¿Existen seres vivos en otros planetas? ¿Qué posibilidades hay de encontrar formas vivientes en Marte? ¿Es posible hablar con los extraterrestres? Al día siguiente que la NASA hizo su promocionado anuncio del descubrimiento de un nuevo ¿planeta?, científicos, estudiantes, amas de casa y curiosos varios se reunieron en la vieja confitería del Hotel Bauen, Callao 360, lugar elegido para la realización del primer encuentro del ciclo 2004 de Café Científico, charlas gratuitas de divulgación organizadas por el Planetario de Buenos Aires, y que llevó como título “¿Y si no estamos solos? Vida extraterrestre y golpes a la visión antropocéntrica del universo”, en el que participaron el físico Sergio Parón (investigador del Instituto de Astronomía y Física del Espacio, IAFE) y el doctor Miguel de Asúa (doctor en Historia y filosofía de la ciencia de la Universidad de Nôtre Dame y profesor de Historia de la ciencia de la Universidad de San Martín). El próximo encuentro será el martes 20 de abril y el tema: “Temblores, ¿Puede haber terremotos en Buenos Aires?”.
El sueño de Kepler
Miguel de Asúa: Voy a dar un panorama de cuatro siglos de pensamiento
sobre la vida en otros planetas y explorar algunos de los autores que se dedicaron
a la cuestión de la vida extraterrestre. A pesar de que los especialistas
polemizan respecto de cuán grande fue la influencia del sistema copernicano
sobre las creencias sobre vida en otros mundos (algunos creen que fue decisiva,
otros que fue limitada o inexistente), lo cierto es que, salvo algunas excepciones
en la Antigüedad y Edad Media, la noción de que no estamos solos
en el universo cobró fuerza recién en el siglo XVI. ¿Estuvo
el surgimiento de la creencia en la existencia de vida extraterrestre vinculado
a la disolución de una imagen antropocéntrica? En parte sí
y en parte no. Pero sin duda lo que la revolución copernicana promovió
fue un cuestionamiento sobre qué es el ser humano, sobre la definición
de naturaleza humana (a lo cual contribuyó que en esa época el
descubrimiento de América enfrentó a los europeos con otros que
eran en parte igual y en parte distintos a ellos).
Si Copérnico postuló la teoría heliocéntrica, Kepler
fue el que formuló las leyes del movimiento planetario. Como Copérnico,
Kepler creía que el universo era limitado. Y también creía
en los selenitas (habitantes de la Luna). De hecho, Kepler puede ser considerado,
hasta cierto punto, el primer autor de ciencia ficción. Digo “hasta
cierto punto”, pues su novela Somnium (El sueño) describe un viaje
a la Luna y sus habitantes. Esto es un recurso literario pero no ficción,
pues Kepler creía realmente en su existencia. Este libro fue escrito
en 1609, el año en que Galileo enfocaba su telescopio a los cielos. Kepler
reescribió su libro en varias oportunidades y hay una versión
final de 1634. Somnium es el relato de un libro leído en un sueño
soñado por el protagonista. El sujeto de la narración, luego de
contemplar las estrellas, se va a dormir. Y sueña que compra un libro
en el mercado y lo lee. El relato de ese libro soñado trata sobre un
joven de Islandia, Duracotus, quien viaja a Dinamarca y aprende astronomía
con Tycho Brahe (Duracotus es un alter ego literario de Kepler). Regresa luego
con su madre, que es una bruja (la madre de Keplerse dedicaba a las artes ocultas).
La madre, mediante un conjuro de 21 letras, convoca a un espíritu que
habita en la Luna (el conjuro era, aclara Kepler en una nota, “astronomía
copernicana”). El espíritu entonces cuenta cómo es la vida
en la Luna. Y aquí tenemos, en primer lugar, una descripción de
cómo se ve el sistema solar desde la Luna según el sistema copernicano.
Pasando al siglo XVII, tenemos el caso del filósofo René Descartes
(1596-1650), quien concebía tres tipos de materia que se organizan en
el espacio de acuerdo a su densidad en vórtices o remolinos; los planetas
son conglomerados del tipo más tosco de materia y el espacio interplanetario
está ocupado por la materia más fina. No hay límites; no
es un cosmos cerrado como el de Copérnico o Kepler. Las estrellas son
análogas a nuestro Sol, pero no necesariamente poseen planetas orbitando
alrededor. Uno pensaría que con este escenario Descartes fue llevado
a postular la existencia de seres extraterrestres. Hasta cierto punto, sí.
En las obras publicadas él pasaba por alto la cuestión, pero insistía
en un argumento anti-antropocéntrico, a saber, que no podía ser
que el creador hubiera creado todo el universo para el hombre, que el fin del
universo no podía ser el hombre. Esta es una idea opuesta a la de Kepler,
quien creía en la vida extraterrestre pero defendía al ser humano
como la cúspide del universo.
Un escritor famoso de la época, Cyrano de Bergerac (1619-1655), era un
librepensador interesado en cuestiones de filosofía de la naturaleza.
Cyrano plantea que su personaje, Dyrcona, efectúa viajes interplanetarios
a la Luna y al Sol, impulsado por máquinas voladoras de algún
tipo. Este autor afirma que ambos astros están habitados, Cyrano le da
a su historia un tono de fuerte crítica antropocéntrica. En el
viaje a la Luna, Dyrcona encuentra seres humanos más grandes que los
de la Tierra, y que andan en cuatro patas. Lo interesante es que reaccionan
ante el viajero espacial considerándolo un “no humano”, es
decir, hay un gesto irónico de revertir la situación. En el viaje
al Sol lo que hay es un “país de las aves”, en el que el
terráqueo Dyrcona es considerado nada más que “un loro desplumado”
y tratado cruelmente. Las aves no podían creer que un ser sin plumas,
alas, ni pico pudiera ser racional. En estas ficciones Cyrano no considera a
los habitantes de otros mundo como superiores al ser humano, sino como seres
tan limitados en sus prejuicios como el hombre.
La condición alienígena
Miguel de Asúa (continúa): Para el Iluminismo vamos a considerar
dos obras, escritas en realidad a fines del siglo XVII. Primero, la famosa Conversaciones
sobre la pluralidad de los mundos, de Fontenelle (1686). Esta obra presenta
una conversación mantenida entre un “philosophe” y una marquesa
en los jardines de un palacio. El argumento básico es que los mundos
están habitados, pues existe una analogía entre el Sol y las estrellas,
que como tantos otros soles deben poseer sistemas planetarios, habitados como
la Tierra. Fontenelle dice que los extraterrestres “no son hombres”
y plantea la cuestión de lo que hoy llamaríamos “relativismo
antropológico” con el ejemplo del encuentro entre los europeos
y los indios americanos. Fontenelle critica la idea de que el ser humano es
el centro del cosmos, dice que es una tontería. Pero el antropocentrismo
se le cuela por la puerta de atrás, porque a la larga termina diciendo
que el ser humano es algo así como “el término medio”
de todas las diferencias de las criaturas planetarias, somos algo así
como una “mezcla equilibrada” de todas las variaciones posibles.
Una visión opuesta a esta es la del famoso matemático y físico
holandés Christian Huygens, quien escribió una obra que se llama
Kosmotheoros (1698), también a fines del siglo XVII. Su obra se diferencia
de la de Fontenelle, pues tiene una impronta religiosa, ya que su autorera protestante,
a diferencia del ilustrado Fontenelle. La diferencia más importante es
que Huygens considera que los habitantes de otros mundos son exactamente igual
que los de la Tierra. El poblado cosmos de Huygens, a diferencia de la variedad
etnográfica interplanetaria de Fontenelle, es igualitario, una república
de iguales repartidos en los astros. Tal como Fontenelle, Huygens protesta contra
la idea de que el universo fue creado para uso y gozo del ser humano, sobre
la base de su idea de democracia cósmica: no tenemos por qué considerarnos
más privilegiados que los habitantes de otros planetas. Sin embargo,
uno puede argumentar que también en Huygens, muy sutilmente, hay un rasgo
de antropocentrismo oculto, no importa cuánto él denuncie esta
actitud. Pues si lo único que hay en los planetas son seres humanos,
entonces esto quiere decir que el ser humano es la única forma de vida
en el universo y, por ende, la más alta forma concebible de vida, la
única que valió la pena crear. Por supuesto, aquí se hace
susceptible de una crítica ya formulada por algunos filósofos
en la Edad Media: si todos los planetas están habitados por los mismos
seres, ¿de qué sirve esa multiplicación de mundos esencialmente
iguales?
Y así llegamos al siglo XIX en el que el tema de la vida en otros mundos
alcanzó una enorme importancia en medios científicos y culturales
ingleses. Voy a mencionar sólo dos libros importantes. El primero es
Sobre la pluralidad de los mundos, de William Whewell, que apareció anónimamente
en 1853. Whewell era un científico de Cambridge, y también un
muy importante historiador y filósofo de la ciencia. A diferencia de
otro filósofo de la ciencia contemporáneo suyo, John Herschel,
Whewell no cree en la existencia de extraterrestres y su escepticismo en este
tema se basa sobre argumentos científicos; su discusión no es
filosófica ni religiosa sino puramente científica. Si hasta ahora
se explotaba el “argumento por analogía” (si otros planetas
son como la Tierra, deben estar habitados), Whewell se pregunta, ¿hasta
qué punto podemos confiar en la analogía? Para postular la existencia
de vida extraterrestre no basta extrapolar sobre la base de una supuesta semejanza,
es necesario demostrar que es posible que las condiciones en otros planetas
posibiliten la vida. Para Whewell, el ser humano es la máxima criatura
de la creación.
Una actitud muy diferente es la del físico escocés David Brewster,
quien escribió un libro titulado Más mundos que uno: el credo
de un filósofo y la esperanza de un cristiano, que salió al año
siguiente que el de Whewell, como respuesta polémica (1854). Brewster
sostiene que los planetas del sistema solar son análogos a la Tierra
y que el creador los creó para que fueran habitados por algún
tipo de criaturas.
Y finalmente está el francés Camille Flammarion, quien se pregunta:
¿hasta qué punto un determinado planeta posee las condiciones
para la vida? En caso de que las posea (él, por supuesto, concluye que
todos los planetas las cumplen) entonces debe haber vida. La vida es generada
por una “fuerza vital” de la materia, surge por generación
espontánea y luego evoluciona adaptándose al ambiente y con una
selección de las especies más aptas. Como científico, Flammarion
se burla del antropocentrismo y se niega a especular sobre la forma de los habitantes
de otros planetas. Al igual que Brewster, sostiene que el hombre es una criatura
inferior, cósmicamente hablando.
E.T., ¿Dónde estás?
Luego del recorrido histórico de Miguel de Azúa, llegó
el turno del segundo expositor, el físico Sergio Parón, quien
comenzó derribando las fantasías de más de uno de los asistentes.
Sergio Parón: El único lugar del universo en el cual está
comprobado que hay vida es en el Tierra. Esta vida se encuentra en todo el planeta,
aun en los lugares más recónditos, como el fondo de los océanos
o los vallesterriblemente secos, tan secos o salinos como los que se encuentran
en la Antártida. En esos lugares, si uno va y hace un pocito se encuentra
con diversas clases de hongos. Es decir, la vida es muy tenaz y se termina adaptando
a los lugares más extremos. Pero, ¿qué es la vida? Trataremos
de hacer una aproximación científica a la definición de
la palabra “vida”. En primer lugar, hay una definición que
afirma que la materia viva es aquello que evita la decadencia hacia el equilibrio.
Imaginemos un organismo vivo. Cuando ese organismo muere, se descompone. En
esa descomposición, todos sus elementos entran en el medio y ahí
podríamos asumir que ahí se realizó la decadencia hacia
el equilibrio. Así, podríamos decir que todos nosotros estamos
evitando la decadencia hacia el equilibrio hasta el momento de nuestra muerte.
Es una definición física. Luego, una definición del ámbito
de la biología, que dice que la vida es un sistema autosustentable capaz
de evolucionar conforme a la teoría darwiniana. Si le damos un poco de
vueltas en la cabeza a esta definición le vamos a encontrar muchos puntos
débiles. La tercera definición proviene de la astrobiología
y dice que la vida se reproduce y utiliza energía. Estas funciones se
ejecutan según un conjunto de instrucciones que vienen de dentro del
organismo. Es decir, hay instrucciones que el organismo lleva en forma de un
código. Es lo que ustedes conocen con el nombre de código genético
que viene dado por el ADN y el ARN.
Una vez que tenemos un conjunto de definiciones sobre qué es la vida,
podemos salir de la Tierra para buscar formas de vida fuera de ella. Pero antes,
hay un concepto fundamental que debemos tener en cuenta. La vida sobre nuestro
planeta se desarrolló en y con el agua. En consecuencia, depende fuertemente
de ese recurso. Además, la vida en la Tierra depende de la química
orgánica. Es más, se basa en ella. La química orgánica
no es otra cosa que la química del elemento Carbono.
Cuando salimos a buscar vida fuera de la Tierra tenemos una única experiencia:
la vida que hay en nuestra casa, en nuestro planeta. Así que basémonos
en esa única experiencia para poder ir a buscar vida en algún
lugar. Es decir, busquemos lugares en los que haya química orgánica
y agua líquida, o las dos cosas.
Vecino al rojo vivo
El primer lugar elegido por Parón se encuentra a 78 millones de kilómetros
de nuestro planeta. Es decir, a 228 millones de km. con respecto al Sol: Marte.
Parón (continúa): Este planeta siempre estuvo ligado a la existencia
de vida, debido a que a finales del siglo XIX, hubo observaciones erróneas
realizadas por un astrónomo italiano llamado Schiaparelli y luego por
un norteamericano, Lowell. Ellos afirmaron ver una red intrincada de canales
y los atribuyeron a la presencia de seres que habrían realizado estas
construcciones. Esto desató una psicosis, luego estimulada por la novela
La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells. Más allá de eso, vale
la pena ir a estudiar si hay vida en Marte, ya que es el planeta más
parecido a la Tierra dentro del Sistema Solar. Las observaciones de Marte continúan
en la actualidad y centran su atención en la posibilidad de que haya
existido en algún momento agua líquida en el planeta rojo. Una
de las maneras de investigar esto es estudiar la geografía del lugar.
Las investigaciones son ahora realizadas por los robots de la NASA, Spirit y
Opportunity. A pesar de la gran cantidad de estudios realizados sobre la superficie
marciana, todavía no se determinó con certeza si debajo de la
superficie de Marte hay agua. Vale la pena aclarar que, si hubiera agua, ésta
se encontraría bajo la superficie, ya que la presión atmosférica
de Marte es mucho más chica que la de la Tierra y si hubiera agua en
la superficie, se evaporaría enseguida porque no hay suficiente presión
para contenerla. Lo mismo rige para los seres vivos: si hay formas de vida,
deben estar bajola superficie, ya que como la atmósfera de Marte es muy
tenue no alcanza a filtrar la radiación ultravioleta, elemento que es
muy malo para la vida, para la química orgánica y para la biología
en general.
Dos gigantes
Parón (continúa): Nuestra siguiente parada está a una distancia
de 778 millones de kilómetros. Allí se encuentra un gigante del
Sistema Solar: Júpiter, que no tiene superficie sólida; es una
enorme bola de gas. Por lo tanto no estudiaremos la vida en el planeta en sí
mismo. Alrededor de Júpiter están girando muchísimas lunas.
Se cree que en el interior de esta luna hay (o hubo en algún momento)
un océano de agua líquida.
El viaje continúa y la siguiente parada es en Saturno, a 1500 millones
de kilómetros con respecto al Sol. El planeta de los anillos en sí
tampoco nos va a interesar, porque (tal como Júpiter) es una enorme bola
de gas sin superficie sólida. En particular, observaremos Titán,
una de las lunas de Saturno, que posee una atmósfera muy densa de nitrógeno
y metano, hidrocarburos y nitrilos. Esta atmósfera es muy similar a la
que existía en la Tierra primitiva. Algunos investigadores afirman que
en la atmósfera de Titán podría existir adenina (una base
del ADN). La investigación en esta importante luna de Saturno continúa.
En junio de este año la sonda Cassini llegará a Saturno para investigar,
entre otras cosas, la atmósfera de Titán.
Fuera del vecindario
Parón: En la década del 90 se descubrieron los primeros planetas
extrasolares, que se encuentran girando alrededor de estrellas lejanas, ubicado
a distancias de decenas (e inclusive cientos) de años luz. El hecho de
que haya sistemas planetarios similares al nuestro fue algo bastante revolucionario.
Hoy en día se conocen cientos de planetas girando alrededor de estrellas.
Por el momento, se está esperando el desarrollo de instrumentos de medición
mucho más poderosos que los actuales, que permitan la investigación
de planetas extrasolares.
La búsqueda de agua o de elementos que pertenezcan a la química
orgánica no son la única manera de rastrear la posibilidad de
encontrar vida fuera de la Tierra. Otra forma es el rastreo de posibles formas
de inteligencia extraterrestre. Este segundo método consiste en averiguar
si hay señales artificiales que evidencien inteligencia, tales como nuestras
señales de televisión o de radio. Las observaciones se hacen en
estrellas lejanas que tengan la posibilidad de poseer planetas girando a su
alrededor. Los instrumentos utilizados para esto son radiotelescopios. ¿Por
qué? Porque es muy bueno estudiar el universo con ondas de radio, ya
que estas ondas atraviesan prácticamente todo. Se presume que si hay
una civilización inteligente en algún lugar, que pretenda estudiar
el universo, tiene que haber desarrollado esta tecnología. La búsqueda
de señales extraterrestres es el principal objetivo del proyecto SETI
(Search for Extraterrestrial Intelligence) comenzado por Frank Drake en la década
del 60. Es buscar señales artificiales para determinar la posible existencia
de comunicaciones por parte de seres inteligentes en algún lugar del
universo.
¿Valen la pena todos estos esfuerzos para buscar vida fuera de la Tierra?
Tal como preguntó Anaxímenes a Pitágoras aproximadamente
600 años antes de Cristo, uno podría plantearse: ¿por qué
motivo tendría que ocuparme en buscar los secretos de las estrellas si
tengo continuamente ante mis ojos la muerte y la esclavitud? Me atrevo a contestarla.
Pienso que el estudio del universo y de todos sus componentes nos ayuda a valorar
y a respetar hasta las formas más sutiles de vida, tanto las que se encuentran
en nuestro planeta como las que podría existir en algún otro lugar
del universo.
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