Mié 02.08.2006
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CINE › ANA TESTA, UNA DE LAS PARTICIPANTES DEL DOCUMENTAL

El dolor de una pregunta

Ana Testa (51 años) es una arquitecta dedicada a proyectos industriales de gas natural. Estuvo detenida cinco meses en la ESMA, desde el 13 de noviembre de 1979, y su marido Juan Carlos Silva, militante montonero, se encuentra desaparecido desde el 26 de junio de 1980. Ana, su hermana Silvina y su madre declararon como testigos ante el juez español Baltasar Garzón en la causa contra Ricardo Miguel Cavallo, en la que la fiscalía pidió una pena de 17.010 años de prisión por los delitos de genocidio, terrorismo y torturas. “No me acuerdo exactamente cuándo lo vi por primera vez”, dice Testa. “Nosotros lo conocíamos como Marcelo. Sí me acuerdo de su voz, entre las de otros que me torturaban. Cuando lo vi a cara descubierta, rápidamente asocié esa voz con su cara. Yo estaba encapuchada y atada en un camastro en la ESMA y tengo muy presente una frase dicha durante una impasse en la tortura. Alguien me tomó de la mano y me dijo: ‘Dale, no te hagas la dura que va a ser más sencillo’. Esa voz era la de Cavallo”, señala.

“Una tarea ardua fue redefinir el rol de este siniestro torturador, que fue escalando grados en las decisiones del Grupo de Tareas 3.2.2. de la ESMA durante el tiempo que yo permanecí allí”, continúa Testa. “¿Por qué digo esto a 26 años? Porque su accionar dentro de la ESMA para conmigo tuvo las particularidades de ser como el bueno. Años de terapia me permitieron encuadrar dentro de mi psiquis a este personaje como más perverso en relación con otros. Su juventud marcada por los primeros destinos militares, su casa dentro del campo de exterminio, en convivencia con los cinco mil compañeros que por allí pasaron y están desaparecidos, el haber atravesado todos los estadios de un torturador, debe haber forjado su personalidad. Cuando pude procesar la frase ‘A vos te saqué porque estabas en una lista de dudosos’ y se me aparece la cara de los compañeros que hoy no están, me siento todavía doblemente ultrajada por su perversidad. Traerme a mi casa a 600 kilómetros de Buenos Aires, comprarle a mi hija un par de patines para Año Nuevo (deporte que ella siempre odió)... Fue muy duro compartir Año Nuevo con Cavallo, un torturador, sentado a la mesa con mi familia. Durante años nos preguntábamos en mi casa qué habrá sido de este tipo y llegamos a decir ‘tal vez se quebró’, augurando que se hubiese convertido en una persona. Cuando lo detuvieron en México y por una primera imagen en la tele, jamás lo hubiera reconocido por su cara; pero no dudé un segundo cuando las imágenes lo mostraron de cuerpo entero, descendiendo del avión y con un maletín, con el mismo aspecto físico, y hasta la misma forma de dar el paso. Caminaba igual que la imagen que yo tenía guardada en mi memoria.”

“Ahora tengo paz y paciencia”, señala Ana. “Cavallo hace años que está detenido y debe saber la diferencia entre justicia y eliminación masiva. Sólo espero el momento del juicio para que diga dónde están todos los compañeros con los que compartí el horror, y por qué decidió que yo viviera y a ellos los hizo desaparecer. Y que me dé una respuesta a un interrogante que me atormenta desde hace 26 años: ¿dónde está mi marido? Cavallo fue la persona que en diciembre de 1980 me dijo: ‘Viste, boluda, si hubieses cantado dónde estaba tu marido, hoy él estaría con vida; ahora es tarde porque se lo chupó el Ejército’. Cavallo fue parte del plan maquiavélico de exterminio masivo perpetrado por las Fuerzas Armadas. Sólo deseo para él un juicio justo y que pase el resto de su vida preso.”

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