Dom 16.05.2010
libros

Ciencia, ¿estabas ahí?

Un libro que indaga en uno de los aspectos menos difundidos de los comienzos de la independencia: la ciencia y cómo se hablaba de ella.

› Por Jorge Pinedo

Cuando aún faltaba medio siglo para que Charles Darwin deambulara por estas costas y luego escribiera El origen de las especies, sobre esa materia primaban las ideas de Buffon, para quien el continente americano era una versión desmejorada, débil, de los continentes conocidos, fauna y flora incluidos (y con sus habitantes como parte de la fauna, obviamente). El Iluminismo que en Europa ponía todo patas para arriba, en la América virreinal amagaba con timidez con lo que se conoció (un tanto generosamente) como “ilustración católica”, a tal punto que persistía la geología bíblica que databa al planeta según el Génesis. Apenas veinticinco mil habitantes tenía la ciudad de Buenos Aires en la primera década del siglo XIX, la mayoría de los cuales experimentaba un misticismo oscurantista, remanente de la alianza entre la Iglesia y la Corona española, para quienes todo pensamiento sistemático o inquietud científica resultaba amenazante. En semejante panorama protocosmopolita, recortar una cultura científica precisa de una disección minuciosa que incorpore los parámetros de aquellos tiempos, dejando en suspenso lo que en la actualidad se considera por tal. Esta es la tarea emprendida por Miguel de Asúa, médico de origen, master y doctor en Historia y Filosofía de la Ciencia, docente e investigador del Conicet, ligado a la tradición académica y más conocido por su aporte a la divulgación a través de la revista Ciencia Hoy.

A fin de relevar el estado del espíritu científico en las dos primeras décadas del siglo XIX, De Asúa pone en perspectiva la “escala muy reducida, la tenue institucionalización, la necesidad de arreglárselas con los recursos locales” de una cultura donde convergen “las instituciones, los discursos, los instrumentos y los códigos asociados con la obtención del saber sistemático”. Sin amilanarse por aquellas limitaciones, el investigador las transforma en trampolín desde donde saltar a perspectivas de mayor alcance. Incorpora los periódicos de la época, sin ir más lejos, donde se practicaba un debate abierto. El Telégrafo Mercantil, La Gaceta, el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio de Hipólito Vieytes o el Correo de Comercio de Manuel Belgrano disponían sus páginas para que casi cualquier alfabetizado informara sobre su parecer acerca de las causas de una epidemia, la validez de un tratamiento, la forma de cultivar una planta o el origen de una piedra: todo era discutido por (o estaba a disposición de) la población en general.

Valga de ejemplo para ilustrar cómo el autor desanda la actividad de las instituciones, recorta las redes de comunicación, verifica las materializaciones a través de los objetos, en fin, recrea la circulación del saber. Hipotetiza que las “tres grandes revoluciones que precedieron o fueron coetáneas con nuestra independencia (la de los EE.UU., la francesa y los independentistas hispanoamericanos) llevaron a que la práctica de la ciencia se adaptase a una situación de cambio traumático y violento”. En ese trayecto, buena parte de los próceres que figuran en la historia escolar por sus vicisitudes militares cobran renovado fulgor por su omitida participación activa en las batallas del pensamiento riguroso y su legado persiste más allá de nominar una calle céntrica o suburbana.

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