Dom 16.05.2010
libros

El profesor accidentado

Un día, un profesor de Historia recientemente despedido vive un episodio oscuro y pierde la memoria. Recuperarla es la tarea de Anne Tyler en La brújula de Noé, una novela que trepó al tercer puesto de los best–sellers de The New York Times y por eso, o por lo contrario, haría las delicias de John Updike.

› Por Rodrigo Fresán

Tiempo atrás, la revista Esquire tuvo la buena y traviesa idea de preguntarles a escritores serios y literarios qué autor multiventas leían con placer auténtico o culposo o perverso. John Updike respondió con justa y certera malicia: “Supongo que por autor popular se refieren a alguien como Anne Tyler”. Y no era sólo que Updike hubiera reseñado en The New Yorker con respeto y aprecio a esta autora sino que entonces, además, predicaba la posibilidad de un mundo mejor en el que los habitantes de la lista de más vendidos dieran placer y tuviesen la calidad y la gracia que, otra vez, encontramos en La brújula de Noé.

Y más allá de un título que más de un incauto confundirá con el último subproducto à la Dan Brown volvemos aquí, Opus 18, al territorio habitual de Tyler. Una ciudad, Baltimore, que no es el Baltimore sórdido y salvaje de The Wire o el Baltimore friki y transgresor de John Waters.

El Baltimore de Tyler es un lugar melancólico, más cercano al de los films de Barry Levinson, y habitado por hombres y mujeres casi normales. Y, claro, aquí y allá casi es la palabra clave. Los que han acompañado a esta autora en otras oportunidades –destacando esa seguidilla y cima acaso ya insuperable que fueron Reunión en el restaurante de la nostalgia (1982, finalista del Pulitzer y del PEN/Faulkner, favorito de su autora), El turista accidental (1985, ganadora del National Book Critics Circle Award), Ejercicios respiratorios (1989, premio Pulitzer) y Casi un santo (1991)– saben qué encontrarán en esas calles y esas casas. Paseen y pasen y vean y lean: amables y catastróficas sagas familiares desbordantes de hermosos perdedores y de muertos victoriosos. Historias que pueden leerse y disfrutarse como si se trataran de esas tramas de John Irving, pero subrayando la sutil potencia de afectos especiales por encima de la pirotecnia grotesca de los efectos especiales. ¿Cómo apreciar el genio de Anne Tyler? Fácil: compararlo con el, apenas, talento de su ultra-fan confeso Nick Hornby. O admirar las elegantes elipsis narrativas de El matrimonio amateur, el mejor entre los últimos de sus –llamémosles– pastorales urbanos. Así que esta vez es el turno del sexagenario y divorciado profesor de Historia Liam Pennywell, recién expulsado de su puesto en una escuela secundaria privada de segunda clase. Pennywell –quien alguna vez soñó con descollar como filósofo– decide volver a empezar y mudarse a un departamento más pequeño y bastante más sórdido que el que habitaba. El problema es que Pennywell se acuesta en su nuevo piso para despertarse, a la mañana siguiente, en un cuarto de hospital con la cabeza vendada, marcas de dientes en su mano, sin que aparentemente falte nada en casa, pero sí en su mente: no hay allí dentro ningún recuerdo de lo que le ocurrió durante esas horas blancas a oscuras. Fue atacado, sí, pero, ¿por quién y para qué? ¿Y qué sentido puede tener querer saber todo sobre lo sucedido? A Pennywell –para desconcierto de sus seres queridos y no tanto– es lo único que le interesa: hacer memoria. Sin darse cuenta de que, una vez abierta la puerta –con la ayuda de Eunice, una joven terapeuta y “recordadora a sueldo” que evoca un poco a aquella peculiar domesticadora canina que redimía y revivía al casi inmóvil Macon Leary, aquel escritor de guías turísticas para viajeros a regañadientes–, existe el riesgo de rememorar todo lo demás que Pennywell se preocupó por olvidar y guardar bajo llave durante años.

Y –en una conversación de Pennywell con su nieto– comprendemos la alusión: ¿estaba Noé al timón de su arca o, simplemente, se dejaba llevar por las corrientes del Diluvio? Para Pennywell, Noé no necesitaba ningún mapa porque no había ningún puerto al que arribar. Lo primordial y urgente era mantenerse a flote. De ahí que el placer de la lectura de La brújula de Noé –como de tantos otros gozosos dramas de Tyler– pasa por contemplar lo que sucede cuando su héroe comienza a hacer agua y hundirse y ahogarse y, sí, por fin, aprender a nadar. Porque, de pronto, allí adelante hay una playa, y Pennywell y nosotros descubrimos qué fue lo que pasó. Y, como sospechábamos, no era ni es tan importante; lo importante es lo que pasó y pasará de allí en más.

En lo que a Updike se refiere –y a lo que Updike se refería–, el autor de Corre, conejo puede descansar en paz: en su momento, La brújula de Noé entró en el tercer puesto de los best-sellers de The New York Times.

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