o la vitivinicultura, que de otra que prácticamente prescinde de esta mano de obra, como es el caso de los cultivos sojeros y el complejo oleaginoso.

En este contexto parece inscribirse el PEA. El ministro Julián Domínguez señaló que la misma creación del Ministerio de Agricultura tuvo por objeto abrir un espacio institucional para que los actores “contribuyan a pensar el sector, identificar problemas y proyectos y discutir sobre la gestión y los instrumentos necesarios para resolverlos y ejecutarlos”. El PEA se propone como una creación colectiva de los actores a la que se sumará el aporte de las universidades nacionales. Los funcionarios de Agricultura señalan también una cuestión de vieja data: terminar con los subsidios como instrumento de canalizar aportes nacionales a las economías regionales y reemplazarlos por la financiación de proyectos. Desde la perspectiva teórica y desde la lógica de la construcción de políticas, el PEA no puede generar más que entusiasmo.

Luego se presentan los escollos que ofrece la realidad. Sucede que en muchas regiones estos planes, estratégicos, integrales, participativos, o como se los haya llamado en cada economía, ya existen, se elaboraron, se recorrió el largo y complejo camino de la participación y la construcción de consensos. Y es más, en algunas regiones hasta ya fueron anunciados in situ por la Presidenta. Un ejemplo es el PFI, el Plan Frutícola Integral, lanzado por Cristina Kirchner en 2008, donde todo fue muy participativo, muy de construcción horizontal hasta que llegó el momento de distribuir los recursos. Entonces intervino la política y los recursos se manejaron discrecionalmente. Quizá éste sea un ejemplo extremo. No todos los planes terminaron tan mal, los hubo más exitosos, como fue el caso del sector vitivinícola y la creación de la Coviar. En líneas generales, estos planes “integrales” vienen de la época de Roberto Lavagna en Economía y emergieron de la voluntad supuesta de terminar con los mecanismos clientelares atando los fondos a programas “estratégicos” de desarrollo de las cadenas de valor.

Los resultados conseguidos hasta el momento por los distintos planes regionales inducen a sumar a la construcción participativa una segunda cuestión: como en cualquier organización, pública o privada, para ejecutar los planes no se cuenta necesariamente con un dream team. Dentro del Ministerio de Agricultura, el área de Economías Regionales es un ejemplo de ello. El objetivo del PEA parece ser integrar todos los planes, preexistentes o no, en un solo capítulo, resta ver si los actores que lo conducirán repiten o no las historias recientes

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