Mié 23.06.2010
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OPINIóN

El adiós a Carlos Monsiváis

› Por Roberto Follari *

Murió Carlos Monsiváis. Poco les dirá esto en Argentina a los que no son “argen-mex”, excepto quizá a algún estudioso de comunicación o de literatura. Pero quienes hemos alguna vez estado cerca de la cultura mexicana sabemos de su calidad intelectual y su rigor, de su extraordinaria data como narrador de la cotidianidad, de sus implacables observaciones de cronista. Y recordamos sus largas columnas llamadas “Por mi madre, bohemios”, y luego las que hiciera en el diario Uno más uno, al comienzo de los ochenta.

Y si México es un país de asombros para quienes no conocíamos previamente las culturas indígenas y mestizas, también asombro encontramos en las narraciones siempre sutiles, irónicas, inesperadas que desplegaba Monsiváis. Desde la vida en las vecindades a la subcultura de las pulquerías, desde las vedettes de tugurios a los niños bien de universidades privadas, desde las canciones machistas o líricas de José Alfredo Jiménez a la vida apretada en las estaciones y los vagones del metro. En su escritura el enorme y descentrado Distrito Federal presentaba sus múltiples formas y matices, sus disimetrías monumentales, sus flagrantes desigualdades sociales y sus mundos soterrados y dolientes.

Supo ser militante no pocas veces, y acompañar las luchas posteriores al ’68 mexicano, algunas como las que llevaron a que la Universidad Autónoma de Puebla fuese luego dirigida por el entonces PSUM (Partido Socialista Unido Mexicano). Criticó algunas de las fallas políticas de la izquierda y desde allí le devolvieron favores, ante algunas vacilaciones de su parte frente al poder de las grandes cadenas televisivas o al de ciertas editoriales. Pero es indudable que fue compañero de ruta de quienes criticaban y critican el capitalismo.

Homosexual declarado, apoyó las luchas de las minorías sexuales, como también las de otras minorías culturales. Se acompañó con jóvenes siempre que pudo, desafiando a las convenciones y al inevitable peso de la edad.

Alguna vez me tocó, junto a un colega, entrevistarlo en algún bar de la Zona Rosa del Distrito Federal y esperaba yo una persona locuaz y dicharachera, tanto como lo eran sus columnas periodísticas. Nada de eso: seco y preciso, preguntó quién era la persona que entonces era rector en la universidad en que trabajábamos. Al escuchar el nombre espetó, breve: “Se ve que esa universidad ya no le interesa al Estado mexicano”.

Un verdadero Dolina mesoamericano, aunque más académico y universitario, pero no menos cotidiano y barrial. Captador extraordinario de las modulaciones de la cultura popular, fue de antología su escrito “Los nacos en Avándaro”, donde narraba una curiosa especie de Woodstock tercermundista y telúrico donde muchachos parecidos a nuestros barrabravas protagonizaron un festival rockero “a toda madre” regado con alcohol y droga barata.

Faltará su crónica cotidiana del Distrito Federal. Quizá sea un signo de cómo va muriendo aquel México que recogiera tantos exilios, sin dejar de ser por entonces un país desigualitario y de contrastes. Ahora, con la ola neoliberal y el violento avance del narcotráfico se va disgregando la memoria de todo aquello, como una tenue nostalgia de tiempos en que Monsiváis fue una de las voces más desprejuiciadas y lúcidas.

* Filósofo.

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